Las siete muertes de Federico García Lorca


Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Solo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos, que hace que Goya, maestro en los grises, en los platas y en los rosas de la mejor pintura inglesa, pinte con las rodillas y los puños con horribles negros de betún, o lleva a Jorge Manrique a esperar a la muerte en el páramo de Ocaña, o viste con un traje verde de saltimbanqui el cuerpo delicado de Rimbaud, o pone ojos de pez muerto al conde Lautréamont en la madrugada del boulevard.

 Los grandes artistas del sur de España, gitanos o flamencos, ya canten, ya bailen, ya toquen, saben que no es posible ninguna emoción sin la llegada del duende.

Todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la música, en la danza y en la poesía hablada, ya que estas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto.

 Muchas veces el duende del músico pasa al duende del intérprete y otras veces, cuando el músico o el poeta no son tales, el duende del intérprete, y esto es interesante, crea una nueva maravilla que tiene en la apariencia, nada más, la forma primitiva.

 (Fragmento de “Juego y teoría del duende”, de Federico García Lorca)

 

Cuando se cumplen ochenta años del asesinato de Federico García Lorca, Poemad presenta la producción Las siete muertes de Federico García Lorca, un concierto con lectura dramatizada que extrae los símbolos más relevantes de la trilogía: vida, erotismo y muerte, transversal en toda la obra del poeta. Beatriz Rodríguez acompañó con su lectura la polifacética voz de la cantante de flamenco francesa Alexandra Templier, con la guitarra de Sergio Matesanz y el chelo de Cari Rosa Varona, reivindicaron la figura heterodoxa e infinita de Lorca.