Escribir con una espada (tumoración sobre un poema de Carlos Edmundo de Ory), por Raúl Quinto


Escribir con una espada, dice. Escribir dentro de una caracola, traduciendo el mar y el tintineo idiota de la sal. El idioma del mar o un ejército de muñecos rotos de porcelana dispuestos en la orilla, girando sus cabezas a la vez cada nueva ola. Escribir porcelana y dejarla caer desde un sexto piso. Con una espada, dice, porque algo tiene que sangrar si queremos que haya vida.

Escribir entonces con una espada, o dentro de una caracola, o en los mil pedazos de una vajilla rota. Pero escribir y que en algún trozo diga: acariciar sin tener manos. Es una orden. Encontrar pedazos de luna en los bolsillos. Que ése sea el principio básico de una religión azul. Un largo viaje de palabra a palabra, de este mundo al fin de todos. Y todo eso con una espada porque tiene que existir el filo si queremos que haya vida.

Comprar una playa a gritos. Comprar un grito a versos. Escribir una espada y clavarla en la orilla frente a un ejército de muñecos blancos. Que giren sus cabezas blancas y digan nieve o algodón. Ir al infierno a ver a un amigo. Ir al infierno a pintar un graffiti con la caligrafía de un sueño y la forma de una caracola. Ir al infierno a decir poema y abrazarse al eco. Eso podría ser. Escribir con una espada y cortar de cuajo el último verso, porque debe ser imperfecto lo que llamamos vida.