El que clavó sus armas en la piel de un dios muerto, por Beatriz Rodríguez


 
 
Más de cuatrocientas mil personas huyen de una guerra y de un Gobierno que elimina cualquier elemento crítico con su ideología del terror. El fanatismo es el brazo que golpea, de manera transversal, a una sociedad en éxodo; si se quedan, las bombas, el hambre, la tortura, la esclavitud conformarán su destino; si se marchan, hay países dispuestos a cobijar esperanzas.
 
     Es 1939 y estamos en España. De todos los niños, hombres y mujeres que huyen de la barbarie, doscientos veinte mil quedarán en exilio permanente durante los siguientes cuarenta años de dictadura. Sí habrá en esa ocasión algunos responsables que acojan a esta sociedad, sumida en un descorazonador destierro. Francia y, muy especialmente, México, que abrió una partida presupuestaria específica para acoger a veinte mil españoles, serán sus principales valedores.
 
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     Miro las fotografías que denuncian la catástrofe de los refugiados sirios —que tan generosamente han prestado a Poemad Aleix Oriol, Alicia Petrashova, Angelina Delgado, Carlos Escaño, Esteban Martinena Guerrero, Jesús Poveda, Laura Galaup, Sofía Martín y Salim Saydo Noh— y pienso en el frío que dan todas esas palabras de protesta que no escucho en mi país, la injusticia silente entierra de nuevo la memoria.
 
     Qué pronto hemos olvidado aquellos días azules, don Antonio, cuando nosotros éramos el miedo, cuando nosotros éramos el otro.
 
     Afortunadamente, existen personas que revisan el significado de la palabra solidaridad con cada mirada de hambre que espera detrás de una frontera, personas como María Iglesias, editora de este número, que han convertido la lucha por esta injusticia en una necesidad que nos impregna a todos. María, escritora y periodista, no entiende la disconformidad y la crítica como una actitud cómoda que adoptamos desde nuestras casas, y, gracias a su trabajo, aprendemos que hay que salir, grabar, fotografiar y narrar la vida, haciéndonos entender que la única patria que existe es la de un mundo de hombres y mujeres libres.
 
     Recuerdo entonces los versos de José Emilio Pacheco que describen al perpetuo exiliado que «en el desierto mira / crecer hondas ciudades cuando el sol retrocede; / el que clavó sus armas en la piel de un dios muerto / y ahora escucha en el alba cantar un gallo y otro» y empiezo a creer que nombrar la alteridad, si se hace con precisión, puede convertir lo diminuto en universal, puede incluso cuestionar el significado de la palabra «frontera», de la palabra «imposible», de la palabra «miedo».
 
     Cuando la empatía es prescindible y la solidaridad no es ni derecho ni obligación, necesitamos palabras que proporcionen intensidad y sentido a aquello que hemos dejado de entender, necesitamos aprender a leer otra vez: como una niña pequeña que mira las letras, nuevas y extrañas, y empieza a armar el mundo, leo los textos de este número de Poemad, acompañando a esas imágenes demoledoras y siento, aunque no es la primera vez, que el único significado que tenemos que alejar de nosotros es el cinismo.
 
     Las palabras que nos acercan a esta realidad son obra de Antonio Gamoneda, José Manuel Caballero Bonald, Darío Jaramillo, Luis García Montero, Olvido García Valdés, Chantal Maillard, Felipe Benítez Reyes, Julieta Valero, Manuel Vilas, Vanesa Pérez-Sauquillo, Jordi Doce, Pilar Adón, Miguel Casado, Ana Rossetti, Almudena Guzmán, Fernando Beltrán, Laura Giordani, Esther Ramón, Menchu Gutiérrez y el propio José Emilio Pacheco que, con su poema Éxodo, nos sugirió este número, esta piel de un dios muerto que tenemos que salvar, porque es la nuestra.
 
     Gracias a todos.
 
 
 
 

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