Esta ternura y estas manos libres: los cuentos de Carlos Edmundo de Ory, por José Manuel García Gil


Congregados al calor de la sombra de Carlos Edmundo de Ory, no faltan los elogios a una obra admirable. Siendo así, preferiría recordar un rasgo del hombre y del escritor, muy presente en sus cuentos, y que nunca olvidaremos quienes le conocimos y disfrutamos de su compañía, de sus palabras, de su emocionante e imprevisible sentido de la vida. Ese rasgo, que todos los lectores adivinamos en él y en sus textos, es su ternura, que defiendo porque corre a veces el riesgo de pasar desapercibida, como le suele ocurrir a la ternura misma.

Quienes ahora tratamos de recordar su trayectoria no dejamos de advertir esa notable naturalidad para convocar la imaginación y el respeto alrededor de un hombre cuya palabra y vida no se han ajustado al canon del triunfo: apenas hay en su vida el esplendor típico y tópico de los honores institucionales; su peso, su extraordinario peso, su verdadero poder, es su literatura.

Pero su peculiar manera de ser residía, a mi modo de ver, en esa convivencia íntima entre dignidad y ternura que, probablemente, es lo que produjo la asombrosa textura de sensibilidad que tan hermosamente encarnó en sus cuentos, una de las facetas más interesantes y menos estudiada del conjunto de su obra.

Sus libros, El bosque (Hordino, Santander, 1952), Kikiriquí-Mangó (Imprenta Sáez, Madrid, 1954), Una exhibición peligrosa (Taurus, Madrid, 1964), El alfabeto griego (La esquina, Barcelona, 1970), Basuras (Júcar, Madrid, 1975) y la edición definitiva de los Cuentos sin hadas (Calembé, Cádiz, 1999) ―incluso la novela Mephiboseth en Onou podría entenderse como un mosaico de relatos― se ubican, sin resistencia aparente, en la llamada «corriente fantástica», esa suerte de almacén de curiosidades de la literatura donde la crítica acopia todo aquello que no se compra con la moneda fácil del sentido común. Dejo de lado esta clasificación, porque creo, como Cortázar, que gran parte de lo fantástico es una dimensión de lo real, y además porque esfumado el límite entre la prosa y el poema no se explica la restricción del término fantástico a la narrativa. En poesía aceptamos la metáfora de lo insólito, como si en el trance del hacer poético el escritor estuviera patrocinado por un poder de intuición superior que no lo visita cuando compone un cuento. Ory se adentra desde temprano en dicha corriente articulando lo extraordinario en los actos más sencillos y cotidianos. Lejos del juego de la imaginación, del ejercicio estético destinado a su propia perfección, cada cuento, surgido del sueño, entraña un braceo impaciente para disipar las sombras, para desbrozar las galerías que encubren su verdadero ser.

El gran poeta francés, Alfred Jarry, dijo una vez que lo que a él le interesaba verdaderamente no eran las leyes, sino las excepciones de las leyes; cuando había una excepción, para él había una realidad misteriosa y fantástica que valía la pena explorar, y toda su obra, todo su trabajo interior, estuvo siempre encaminado a buscar no las tres cosas legisladas por la lógica aristotélica, sino las excepciones por las cuales podía pasar, podía colarse lo misterioso, lo fantástico. En las narraciones de Carlos Edmundo de Ory se cuela el misterio para rescatarnos de la grisura de la vida cotidiana. El milagro sucede, como señala José Luis Calvo Carilla, «en el hecho de reparar en lo obvio y en tender un cerco enrarecedor en torno al héroe». Entonces deviene lo insólito, la sorpresa. Todo eso no tiene en Carlos Edmundo de Ory nada de sobrenatural, de mágico, o de esotérico; por el contrario, ese sentimiento era tan natural en él, ese sentimiento de estar inmerso en un misterio continuo, del cual el mundo que estamos viviendo es solamente una parte, era en él tan poco extraordinario, que precisamente cuando su literatura, él mismo, lo acogen, con humildad, con naturalidad, cuando lo capta y lo barniza con la súbita y necesaria ternura, descubrimos que entrar a lo que su narrativa nos propone, minuciosa e impacientemente, es tocar la vida.

El cuento es un género sumamente difícil y su ejecución exige precisión. Ory demostró desde el principio su audacia literaria y después de varios libros de relatos y una novela publicada, ofrece evidentes testimonios de la construcción de un estilo narrativo personal, sedimentación de una temática obsesiva y de un gradual dominio técnico. En sus primeros tiempos crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Pero yo diría que la dinamita y los fuegos de artificio del postismo rozan apenas lo que supone una compleja y riquísima personalidad literaria, forjada, antes que en ninguna otra vanguardia, en la tradición del surrealismo.

Es propio de grandes escritores ser víctimas de injustos reduccionismos. Y Carlos Edmundo de Ory no es un narrador puntualmente curioso, sino que ese estado de ánimo le dura y va aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. Las iniciales interferencias de Kafka o Malcolm de Chazal, E.T.A. Hoffmann o del teatro del absurdo dejan paso al oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la «tekné» de los griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista.

Así, la angustia, la soledad, la pobreza, el dolor o incluso la crueldad, Ory los hace aparecer con tal recogimiento, con tal reverencia, con tal respetuoso reconocimiento de la fragilidad de la vida, que el mundo contemplado bajo su sensibilidad, convertido en su propio reflejo, nos permite atisbar su innumerable experiencia. En un comienzo pareciera que «lo que debe ser protegido» es todo aquello que es delicado o «quebradizo». Mas «lo que debe ser protegido» no es ni el sueño de un niño ni la suerte de un animalito indefenso. El imperativo, más allá de los múltiples ejemplos que podamos encontrar en sus textos, llama a un ejercicio de lectura más agudo, que logre reunir nuestros hallazgos en una nueva dirección de sentido: «que Ory sea tierno diciendo las cosas más simples».

Así, esta propuesta de lectura de su obra narrativa a la luz de la ternura convierte este concepto en origen y a la vez en travesía de cada cuento. La ternura se va mostrando como el lugar de protección de una promesa que, a la par, abriga, encierra y despliega en ella, de un modo paradójico, la posibilidad misma de toda escritura. La ternura es el lugar donde brota la poesía de Ory, porque dispone y determina lo que permanece en la memoria de cada relato ante cualquier peligro u oscilación. La ternura permanece como la llamada a encontrar en las cosas insignificantes, la promesa del tiempo de la plenitud. Y eso, aun en los cuentos más duros, pues como en la frase de Santa Teresa, en Carlos Edmundo de Ory «las palabras llevan a las acciones… preparan el alma, la alistan y la mueven a la ternura».

Por eso me he detenido, en este corto acercamiento a la narrativa breve de Ory, en la ternura, porque es la ternura la que le lleva a acariciar de un modo especial las cosas, la literatura, el amor, los amigos, a considerar sus contornos, a entender lo que a los fantasmas, vagabundos, locos, amantes y suicidas de sus cuentos les hace tales, a considerar su esencial densidad, analizando sus límites, sus grados de elasticidad y tensión. Porque la ternura implica un modo de conocimiento que emplea la cercanía de un modo inmediato. Porque es este amor, esta filia específicamente infantil ―no un erotismo desenfrenado, ni un deseo de posesión devorador, ni un desgarramiento trágico y romántico―, el que otorga la tonalidad específica a sus cuentos. Es la ternura la que da cuenta de su violencia particular, es ella la modulación de su fuerza. Y no es que Ory no sea a veces terrorífico o devastador, incluso. Pero lo es sin afán persecutorio, sin obcecación ni alevosía. Lo es en la concentración total del juego, en el gesto discontinuo de quien impacta un clavo, destroza algo precioso, agacha la cabeza y luego se dedica a otra cosa. Lo es con esa especie de carencia de alma con que los niños se deshebran entre sí, se critican, se desnudan, chocan aparatosamente. Temibles pero inocentes, deconstructores sonrientes.

Convengamos, por tanto, en que las líneas definidas de su narrativa y de su vida, la claridad de su decir, su falta de tormenta, no podrían aprehenderse del todo si no se acompañan de esa ternura, no sólo de la ironía y del humor, sino específicamente del cuidado por lo frágil, de una cierta debilidad en el golpe. Sus cuentos, por tanto, no son más que un acercamiento distinto al que podemos considerar el tema capital de su obra: la mirada paciente y amorosa sobre todas las cosas y todas las personas que nos rodean. Lo que ocurre es que aquí la ternura no se parapeta tras la risa, sino que es miserable y se esconde, casi a traición, en una infinita tristeza urdida de recuerdos y añoranzas, de ausencias y de vidas imposibles. «Todo un mundo creado con una consistencia humana impresionante», como señaló Joan Fuster, a propósito de su libro El alfabeto griego, en 1970.

En la compleja simplicidad de uno de sus relatos, La lista, puede leerse: «allá Arriba, el tiempo de ida y el tiempo de vuelta son una misma cosa». Acá abajo, Carlos fue conmigo de una generosidad absoluta. Pasé con él días llenos de emociones, de modificaciones súbitas del pensamiento, momentos presididos por la magia, por la magia de la conversación, la magia de las miradas, la magia de los libros, por su manera diferente de respirar y de interpretar el mundo. Y ahora que físicamente no lo habita me pregunto: ¿Volverá Carlos alguna vez convertido de nuevo en poeta, o en algún mago, filósofo, danzarín o músico? ¿Volverá él mismo con sus ojos de niño emergiendo al erotismo adolescente? ¿Regresará más inteligente y más guapo? ¿O es que acaso su ternura, infantil, desdramatizada y loca, habrá muerto para siempre?

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