LO EVIDENTE (Editorial)


 

                                                                                  ¡Qué mal género es el género humano!

            Gloria Fuertes

Hablemos de lo obvio. Repitamos una y otra vez lo evidente. Si se trata de una estrategia maquinada durante décadas y que ha funcionado en un sentido, ¿por qué no habría de hacerlo en el contrario? La estrategia del desprestigio de los términos «feminista» y «feminismo» llevado hasta niveles insólitos, una maniobra tan bien orquestada que con sólo escuchar ambas palabras se instala en el inconsciente un sentimiento negativo. Es como la ínfima gota que cae sobre la piedra horadándola despacio. Una operación sutil, apenas visible, día a día, desde lo más insignificante de la vida cotidiana, que ha conseguido que se olvide la historia y el significado real de una lucha justa llevada a cabo durante años por la mujer, y también por el hombre.

Giremos el movimiento del engranaje en sentido contrario y repitamos una y otra vez lo consabido, que «feminista» es «el partidario del feminismo», eso dice el DLE. «El partidario», masculino singular. Irónico si tenemos en cuenta que la sociedad ha asumido que «feminista» es femenino, es fea, es agresiva, es radical, es fanática, y una multitud de tópicos en los que entran todos los adjetivos que pueden usarse con un matiz despectivo. Repitamos que «feminismo» es «la ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres», eso dice el DLE corregido y revisado. «Deben tener los mismos derechos», deber más infinitivo, sin preposición «de», denota obligación. Y el adjetivo «mismo» en sus dos primeras acepciones viene a significar «idéntico, no otro» y «exactamente igual».

La doctrina de los cínicos ha calado hondo en toda la sociedad, sin distinguir género o estatus y son muchas las mujeres que, por desgracia, sienten animadversión hacia ambos términos. También algunos estudiosos que, de un modo claramente involuntario, definen, por ejemplo, el Lyceum Club como una de las redes culturales femeninas más importantes, sin percibir, supongo, la carga negativa que la palabra «redes» conlleva desde su definición: «ardid o engaño del que alguien se vale para atraer a otra persona», hasta la organización «por lo general de carácter secreto, ilegal o delictivo», y ahí están las redes mafiosas, redes del narcotráfico, las redes de tratas y hasta, e incluso, las tan actuales redes sociales, término al que por lo general suele recurrirse más para aludir a su aspecto negativo que al positivo. María Teresa León en Memoria de la Melancolía nos trasmite un sentimiento muy diferente al referirse a esta institución: «Se había propuesto adelantar el reloj de España» [1]. Porque no se trataba de un centro para captar adeptas. El Lyceum fue el complemento perfecto de la Residencia de Señoritas. Conferencias, conciertos, lecturas… Allí, por ejemplo, Federico García Lorca leería por primera vez su poemario inédito Poeta en Nueva York.

Al dar por hecho que son únicamente las mujeres las que reivindican a otras mujeres, se está obviando la labor de recopilación y estudio que desde hace años han venido realizando muchos estudiosos de la literatura. ¿Qué decir del trabajo de compilación que suponen los cinco volúmenes de Historia de las mujeres editados por Taurus bajo la supervisión de Georges Duby y Michelle Perrot? En el caso de las poetas del 27, lo hizo en su momento Emilio Miró con la Antología de poetisas del 27 (Madrid. Castalia. 1999) y sus muchos artículos y estudios sobre el tema. José Carlos Mainer escribió un artículo titulado «Las escritoras del 27» (con María Teresa León al fondo) publicado en 1990 por la Universidad Complutense de Madrid. Críticos nacionales e internacionales se han detenido en la obra de aquellas poetas, narradoras o dramaturgas que durante el primer tercio del siglo XX convivieron con la llamada Edad de Plata de la Literatura Española. Ángel Valbuena Prat, Francisco Díez de Revenga, John Wilcox, Arturo de Villar, James Valender, Juan Ignacio Ferreras, José Luis Ferris y un largo etcétera de nombres masculinos que, junto con otros nombres femeninos de la crítica y de la filología, han trabajado para dar a conocer a aquellas mujeres que se dedicaron, con mayor o menor acierto, a la literatura. Porque es un hecho que, hasta ahora, el interés que tanto la filología como la propia sociedad han tenido por estos nombres ha sido mucho menor que la atención prestada a los poetas masculinos. El desconocimiento de la existencia de gran parte de las autoras es el factor principal por el que, en muchos casos, no se recogen en los manuales de literatura ni las editoriales se han ocupado de reeditar sus obras. La prueba es que en el momento en el que comienzan a salir sus nombres a la luz, en el momento en el que se conocen, sus poemarios vuelven a ser publicados. Un buen ejemplo es el caso de Margarita Ferreras cuyo libro Pez en la tierra ha sido publicado recientemente por Torremozas (2016), después de que la poeta saliese a la luz en la antología Peces en la Tierra. Mujeres poetas entorno a la generación del 27. (Sevilla. Vandalia. Fundación José Manuel Lara. 2010).

La presencia de nombres femeninos en el panorama poético de la Generación del 27 es una constante. Desde el neopopularismo, cuyo representante más ilustre fue sin lugar a dudas Federico García Lorca con su Romancero Gitano o el Poema del Cante, hasta los últimos movimientos de vanguardia.

La llegada de la dictadura acabó con la carrera de algunas de las poetas que se habían señalado durante los años de la II República y sobre todo durante la contienda. Represaliadas unas, exiliadas otras, lo cierto es que si ya fue difícil para ellas seguir el sendero que habían ido abriendo sus coetáneos o caminar a la par que ellos en aquel primer tercio del siglo XX, la guerra supuso un mazazo rotundo. Aquellos nombres que cubrieron todos los ámbitos de la sociedad quedaron borrados por mor de un sistema que necesitaba a la mujer como «paridora de hijos sanos para la Patria»[2] y las despreciaba como individuos. Cómo asumir que «el más feliz momento de la inteligencia española»[3] como describe María Teresa León a aquellos años de la República, sería aniquilado bajo el grito «¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!». «Nos sabíamos expulsados de algo más que de España»[4], confesaba la escritora en sus memorias. Se sabían expulsadas de un futuro en ciernes.

Aquellas que se exiliaron desaparecieron como si las hubiese engullido la noche. Si el exilio difuminó a las figuras masculinas que habían alcanzado un renombre en España, convirtiéndolos en simplemente nombres, en algo que pasó, que estuvo, pero con la conciencia de la no existencia, si esos mismos personajes de relevancia en España fueron absorbidos por la inmensidad del continente americano en muchos casos, las intelectuales que tuvieron que salir del país, sufrieron un exilio doblemente terrible por lo que tuvo, no sólo, tal y como confesaba Concha Méndez[5], de desarraigo geográfico forzoso, sino también al comprobar cómo los logros sociales, aquel exilio interno que de algún modo habían sufrido en su propio entorno y con su propia gente y que parecía que por fin conseguían erradicar, se instauraba ahora con una fuerza mucho más poderosa. Porque a aquella mujer republicana le robaron el derecho a sentir el propio exilio. Rosa María Martínez Capel en el artículo «De protagonistas a represaliadas: la experiencia de las mujeres republicanas”[6], comenta que «hasta entonces —refiriéndose al exilio republicano de 1939— el exilio había sido una experiencia esencialmente masculina», sin embargo, con aquellas mujeres estamos ante una «nueva categoría del exilio», como lo define Iliana Olmedo en su trabajo sobre Luisa Carnés[7]. No debemos olvidar, por otro lado, la paradoja de que la palabra «exilio» no estaba en el Diccionario de la Lengua Española, a pesar de que el exilio político había sido una constante durante todo el siglo XIX (liberales, románticos, Blanco White, De la Rosa…). Carlos Blanco Aguinaga señala que: «Tal vez se deba a la fuerte carga política del término el que no se registre en la edición de 1950 del Diccionario de la Academia Española de la Lengua: no convendría a la sensibilidad franquista recordar que había por el mundo cientos de miles de exiliados españoles. El término reaparece en la edición de 1970, cinco años antes de la muerte de Franco». [8] .

Estas mujeres volvieron a experimentar cómo sus nombres dejaban de existir, cómo sus nombres se volatilizaban, cómo perdían la importancia que habían tenido, si la habían tenido, cómo simplemente no eran consideradas.

Lucía Sánchez Saornil, exponente en su momento del ultraísmo español, fundadora del movimiento libertario feminista «Mujeres Libres», luchadora activa en la guerra, regresó a España en 1940, huyendo del nazismo alemán como había huido antes de los nacionales españoles. Dedicó el resto de su vida a sobrevivir, semioculta, confeccionando redecillas para el pelo, retocando fotografías (ella había estudiado pintura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), pintando pañuelos o abanicos, haciendo copias de cuadros por encargo, pero nunca más publicando sus versos. En el epitafio de su tumba reza :¿Pero es verdad que la esperanza ha muerto?

Concha Méndez, con nueve poemarios a sus espaldas, es la mujer de Manuel Altolaguirre o la novia de juventud de Luis Buñuel. Los libros de Concha Méndez publicados en el exilio mexicano ni siquiera existen en España.

Margarita Ferreras, miembro del Ateneo de Madrid, se codeaba con la flor y nata de la sociedad intelectual del momento, publicó su único poemario Pez en la tierra en la imprenta que Concha Méndez y Manuel Altolaguirre tenían, la misma en la que publicaban sus libros los grandes nombres de la poesía del momento. Un poemario erótico de una modernidad extemporánea.

Luisa Carnés que había sido una de las pocas en conseguir que su nombre tuviese cierta relevancia en el exilio mexicano, es una completa desconocida hoy en su país.

María de Maeztu intentó sin éxito que el Lyceum volviese a cobrar vida en Argentina, país en el que se exilió.

A María Teresa León se la ha reducido a mujer de Rafael Alberti.

María Cegarra, perito químico en las minas de La Unión, era de una originalidad sustancial para su tiempo. Utilizaba en sus versos el lenguaje científico para elaborar unas originales metáforas. Se la cita, levemente, en relación a su amistad con Miguel Hernández.

Pintoras de la talla de Ángeles Santos, Ángeles Baro, María Blanchard y otras muchas que consiguieron exponer en solitario en las salas de los museos más importantes de Europa, que fueron referentes en su momento y en su país, han pasado a ser auténticas desconocidas. Maruja Mallo, quizás aquella cuyo nombre suena un poco más, quedó en la memoria de muchos no por la excelencia de sus formas, del tratamiento del color, de la innovación en la pintura, sino como la loca maquillada de un modo exagerado que se sentaba en el café Gijón de Madrid.

Pocos son los que saben quienes son las hermanas Barnés. La química y farmacéutica Josefa Aguado tuvo que refugiarse en su pequeño pueblo de Granada para evitar posibles represalias, pues tanto ella como su marido, químico también, se habían posicionado del lado de la República. Allí, en su pueblo natal, encontró una muerte terrible.

Aquellas que volvieron del exilio y consiguieron un cierto eco, por ejemplo Ernestina de Champourcín y Rosa Chacel, o aquellas otras que estando en su país lograron ser reconocidas como Carmen Conde, es raro, sin embargo, que aparezcan en los libros de texto, a veces es incluso difícil encontrar sus obras.

El caso de la catalana Elisabeth Mulder es, como poco, paradójico. Publicó seis poemarios, doce novelas, seis libros de relatos, dos obras de teatro. Fue colaboradora de las revistas Ínsula y Vértice y gracias a sus traducciones se introducen en España la poesía de Baudelarie, Shelley, Pushkin o las novelas de Pearl S. Buck. Colaboró en los años de la posguerra con periódicos prestigiosos como La Vanguardia, vivió una vida activa en los años de la República, de la postguerra y hasta su muerte. Pero parece que con su persona se evaporó también su nombre. Tal vez el hecho de que Elisabeth Mulder fuese catalana, por un lado, ha propiciado que el resto de España no la haya tomado en demasiada consideración, pero por otro lado, escribir en castellano y no en catalán, tampoco le ha beneficiado ante los catalanes. La realidad de este limbo en el que tanto unos como otros han colocado a esta poeta y narradora de pro, es que el público de toda España se ha perdido durante años la obra de una novelista moderna, precursora de técnicas narrativas que han sido elogiadas en otros escritores.

Sea como sea, con más o menos calado, todas han pasado sin pena ni gloria. No es que hayan sido maltratadas, es que no han sido consideradas. Vidas, algunas novelescas, que no tuvieron ni siquiera un final trágico, sino simplemente un triste final: el olvido.

            Me considero feminista. No sé de sectas. No entiendo de radicalismos, de grupúsculos, de sectores, de más ni de menos, entiendo el feminismo tal y como lo entendía María de Maeztu:

            Soy feminista; me avergonzaría no serlo, porque creo que toda mujer que piensa debe sentir el deseo de colaborar como persona en la obra total de la cultura humana. Y esto es lo que para mí significa, en primer término, el feminismo: es, por un lado, el derecho que la mujer tiene a la demanda de trabajo cultural y, por otro, el deber en que la sociedad se halla de otorgárselo[9].

Dejo una pequeña muestra de nombres y versos en el año del aniversario de la Generación del 27, versos de algunas de las poetas que como tales cumplen también noventa años. Nombres simplemente merecedores de ser recordados.

 

PEPA MERLO

 

 

[1] León, María Teresa. (1999): Memoria de la Melancolía: Barcelona: Galaxia-Gutenberg, p. 336.

[2] Espinosa, J. (1942): «La formación higiénica para la nueva generación»: Revista de Educación: Madrid. (Julio). pp. 33-36.

[3] León, María Teresa, Memoria de la Melancolía, ob. cit., p.313.

[4] íbidem, p. 336.

[5] ULACIA Altolaguirre, Paloma, (1990): Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas: Madrid: Mondadori.

[6] MARTÍNEZ Cape, Rosa Mª. (2007): “De protagonistas a represaliadas: la experiencia de las mujeres republicanas». Cuadernos de Historia Contemporánea. vol. 11-12. P. 45.

[7] OLMEDO, Iliana. (2014). Itinerarios de exilio. La obra narrativa de Luisa Carnés. Sevilla: Biblioteca del exilio. Renacimiento, p.202.

[8] BLANCO Aguinaga, Carlos (ed.). (2006). Ensayos sobre la literatura del exilio español. vol. I-II. México.D.F.: El Colegio de México. v.I. p. 13).

[9] Maeztu, María de (2015): Una antología de textos. Ángel Serafín&Raquel Vazquez (eds.): Madrid: Dykinson. S.L. pp. 221-23.