Mendigo, de José Manuel Caballero Bonald


© Aleix Oriol

Un equipo de rescate de Proem-Aid ayuda a los exiliados que llegan a Mitilene (Lesbos) en un dinghy desde Turquía. © Aleix Oriol


 
 
Mendigo
 
 
Torpemente
venía cada tarde con su humildad cansada,
con sus manos heroicas de obediencia,
rebuscando una última sobra de compasión,
un residuo de hambre que ya no nos sirviese.
Sonreía a los pájaros y era nuestra su furtiva
bondad, se nos hacía nuestra su costumbre
de no tener amor, su terrible paciencia extenuada
de ir restaurando a trechos un muñón de vestido,
una leña de vida, un ademán de abyecta caridad.
Inquilino de cada humano corazón,
qué precio, y no regalo, el que iba pidiendo
en un pecho dichoso, en una puerta de madera alegre,
ahorrándonos la lástima con la que se ayudaba
al alquiler inconsolable de su vida.
 
Pasó durante muchos días frente a nuestra miseria
y él la iba mostrando, la iba haciendo de todos,
la cambiaba por cuencos de esperanza vacíos,
por un pan para nunca (perdone usted por Dios),
por una nada que tuviésemos que darle
para hermanar lo pobre con lo pobre.
Y volvía, cada tarde volvía
como si fuese una llaga que se acerca para doler,
que viene andando mientras muda de cuerpo,
y volvía a pesar de nuestra igualdad de desvalidos,
a pesar de que teníamos un mismo préstamo para vivir,
de que éramos casi tributarios de su humana intemperie.
 
Hasta que al fin, de pronto, no volvió más.
Su terco cuerpo ultrajado, su inclemencia de despojo,
su bocanada de rotura comunal,
se fueron no sé dónde. Era el otoño
y no venía a pedirnos
la renta de nuestro poco de prójimos inútiles.
Quizá alguien no supo
restañar su indigencia (no hay nada, hermano,
vuelva otro día) y ya no quiso volver más,
ya no quiso enfrentarse más con esa nada ajena,
dando tumbos de gratitud mezquina entre las sombras,
rodando desde su inválida hermandad.
 
Pero aquí se ha quedado la pobreza que somos,
haciéndose mayor, envileciéndose de verse solitaria
como un dolor que hubiera menester de otro dolor,
y ese pan que apenas si nos sobra,
que apenas si nos vale para partir en dos lo único,
nos emplaza en la vida como reclusos perpetuos,
como condenados a padecer de algún hambre diaria,
y puede ser que el vaho de su miga anhelante
reduzca a servidumbre la escasez de consuelo
para que sí podamos compartir nuestra miseria.
 

José Manuel Caballero Bonald
De Las adivinaciones, 1952

 
 
 
 
Aleix Oriol (Barcelona, 1976) se ha dedicado durante años a la fotografía de viajes. Ha publicado en revistas como Condé Nast Traveler (edición española) y hoy publica como freelance en el diario Gara y su revista dominical. Desde enero de 2014 ha cubierto la situación de los refugiados sirios en Oriente Próximo, desde el Kurdistán iraquí hasta Líbano, pasando por Turquía y Kobane (Siria). En 2016 ha viajado a Grecia (Lesbos e Idomeni) para captar imágenes de los refugiados en su llegada a Europa. Con su trabajo busca «contribuir a denunciar esta barbarie y luchar para hacernos oír entre la ciudadanía y la implacable maquinaria burocrática de la Unión Europea».