La Generación Joi y su fan poetry, por Beatriz Rodríguez


 

Para poder seguir el vuelo de un pájaro hay que levantar la mirada.
Y esto fatiga, porque estamos acostumbrados a bajarla.

Raymond Queneau

 
En el escenario del teatro Alfil, dentro del espectáculo VerSEX, Escandar Algeet recita un cunnilingus y sueñas con derretirte como la cerveza en el suelo del bar Aleatorio. Si el viernes está lluvioso, un videopoema de Diego Ojeda narra una historia de amor en cinco minutos, te puedes pintar al mismo tiempo las uñas, fotografiarlas y contar en Instagram por qué tus pies están tristes. Loreto Sesma parece entender exactamente cómo te sientes y haces cola durante horas en la librería de tu ciudad para que te firme un ejemplar de su último libro; la alegría con mayúsculas es un paseo por Malasaña una mañana de primavera con la Perrina de Ajo, y en algún lugar de tu futuro sueñas con que Carlos Salem te dedique su último poema tuit. Las cosas claras y los versos nunca espesos: eres fan de la poesía.
 
     Este reciente fenómeno fan poetry viene de las redes sociales y, aunque tiene masas de seguidores en Europa, las cifras en Estados Unidos se disparan con autores como Tyler Knott Gregson, un instapoet que tiene casi 300.000 seguidores, o con Samantha Jayne que, con sus videopoemas de la serie Quarter Life Poetry, está cerca de convertirse en un ídolo de masas. Ambos autores tienen un pie en el mundo editorial tradicional y rondan unas cifras de venta realmente escandalosas: el primer libro de Tyler Knott Gragson, Chasers of the Light, ha alcanzado los 120.000 ejemplares vendidos. Recuerden: estamos hablando de poesía.
 
     Vender libros de poesía se había convertido en una entelequia de editores minoritarios, hasta que llegó Marcus Versus y fundó Ya lo Dijo Casimiro Parker con una línea editorial que pretendía establecer un canon de la poesía underground que se empezaba a escuchar en bares y festivales de toda España. Nunca he oído a Marcus quejarse de no vender libros. Otro ejemplo de éxito es el flamante catálogo de La Bella Varsovia, sellos destinados, en mi humilde opinión, a tomar el relevo de los poderosos del sector independiente.
 
     Pero entonces llegaron los grandes y se empezó a hablar de que Espasa iba a sacar una colección de poesía. Palabras mayores.
 
     Belén Bermejo, editora e instagramera a la que admiro (por ambas facetas) nos ha ayudado a elaborar este número a partir de algunos autores de una colección que está protagonizando las mesas de novedades en las librerías más importantes. Si tienes la suerte de tomarte un vino con Belén, la verás hablar de Espasa es Poesía con una alegría impropia de estos tiempos.
 
     Desde entonces hasta ahora hemos leído, escuchado y visto a estos autores que hoy llamamos la Generación Joi en homenaje al término que los trovadores asociaban a un compendio de ideas relacionadas con la alegría, la juventud, el juego y lo intrascendental. Una alegría, por otra parte, que no pretende oponerse a la seriedad, sino a lo oscuro y aburrido.
 
IMG_5932
 
     Para el lector contemporáneo, educado en la idea romántica de la sinceridad y la espontaneidad, esta palabra inmediata y casi incontrolada, que surge de un impulso personal, al dictado de una necesidad íntima, encaja a la perfección con lo que puede aprehender dentro de la era de las comunicaciones en la que se ha educado.
 
     Sin embargo, este tipo de poesía no está asociada a los conceptos, también románticos, de unicidad e individualidad en la construcción del mundo a través del lenguaje, sino que vuelve a la juglaría, sobre la cual se han sustentado siglos de lírica y épica, antes de la irrupción de la novela. La diferencia es que la Generación Joi no retrata la sociedad feudal, sino la sociedad del siglo XXI, es decir, la sociedad de consumo.
 
     Su forma se sustenta en un fenómeno hipernarrativo mediante el cual la verdad que un poema transmite no deriva de su correspondencia precisa con el mundo interior, sino con el mundo perfilado por el lenguaje de las redes sociales: claro, directo, algunas veces metafórico, pero siempre autorreferencial, e incidiendo en los lugares comunes en detrimento de la especificidad.
 
     Sabemos que lo que sostiene realmente cualquier movimiento de éxito dentro de la sociedad de consumo es generar una demanda y ofrecer un canal mediante el cual se pueda satisfacer la necesidad creada, pero los seguidores (y últimos consumidores) necesitan un reflejo, ese espejo en el que poder mirarse y verse más listo, más guapo, más divertido, ingenioso o lúcido: «La poesía no me interesa mucho —me decía el otro día una chica en un recital—, pero me encantan los poetas».
 
     El ídolo cumple una función muy concreta dentro de este mecano ingente que sustenta la comunicación viral, pues desde hace años estamos presenciando un fenómeno sociológico muy interesante mediante el cual las redes sociales no sirven sólo para engordar la economía, sino para modificar patrones de comportamiento que trascienden lo individual. Lo colectivo tiene la virtud de hacernos a todos partícipes en la construcción del mundo, aunque sea sólo, o por ahora, a un nivel ideológico, y ese mundo necesita de poetas que nombren las cosas a través de un lenguaje común. Algo nuevo y fresco que, además, está creando lectores.
 
 
 
 

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *