Caperucita rota, de Carlos Salem


 
Esa pequeña muchacha interminable
que duerme con sus penas porque sus penas saben.
 
Esa mujer que guarda entre las manos
el ritmo de su sangre y de mi sangre.
 
Hablo de esa hembra que brilla y para que no se note
se oculta tras los focos.
 
La cómplice que no podrás hallar en bares
ni catálogos.
 
La diosa descreída
que va fundando entre mis dedos religiones.
 
La muchacha que pasa y ni no sabes verla
para qué sirven tus ojos.
 
Ella
que se avergüenza de estar llena de cascadas
pero íntimamente lo celebra.
 
Que sospecha de sí misma
y algunas veces se perdona.
 
Esa Caperucita rota
y tan entera que cruza el bosque
tocando sus tambores para llamar al lobo.
 
Ella.
Porque se llama Ella
cuando se piensa otra.
 
Tú.
Que conviertes precipicios
en balcones si te asomas.
 
Ven.
Haremos del planeta de mi cuarto
un país para aprender gozando.
 
Sal.
Creo que el lobo ha llegado.
 
Soy yo.
 
Y te estoy esperando.
 

De Con un pájaro de menos, col. Espasa es Poesía, 2016

 
 
 
 

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *