Editorial: ¡Despierta, Europa!, por María Iglesias


© Salim Noh

© Salim Saydo Noh


Resuena en mis oídos «Wake up, Europe! Open the borders!». Medio millar de acogidos en el campo de refugiados extraoficial de Better Days for Moria protesta el 8 de marzo de este 2016 contra el cierre de frontera en Idomeni, el pacto UE-Turquía, la violación del derecho internacional de asilo que ampara a los huidos por la guerra y la persecución política, étnica, religiosa, de género…
 
     8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En Mitilene, capital de Lesbos. La isla griega del Egeo donde nació, vivió y creó Safo, referente poético, libertario. Y allí nosotros —acreditados por Eldiario.es—, el equipo del documental Contramarea, grabamos la manifestación de esos llamados refugiados, a los que se niega el refugio. «¡Despierta, Europa! ¡Abre las fronteras!», coreaban con voluntarios de todo el mundo. Sentí orgullo y vergüenza. Y creí ver esa mezcla en las caras de mis compañeros, pegadas a sus cámaras: Jaime Rodríguez y nuestro director, Carlos Escaño.
 
     Vergüenza, por la perversión de los valores fundacionales de la Unión Europea: derechos humanos y solidaridad. Orgullo, porque el amor a la vida, la dignidad humana, la fraternidad resisten contra viento y marea, se empeñan en perdurar. Los considerados principios de los países desarrollados, de las democracias occidentales, son patrimonio que reconocen propio millones de seres humanos de todo el planeta. Los reivindican, los quieren, los exigen, se les deben. La libertad, igualdad y fraternidad, consagradas en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que a su vez emana de la Revolución francesa, son herencia que les pertenece y que reclaman con fuerza. Con belleza.
 
     Esa tarde tararearon el Imagine de Lennon que los cooperantes cantaban y entonaron en árabe, farsi, urdu himnos propios de libertad y esperanza. En los campos de refugiados donde siguen hacinados, en Grecia, continúan escribiendo pancartas, haciendo fotos, dibujando, como el adolescente sirio-kurdo Bashar Abdulkary, o pintando murales, como el iraquí-yazidí Esmaeel Noh en Ritsona.
 
Bashar Abdulkary, el niño pintor del campo de Kara Tepé. © María Iglesias

Bashar Abdulkary, el niño pintor del campo de Kara Tepé. © María Iglesias

© María Iglesias

© María Iglesias


 
     Nosotros, en esta frontera sur europea opuesta a la griega, ofrecemos este número de PoeMad: fotografías y palabras, voz e imagen, para denunciar el horror y activar la reacción. Que ningún Alberti tenga que reclamarnos «¿Qué cantan los poetas [andaluces] de ahora? / […] / Cantan, y cuando cantan parece que están solos»; que no pasemos a la historia como los alemanes que miraron para otro lado durante el holocausto nazi de seis millones de judíos.
 
     Trece millones y medio de sirios, la mitad de la población del país, han tenido que abandonar sus hogares desde que en 2011 estalló la guerra. Seis millones han cruzado sus fronteras. La mitad del éxodo que hoy recibe Europa procede de Siria y un 15 % de Irak. Pero son muchos quienes huyen de Afganistán, Bangladés o Pakistán, países también arrasados por combates y por el mismo ISIS que siembra el terror en ciudades europeas y al que recientemente se atribuyen dudosos nexos con atentados de lobos solitarios en Estados Unidos y la Unión Europea.
 
     El conflicto de fondo es enorme y de compleja solución: la paz en Oriente Próximo, un tablero en que las potencias —Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea, China, Arabia Saudí— juegan la partida del negocio bélico y los recursos energéticos a costa de civiles. Pero la emergencia humanitaria en suelo europeo es asumible: hablamos de reasentar a ciento sesenta mil personas en un continente de quinientos millones de habitantes. Jordania y Líbano, con una población total que asciende a diez millones, tiene alojados a cinco millones de refugiados.
 
     España se comprometió a acoger 17 680 personas. Dado que en nuestro país hay más de ocho mil municipios, supondrían dos por cada localidad. Sólo han venido trescientos cinco.
 
     El atentado de Niza, el golpe de Estado fallido y posterior purga en Turquía, el brexit y, en España, las negociaciones para investir presidente del Gobierno eclipsan la crisis humanitaria que sufren los refugiados. Sin embargo, desde que el 7 de marzo se cerró la frontera entre Grecia y Macedonia y se anunció el acuerdo UE-Turquía, su situación no ha hecho más que empeorar.
 
     De un lado, cincuenta mil personas —de todas las edades y profesiones— sufren, atrapadas en una Grecia asfixiada por la crisis financiera, bajo un sol inclemente, como en invierno y primavera sufrieron bajo la nieve y la lluvia. Un tercio de los llegados a Lesbos en las balsas desde Turquía eran niños. Yo misma los he visto, ¡hasta recién nacidos! Veinte mil menores, por tanto, se hacinan, con calor, sed, hambre y desesperación en el país heleno. Sin que movamos un dedo. De otro, los desembarcados en islas del Egeo tras el 20 de marzo son arrestados, como delincuentes, a la espera de la deportación a una Turquía que ya antes de la actual represalia de Erdogan contra cincuenta mil opositores —militares, jueces, policías, gobernadores de provincias y ¡profesores!— no cumplía estándares democráticos básicos. La libertad de prensa, entre ellos. Lo que impedirá que trascienda el destino de los allí expulsados.
 
     Finalmente, si a la costa griega llegan menos balsas es porque el flujo se ha desviado hacia el polvorín de Libia, país que tras Gadafi tiene cuatro Gobiernos tribales, y de allí a Italia, atravesando un Mediterráneo más ancho y peligroso. En esas aguas, se hallan, durante días consecutivos, miles de refugiados a la deriva.
 
     «Vergogna», clamó el papa Francisco, ¡en octubre de 2013!, tras el naufragio de cientos de personas en Lampedusa. De entonces a ahora seguimos acumulando deshonra. La Organización Mundial de Migraciones consigna que de los ocho mil muertos encontrados desde 2015 en todas las fronteras seis mil han aparecido flotando en el Mediterráneo. El Mare Nostrum es hoy una inmensa fosa.
 
     Muchos de quienes podamos disfrutar de vacaciones este verano buscaremos la playa. La costa nos llama. Entramos al agua, con nuestros hijos, en un ritual anual que es casi de purificación. Estamos cansados y pensamos: «Lo necesitamos». Pero la conciencia es obstinada, no parará de martillearnos. Dice: «Despierta, Europa». Una y otra vez. Con la cadencia de las olas. «Despierta, despierta, Europa». Y Europa somos nosotros, no sólo aquellos que designamos como «esos burócratas». Despertemos. Ya. Acabemos con nuestra criminal indiferencia y nuestra hipocresía. Somos responsables de esta tragedia. Y si no despertamos al grito de auxilio, será prueba definitiva de que ellos agonizan, pero nosotros estamos muertos en vida. Encerrados en tarros de un formol-miedo, mezquino y cínico.
 

Luchemos contra el miedo.
 
Intolerancia es miedo. Y miedo la codicia.
Miedo la vanidad. Miedo la patria.
Religiones son miedo. Miedo los honores.
Miedo la posesión. Los celos           miedo.
Ni siquiera el poder           titán de las pasiones
es más fuerte que el miedo de perderlo.
 
[…]
 
Tú eres el enemigo                            oscuro miedo.

 

Alberto Porlan, País, Libros de la Herida, 2009

 
Agradezco a Beatriz Rodríguez, Alba Ramírez y el equipo de PoeMad la idea de este La piel de un dios muerto que revela y se rebela contra el horror que sufren, en Europa, los refugiados. Gracias infinitas a los veinte poetas y nueve fotógrafos que dan cuerpo y alma a este número de la revista. Cada aportación es, como dice Manuel Blanco, cofundador de la ONG Proem-Aid[1], «un eslabón de la cadena de ayuda humanitaria» y, según la imagen que nos propone Carlos Escaño, director de Contramarea, una ola, como la de los refugiados que vienen a una Unión Europea que les rechaza, y la de los voluntarios que contravienen la política oficial comunitaria: una ola por los derechos humanos. Gracias también a la Asociación de la Prensa de Sevilla, a su presidente, Rafael Rodríguez, y a su gerente, Carolina Fernández, por ser enlace con cuatro de los fotógrafos, pues participaron en la exposición de la APS #NiSilencioNiOlvido, dentro de su campaña #AcojamosALosRefugiadosYa.
 
     Gracias a todos los activistas por ser esperanza a la que aferrarnos. Y a los refugiados por su ejemplo de coraje, dignidad, amor a la vida y a los demás.
 

21 de julio de 2016

 
 
 
 
[1] La remuneración del editor será donada al 50 % entre las ONG Proem-Aid de rescatadores profesionales en Lesbos y Rowing Together —nacida de efectivos de la primera— de asistencia sanitaria a refugiados en Grecia.
 
 
 
 
Salim Saydo Noh (Dahouk, Irak, 1990) es gestor hospitalario, miembro de la minoría étnico-religiosa yazidí, perseguida por el ISIS. Llegó a Lesbos en balsa con la veintena de miembros de su familia, desde sus padres a sobrinos de meses. El 11 de marzo viajaron en ferri a Atenas y tras unos días fueron instalados en el campo de refugiados de Ritsona, a ochenta kilómetros de la capital griega. Aún permanecen allí. Su hermano mayor, Esmaeel (en la fotografía, el primero por la derecha, con sombrero), licenciado en Económicas, pinta en los muros del campo.
 

***

 
María Iglesias (Sevilla, 1976) es periodista y novelista. Fue a Lesbos (Grecia) desde el 2 hasta el 12 de marzo de 2016 para publicar crónicas de la crisis humanitaria de los refugiados en Eldiario.es y rodar Contramarea, con Jaime Rodríguez, dirigidos ambos por Carlos Escaño. A este documental, que acaba de ganar el Premio Solidarios 2016 de la ONCE Andalucía, se une la campaña #AcojamosALosRefugiadosYa, hecha también con Escaño, para la Asociación de la Prensa de Sevilla, y reconocida con el Premio de la Red Española de Inmigración y Ayuda al Refugiado.
 
 
 
 

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