A través del laberinto. Biografía (interna) de un transeúnte (cósmico), por J. Rafael Mesado


«Consciente de que el laberinto está en ti: que tú eres el laberinto: minotauro voraz, mártir comestible.»

 Juan Goytisolo, Reivindicación del Conde don Julián

La biografía de Carlos Edmundo de Ory es un viaje a través de la luz en busca del misterio de la existencia. Viaje constante hacia espacios nómadas que le llevarán a situarse en la periferia de los espacios culturales. La incesante búsqueda del misterio existencial, tal como el mismo poeta se expresa en su Diario[1], articula la idea de hermandad universal y trasciende todo límite localista y nacionalista. Por ello, fue considerado el gran apátrida, el más maldito de los poetas. Carlos más bien se sintió un vagabundo metido de lleno en el proceso de hallar las ramificaciones que le unen al cosmos en la diáspora cultural universal: hispánica, europea, americana, africana o asiática. Su obra se configura como resultado de este recorrido y puede definirse como la poesía de un maestro errante inmerso en un incesante viaje iniciático. Viaje físico traducido en viaje cultural. Viaje, en todo caso, que comienza en la luz de la infancia de Cádiz y termina en la visión iluminada de Thèzy-Glimont. Queda así completada esta trayectoria dedicada a la búsqueda permanente de la luz.

 

 

1. Cádiz, entre el mar y la luz

 

Carlos Borromeo Edmundo de Ory nace el 27 de abril de 1923 en el número 17-18 de la Alameda Apodaca de Cádiz, ciudad del mar y de la luz que representa el abrazo de una realidad mágica y enamorada. Luz del mar y de sus infinitas olas, espacio abierto a la libertad sin fronteras, energía del cosmos que reposa sobre los cuerpos de los hombres. La luz de Cádiz es la luz que ilumina los recuerdos de la infancia y los sueños.

Así se expresa Ory en la introducción de la antología Nueva poesía 1: Cádiz, titulada «Los cuatro jinetes»:

 

En honor a mi odio por todo lo turístico, como un símbolo onírico, guardo en la imaginación ese hondo recuerdo. Nada sé del Cádiz moderno como ámbito convivencial. Lo único que sé, cósmicamente hablando, es que el mar no ha cambiado, ni la luz. Y el nativo que lo habita, si ANDA CON LUZ, es andaluz de casta y gaditano por añadidura, lo que no es poco. Y si no anda así, pues será un ortodoxo extranjero cualquiera.[2]

 

Y en este fragmento de su obra póstuma, La memoria amorosa:

 

Mis mejores disfrutes siempre han sido el mar, las playas desiertas y las dunas, y las rocas. Me entusiasma un ancla. Me conmueven los procesos físicos, el hierro oxidado, la herrumbre, lo enmohecido, lo musgoso. Todo lo que se enfrenta con las aguas alguna vez hasta perder su uso y queda en la apariencia sólida, aunque en ruina. Ah, las ruinas, itálica famosa.[3]

 

El agua marina es la textura de ese espacio mítico, cargado de onirismo, que recorre su obra poética y al que regresa mediante el recuerdo en su última obra. En la prosa poética de La memoria amorosa los recuerdos de la infancia se entrecruzan con las imágenes del lenguaje mítico de la humanidad y con las experiencias que la realidad, tanto tangible como cultural, ha ido ofreciendo al poeta a lo largo de su camino. Ya en diciembre de 1948, Ory manifestaba en las páginas de su Diario que «Mi poesía es de Cádiz, es decir, del mundo, de América y, sobre todo, del mar»[4]. O el 5 de abril de 1951:

 

La poesía sale de la niñez. Somos poetas si hemos tenido infancia […]. El poeta verdadero amasa y forma su atmósfera con los materiales más olvidados de su vida; con materiales inolvidables. Yo viví en un puerto de mar. Yo viví una infancia viva, pero triste en el fondo, y angustiosa. Era como perseguido y estaba solo. Amaba. Sólo tenía ojos para mirar el mar.[5]

 

 

Carlos Edmundo es hijo del poeta modernista Eduardo de Ory, amigo de Rubén Darío, Amado Nervo, Salvador Rueda, Manuel Reina, Enrique Gómez Carrillo…, antólogo de poetas del modernismo americano, fundador de revistas como España y América, Azul y Diana. Por ello, desde su primera juventud, Carlos Edmundo se siente atraído por la poesía, de signo simbolista y decadentista, leída en la extensa biblioteca de casa: Julio Herrera y Reissig, Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, José Asunción Silva, Rubén Darío, Amado Nervo, Juana de Ibarbourou, Delmira Agustini, Juan Ramón Jiménez, Paul Verlaine… Esta toma de contacto con el simbolismo poético recorrerá la trayectoria poética oryana, cuya presencia es más agudizada en la primera poesía, y será la base de su ideario poético. En estas lecturas se encuentra ya el germen de su postura heterodoxa y de la rareza de su poética.

 

En 1937, alentado por su padre, Carlos Edmundo de Ory inicia su práctica poética tras los pasos de poetas como Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda y los poetas modernistas. En 1939 muere su padre y Carlos empieza a publicar sus poemas en revistas gaditanas. A partir de ahora su poesía transgrede la sombra paterna y se convierte en un ejercicio de autoconocimiento, una profunda meditación y una metafísica interior. En 1940 escribe su primer poemario, Sombras y pájaros, obra en la que ya se halla contenida la impronta metafísica y el acercamiento a la poesía oriental, características notables de la poesía oryana posterior. Estas primeras obras de adolescencia[6], que suponen una introducción a la auténtica poesía oryana, permanecieron inéditas hasta la tardía publicación de Poesía primera (1940-1942)[7] en 1986. La poesía de Ory se configura, ya desde sus inicios, como la íntima geografía de un proceso de transformación. De aquí surge la idea de la poesía como melos, música que vibra como energía cósmica presente en todo elemento del tejido universal[8]. Música que proviene del océano que baña las costas de Cádiz. Son éstas las bases sobre las que se erige la arquitectura de la futura poesía oryana, simbolista, hermética, visionaria, mágica, misteriosa y heterodoxa ya desde su principio.

 

 

2. Madrid, ciudad de algarabía, bohemia y rebelión

 

En 1942 Ory se traslada a Madrid con su familia. Abandona la luz periférica del mar para ingresar en el escenario de la ciudad, en pleno centro de la cultura peninsular de la posguerra. Madrid es el verdadero eje de un territorio cultural, marcado por la rigidez, en el que Carlos siempre se sintió extranjero, dislocado[9] y, por ello, ocupó el espacio más excéntrico posible. En 1943 es nombrado bibliotecario del Parque Móvil de Ministerios Civiles, cargo que ocupa durante una década. Paralelamente, inicia su labor en los círculos poéticos de la ciudad, publica en las páginas de espacios culturales muy diversos como El Español, Garcilaso, Fantasía, El Espectador, La Estafeta Literaria, Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos y Poesía Española. Sus publicaciones pronto trascienden los límites de la ciudad y llegan a las páginas de otros espacios geográficos como Verbo, en Alicante, Destino, en Barcelona o Lanza, en Ciudad Real. Madrid es, pues, la ciudad en ebullición donde Carlos traza nuevas alianzas, la orografía agitada donde ensaya rebeliones y disidencias y, también, el punto de contacto con la realidad político-social.

 

En 1944 conoce al pintor Eduardo Chicharro Briones y comienza a escribir su Diario[10], dos sucesos que resultarán fundamentales en la vida de Carlos. Del encuentro con Eduardo Chicharro surge una gran amistad y la fundación del postismo, hecho que determina la situación del discurso oryano en la territorialidad cultural de la posguerra española. Por otra parte, el Diario supone un permanente ejercicio de introspección y un acta constante de sus encuentros culturales. En suma, una radiografía íntima de la cotidianeidad. Jesús Fernández Palacios lo define, en las páginas dedicadas a la introducción, como la física y la metafísica de su autor[11]. Para él se trata de:

 

Una obra surgida de la necesidad y fruto de una mecánica singular que, según reconoce el propio Ory en distintos pasajes, se fundamenta en el libre albedrío, en los cambios y rupturas de contenido, en las interrupciones forzosas y abandonos momentáneos, en los huecos misteriosos, largos intervalos de vacío temporales, olvidos, transformación plástica de la propia caligrafía, desbarajuste dialéctico, tónica unitaria de la miscelánea, escritura errante, salvaje, fatal y heterogénea, que conoce fluctuaciones y fugas peligrosas, una escritura rápida, a quemarropa, sin literatura, que aspira a la brevedad, a la quintaesencia, a la elipsis y discontinuidad, a los saltos, digresiones, balbuceos.[12]

 

 

Definición que coincide con la escritura rizomática establecida por Gilles Deleuze y Félix Guattari[13], una escritura poliédrica, multidireccional, construida a base de plegamientos y aristas, basada en un lenguaje descentrado que va transformándose continuamente, cambiando de registro a cada segmento. Se trata, en fin, de un lenguaje orgánico, mutante e ilimitado. Un lenguaje sin dirección premeditada, que presenta su propia organización, que no ofrece un reflejo de la vida, sino que se pliega sobre la vida misma ofreciendo sus ramificaciones. El Diario de Ory surge del fondo de la intimidad y ofrece segmentos de realidad vivida, filamentos de existencia. Allí encontramos múltiples líneas recorridas, retazos de meditación, fragmentos de experiencia. El Diario es el mapa íntimo donde queda reflejada la gestualidad poética y cultural de Carlos Edmundo de Ory, sus afinidades, sus lecturas, sus publicaciones, los trabajos inéditos, la correspondencia, la muerte de los amigos y de los autores que han sido elegidos como referentes vitales y culturales.

 

El 1945 funda, en compañía de Eduardo Chicharo y Silvano Sernesi, el postismo y participa activamente de la vida bohemia y cultural del Madrid gris de posguerra. Su tarea al frente del postismo consiste en la agitación permanente y en la subversión de la dinámica cultural. Los atentados postistas apuntan, en gran medida, a la demolición del edificio realista. Este mismo año aparece publicada, por primera vez, una selección de sus versos con el título Versos de pronto[14] e inicia la escritura de la novela Mèphiboseth en Onou o El diario de un visionario frenético, novela que la censura franquista impide publicar en 1953 y que su autor corrige entre 1955 y 1956 para una nueva edición. Finalmente, la novela se publica en 1973 con el título de Mèphiboseth en Onuo. Diario de un loco[15]. En 1947 Ory inicia su labor de traductor, traduce a Rimbaud, Mallarmé y Paul Valéry para varias revistas literarias. A partir de 1951 se propone, junto al poeta Alejandro Busuioceanu, la tarea de traducir los versos de Pierre Jean Jouve.

 

En 1948 conoce al teórico y pintor vanguardista Matías Goeritz, hecho que acentúa todavía más su interés por las artes plásticas[16] y su trabajo como crítico artístico. Además, este año inicia sus trabajos en la pintura y en la experimentación con el collage poético. Participa también en las dos exposiciones realizadas por los postistas en la madrileña Galería Bochholz y en las Galerías de Arte Macoy de Zaragoza. Un año más tarde publica, junto a Matías Goeritz, Los nuevos prehistóricos[17], una proclama por un arte vanguardista, y en 1951 aparece el documento Nuestro tiempo: pintura. Nuestro tiempo: poesía, firmado junto a otro pintor, el dominicano Darío Suro. La propuesta introrrealista, basada en una expresión interna de signo metafísico, aunque no sufrió los ataques padecidos por el postismo, tampoco logró obtener la comprensión del público intelectual. En 1952 Ory logra publicar dos de sus cuentos bajo el título de El bosque[18].

 

La incomprensión, el rechazo y el silencio provocan que el discurso oryano se sitúe en la zona periférica de la marginalidad. Madrid se trasforma en un claustrofóbico laberinto de silencio y opresión y así lo expresa Carlos Edmundo de Ory en su diario el 18 de agosto de 1952:

 

Mi vida de ahora es el ocio. Como en los primeros años de mi juventud. Echado en la cama, duermo todo lo que quiero y leo todo lo que quiero. No puedo escribir. Escribir me parece imposible aquí en España.[19]

 

Madrid es el símbolo del desencanto ante la cultura franquista, una territorialidad que es necesario abandonar en búsqueda de otros horizontes, desérticos y nómadas, más aptos para una mirada de explorador seducida por el resplandor sin nubes del más allá. Los espacios más frecuentados de la geografía intelectual oryana quedaban muy alejados del escenario madrileño que entronaba al garcilacismo: Carlyle, Schiller, Hölderlin, Goethe, Keats, Novalis, Lord Byron, Nerval, Schopenhauer, Nietzsche, Dostoievsky, Mallarmé, Verlaine, Baudelaire, Rimbaud, Poe, Kafka, Isidoro Ducase o el conde de Lautréamont, André Breton, D. H. Lawrence, Octavio Paz, Pico Della Mirandola, Spinoza, Meister Eckhart, Lao-Tsé, Heráclito de Éfeso, la literatura budista… Filosofías individualistas, visionarias y místicas, totalmente heterodoxas en la cultura del franquismo.

 

 

3. París. El horizonte abierto del desierto

 

En 1953, después de una serie de viajes y estancias en París, Ory realiza finalmente su exilio voluntario a esta ciudad. Deja atrás una cultura añeja, agobiante y anacrónica y se aventura, sin ataduras, en un desierto inexplorado bajo el cielo abierto de la inmensidad. En el último texto perteneciente a la tercera parte de La memoria amorosa, denominada «Lutecia», es decir, París, encontramos este fragmento, que resulta muy revelador en este aspecto:

 

Me alejé sin volver la cabeza. De nada valía llamar con grandes señas. Mientras me iba, los brazos sobre la cabeza ritmaban mis pasos.

Miro alrededor mío y no me asusta nada. Soy todo lo que estoy mirando. Estoy enamorado del universo: el aire ondulante. Y oigo el trino de los pájaros. No sé lo que pensarán de mí los amigos. Ellos siempre me han tratado de loco.

Jardines para estar contigo. Mariposas verdes. Rosas azules.[20]

 

En París reencuentra a su amigo Francisco Nieva y conoce a Denise Breuilh, persona con la que inicia una relación sentimental que acabará en matrimonio en 1956. En 1954, ya ausente de la territorialidad literaria peninsular, se publica en Madrid el segundo libro de relatos oryanos: Kikiriquí-Mangó[21]. En 1955 Ory conoce personalmente al poeta francés Pierre Jean Jouve, objeto de sus traducciones. Entre ambos se inicia una gran amistad y una intensa relación epistolar que finalizó con la muerte de Jouve en 1976.[22] Además, Jouve le presenta a su amigo Jean Cassou, escritor con quien Ory traba una amistad íntima.

Carlos Edmundo de Ory viaja en 1957, junto a su esposa Denise, a Chosica, Perú, donde trabaja como profesor de castellano en la Escuela Normal Superior de la Cantuta hasta 1958. Allí nace su hija Solveig en 1957. En su estancia en Perú colabora en el diario La Prensa de Lima. A su regreso a Francia en 1958, Ory trabaja como profesor de español en la École Alsacienne y en el Institut Catholique de París.

 

París es el espacio que permite las incursiones culturales a través de territorios nómadas, a la vez que se convierte en refugio para el trabajo solitario que necesita el oficio de la escritura. El laberinto cultural oryano se amplía considerablemente, pero vira siempre hacia el pensamiento heterodoxo. Se acrecienta la preocupación metafísica en todas direcciones y la actividad poética es concebida por Ory como silencio y meditación. Sus referentes son el taoísmo de los autores clásicos como Lao-Tsé o Chuang-Tzu o autores contemporáneos como Lin Yutang; el hinduismo presente en la Bhagavad-Gitâ o en autores como Sri Aurobindo o Rabindranath Tagore; el budismo de la Dhammapada o el enseñado por Daisetz Teitaro Suzuki; el sufismo de Kabir, Kahlil Gibran o Sadegh Hedayat; el esoterismo antiguo de Giordano Bruno o el moderno de René Guénon; la magia y el chamanismo estudiados por Carl Gustav Jung; el existencialismo de Sören Kierkegaard y de Martin Heidegger; y también la literatura de todos los autores visionarios y exploradores del misterio de la existencia como Raymond Rousel, Antonin Artaud, Henry Michaux, Aldous Huxley, Gaston Bachelard o Herman Hesse.

 

Por otra parte, su discurso aparece en publicaciones como Réalités Secrètes y Nouvelle Revue Française, de Francia; Il Café, de Italia; Upptakt, de Suecia; Bandarra, de Portugal o las españolas Poesía Española, Índice, Cuadernos Hispanoamericanos, Platero, Verbo, Revista de Cultura Brasileña, Papeles de Son Armadans… En 1962 se editan en francés sus aforismos y pensamientos con el título de Aèrolithes[23], en 1963 se publican Los sonetos[24], en 1964 aparece su estudio Camus o el ateísmo «in extremis»[25] y el libro de relatos titulado Una exhibición peligrosa[26], en 1965 se publica La flauta prohibida[27].

 

 

4. Amiens, la ciudad y la cabaña

 

En 1967, tras su separación matrimonial, Carlos Edmundo de Ory se aleja de la capital y se traslada a Amiens para trabajar como bibliotecario de la Maison de la Culture de esta ciudad de Picardía. En el turbulento año 1968 Ory funda, desde una óptica trasgresora, el Atelier de Poésie Ouverte, en la Maison de la Culture, con el fin de dinamizar la realidad cultural. La práctica de los talleres poéticos significó tal apertura de parámetros que supuso un choque total con la rigidez de las estructuras político-culturales y ello provocó el cese del cargo de bibliotecario. Los talleres recogieron la actitud airada y combativa que flotaba en el aire y que se manifestó de una forma más concreta en el mayo parisino. Revuelta que significaba un intento de demolición de unas estructuras ideológicas anquilosadas y una apertura hacia nuevas formas de vida basadas en la libertad personal.

 

En estas coordenadas, Ory entra en contacto, siempre desde su posición heterodoxa, con el pensamiento contracultural y underground de la época. Nuevas referencias aparecen en su itinerario cultural: Norman O. Braun, Wilhem Reich, Thomas Merton, Alan Watts, Carlos Castaneda, Jack Kerouac y los beatniks, el tantrismo, el budismo tibetano, el budismo zen… Su Diario refleja el proceso de trasformación interior, su metanoia, el intento de conseguir la iluminación o budeidad:

 

No soy místico ni ocultista. Tampoco mago o chamán. Sin embargo, he estudiado todas las principales religiones del mundo. Soy budista, o más bien, aspiro al estado de Buda […]. No tengo ni sigo reglas. Como cuando tengo apetito, duermo cuando tengo sueño. Estoy preparado para vivir así. No soy ni un héroe ni un santo. Ni vivo milagrosamente. Decidí un retiro para poner en orden mis «pensamientos almacenados».

Estos pensamientos me acompañan, así como el ejemplo de los grandes místicos del «sendero directo». Mis pilares son el Tao, el Zen y el Vedanta.

También me inspiran y me enaltecen los profetas del Antiguo Testamento y la Kábala. He estudiado el ocultismo en sus obras de más difícil acceso (en la Biblioteca Nacional de París y en mi ardiente búsqueda por Europa y América en las librerías de libros esotéricos).

He aprendido casi todo lo que me sirve para estar despierto ―digo DESPIERTO― en las enseñanzas de ciertos hombres que he nombrado ya en cuadernos anteriores de este diario.[28]

 

Desengañado, Ory se retira en su cabaña, una buhardilla de un viejo caserón situado a las afueras de Amiens. Éste será el espacio de silencio desde el que surge la actividad poética y literaria. A su vez, laberinto onírico y mítico, hábitat donde sueño y mito confluyen y se proyectan en los objetos, que actúan como verdaderos fetiches, producidos desde una autoría como pinturas, fotografías y collages o anónimos como piedras, fragmentos de madera, clavos…, encontrados en sus paseos u otros objetos hallados en los viajes. En La memoria amorosa se encuentra el siguiente fragmento, titulado «Mis paredes», que, de algún modo, describe este microespacio uterino, santuario simbólico particular:

 

Aunque no las tenga ahora delante de la vista, me acuerdo de todas aquellas visiones y las miro con ojos cerrados. Son estampas polícromas, láminas desprendidas de algún libro de Historia de la Humanidad. Entre ellas, la serie de objetos preciosos encontrados en Micenas. Antigüedades exóticas. Vasijas indias o indo-persas, trajes y adornos de los egipcios y etíopes, trajes árabes de Turquía y de Marruecos. Grabados de libros de ilustración decimonónicos […]. Nunca hago culto de nada ni de nadie. Mi único empeño es llenar las paredes de imágenes que me impresionan. Cuando me canso de mirarlas las reemplazo por otras buscando y escogiendo las que más interesan a mis gustos y obsesiones. Sobre todo lo que choca a mi ánimo o lo que más me encanta. Hubo épocas dedicadas al horror absoluto y otras, a la erótica insólita. De cualquier modo una fiesta de la mirada para mí.[29]

 

En estos años comienza a publicarse la obra oryana: Música de lobo[30], El alfabeto griego[31], Poesía (1945-1969)[32], en 1970 y Técnica y llanto[33], en 1971. Ello crea la imagen de Carlos Edmundo de Ory como el gran hereje y el poeta más heterodoxo de los poetas españoles, aclamado por los poetas de última generación. Pero, a la vez, significa también el reconocimiento de su labor literaria. En 1971 se inicia la relación con Jesús Fernández Palacios, en aquella época poeta y teórico del grupo Marejada, de Cádiz, que con los años se convertirá en compañero, amigo, estudioso y difusor de la obra oryana. En 1972 Ory empieza a trabajar como profesor de lengua y cultura españolas en la Universidad de Picardía, tarea docente que durará hasta 1988. Éste es el año en el que toma contacto con los autores fundacionales del grupo surrealista de Canarias: Domingo Pérez Minik, Pedro García Cabrera y Eduardo Westerdhal. En esta época Ory inicia su relación sentimental con la pintora Laura Lachéroy, con quien contraerá matrimonio mucho tiempo después, en el año 2000. En 1973 aparece su obra postista Los poemas de 1944[34] y, a partir de aquí, la obra oryana será editada con regularidad: la colección de relatos titulada Basuras[35], en 1975; Lee sin temor[36], en 1976; La flauta prohibida[37], en 1979 o Miserable ternura/Cabaña[38], en 1981.

 

La década de los ochenta significa para Ory el reconocimiento total de su discurso: poético, narrativo y teórico. Son años de reencuentros y recuperaciones. Las amistades trazadas en Cádiz posibilitan la difusión de su obra y la recuperación del espacio de la niñez. Carlos participará en talleres, congresos, conferencias, aulas abiertas. No sólo en Cádiz y en el espacio peninsular, sino que su presencia atravesará fronteras. Ory se convierte en un autor cuyo legado es internacional. En 1987 participa, junto a autores como Ángel González, José Ramón Ripoll, Ana Rossetti o Allen Ginsberg en el foro Spanish Poets in New York, celebrado en la neoyorquina Gas Station. De aquí surge un nuevo libro de poemas bilingüe, Angel Without a Permit/Sin permiso de ser ángel[39], traducido por el mismísimo ángel de la poesía beat, Allen Gisberg, acompañado de Edith Grossman y publicado en Nueva York. De la amistad con Ginsberg surge una mutua admiración y una serie de traducciones cruzadas.[40] En 1988 aparece otra obra crucial, Soneto vivo[41], en donde aparece desarrollado todo el ciclo de los sonetos, que comenzó en 1941 y finaliza en 1987. Los juegos, las variaciones y las experimentaciones con este modelo poético significan la dignificación, la modernización y la deconstrucción del soneto y acercan el discurso oryano al de otro gran experimentador del soneto en el siglo xx, Joan Brossa[42].

 

 

5. Thézy-Glimont. Refugio entre los árboles y el agua

 

Tras abandonar en 1989 la labor docente en la Universidad de Amiens, Carlos Edmundo de Ory y Laura Lachéroy se trasladan un año más tarde a Thézy-Glimont. Nuevo escenario en la trayectoria oryana, producto de la sensibilidad mística totalizadora de Carlos. La conciencia de su integración cósmica le lleva a la experiencia de un contacto más estrecho de la realidad, experiencia que conlleva el abandono de la ciudad. En una carta escrita a su amigo Jesús Fernández Palacios, fechada el día 11 de septiembre de 1990, Carlos describe el nuevo escenario de su refugio:

 

Jesu, aquí, al borde del Avre, pequeño río que desemboca en la Somme, dentro de un joyero de verdura, rendimos culto a nuestros penates como los antiguos romanos que habitaron en este lugar, llamado entonces Tacéacum, que luego fuera Taisiacum y después Theisy antes de transformar su ortografía en Thézy, que se refiere al agua, ¡todavía impoluta![43]

 

Thézy-Glimont es una aldea, con pocos habitantes, cercana a Amiens. Espacio donde experimentar el contacto directo con el océano de la realidad, con la fragancia y la inmediatez de los elementos primarios como los árboles, el cielo azul o el agua del río. Por otra parte, este territorio, situado en los últimos tramos del trayecto de Carlos Edmundo de Ory, como si de una espiral inversa se tratase, retrotrae a Cádiz, a la geografía marítima de la infancia. Thézy, Tarsis, espacio de la luz que enmarca, al fin y al cabo, un laberinto circular.

 

Circularidad que se traduce con la reactivación de las conexiones establecidas con Cádiz. En 1991 la Diputación de Cádiz publica Iconografías y estelas[44], obra que recoge la mayoría de su obra ensayística. Carlos Edmundo mantiene una estrecha relación con sus amigos de Cádiz, poetas discípulos que lo proclaman como maestro y padre de la poesía libre nacida en la posguerra, cuya herencia se proyecta hasta la actualidad. Ory, autoproclamado gran poeta heterodoxo y autoexcluido del vasto círculo de la oficialidad, constantemente persuadido por sus discípulos, comienza a aceptar algunos de los reconocimientos ofrecidos en su tierra natal. Por ello acepta en 2003 el nombramiento de Hijo Predilecto de la Provincia, establecido por la Diputación de Cádiz, posteriormente es nombrado también Hijo Predilecto de la Ciudad e Hijo Predilecto de Andalucía. En 2004 la Junta de Andalucía le otorga el Premio Luis de Góngora por su obra literaria. Ese mismo año la Diputación de Cádiz edita en tres volúmenes su Diario (1944-2000)[45].

 

Melos melancolía[46], poemario editado en 1999, es la obra cumbre de la poesía oryana. En ella aparece descrita la imagen del poeta como un vagabundo que viaja constantemente a través del océano de la existencia en busca del misterio que se esconde en cada momento. Poeta que es un apátrida permanente, maestro errante o monje mendicante cuyo país no tiene límite alguno, pues su casa es el universo. Esta autobiografía poética supone una retrospectiva hacia la infancia y el mar. Por ello, es, en cierta medida, un retorno al origen. Otra imagen de esta retrospectiva de luz queda representada por su obra póstuma, La memoria amorosa[47], que en clave poética ofrece una serie de radiografías íntimas de la trayectoria vital de su autor. Viaje que acaba en la luz filtrada por el verde de las hojas de los árboles y el azul lejano del mar:

 

Ahí están los animales, cabezas silenciosas de la naturaleza, criaturas nunca mudas empero. Hablan de maravilla. Honor a sus ruidos armónicos e inarmónicos. Música encantada, regalo de la tierra, aquí abajo. Lo otro, lo de arriba, son las estrellas, perlas del cosmos […]. Mis orejas son tan felices oyendo el la del bosque, el rumor sordo de la caracola, el escándalo sonoro de la mar.[48]

 

Thézy-Glimont supone el espacio ocupado por el ser que trasciende los límites de su piel y experimenta su unión con todas las topografías posibles que habitan el laberinto infinito del cosmos. Allí, ya en la vejez, Carlos Edmundo de Ory, se siente parte activa de la totalidad. Geografía que conjuga bosque y mar, vejez e infancia, y es también espacio de espera de una muerte serena.

 

 

 


[1] «Es necesario conllevar el misterio de uno y de todos; el misterio de nuestro yo y el del mundo de los otros. Somos hombres: pertenecemos al cosmos, al universo». Diario, vol. i, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial de Cádiz, 2004, pág. 111.

[2] Nueva poesía 1: Cádiz, Bilbao, Zero-Zyx, [1976], pág. 14.

[3] La memoria amorosa, Madrid, Visor, 2011, pág. 26.

[4] Diario, cit., vol. i, pág.72.

[5] Ibídem, págs. 121 y 122.

[6] Sombras y pájaros (1940), La canción meditada (1941), Elisa (1941), Canciones amargas (1942), Paladín de Ponto (1942) y Las niñas del nácar (1943).

[7] Poesía primera (1941-1942), Cádiz, Fundación Municipal de Cultura, 1986.

[8] Manuel Ramos Ortega, «Poesía primera y antecedentes», Revista Atlántica de Poesía, núm. 27, separata, Cádiz, 2004, págs. 15 y 16. Este autor relaciona el concepto de musicalidad como base misteriosa de la poesía de Carlos Edmundo de Ory con la música con raigambre de Manuel de Falla y la poesía luminosa y marítima de Rafael Alberti, dos gaditanos universales.

[9] En este sentido, existe una conexión entre el sentimiento nómada oryano y la imagen albertiana que se desprende de Marinero en tierra (1925).

[10] Diario (1944-2000), 3 vols., edición y prólogo de Jesús Fernández Palacios, cit. Con anterioridad a esta edición ya se habían publicado algunos fragmentos de este diario. La antología realizada por Félix Grande en 1970, Poesía (1945-1969) ―Barcelona, Edhasa―, contiene fragmentos del diario que va de 1944 a 1953. En 1975, Barral publica, en la colección Ocnos, un primer volumen del diario, Diario (1944-1956). En 1984, la editorial malagueña Begar Editores publica bajo el título de Eunice Fucata. (Diarios, 1976-1984) otro fragmento. Además, distintos fragmentos han aparecido a lo largo del tiempo en diversas revistas.

[11] Diarios, cit., pág. 7.

[12] Ibídem, pág. 8.

[13] Félix Guattari y Gilles Deleuze, Mil mesetas, Valencia, Pre-Textos, 1988, págs. 11-17.

[14] «Versos de pronto», Fantasía. Semanario de Invención Literaria, núm. 19, Madrid, julio de 1945.

[15] Mèphiboseth en Onuo. Diario de un loco, Las Palmas de Gran Canaria, Inventarios Provisionales, 1973.

[16] La atracción de Carlos Edmundo de Ory por las artes plásticas, compartida por los fundadores del postismo (más todavía en el caso del pintor Eduardo Chicharro) es la base sobre la que se asienta el edificio postista. Por otra parte, Ory era amigo de Juan Eduardo Cirlot, quien mantuvo una relación epistolar con André Breton y fue una figura central en la vanguardia artística de la posguerra española.

[17] Carlos Edmundo de Ory y Matías Goeritz, Los nuevos prehistóricos, Madrid, Galería Palma, enero de 1949.

[18] El bosque, Santander, col. Hordino, 1952.

[19] Diario, cit., vol. i, pág. 208.

[20] La memoria amorosa, cit., pág. 99.

[21] Kikiriquí-Mangó, Madrid, Imprenta Saez, 1954 (col. El Grifón).

[22] Fruto de esta amistad son dos poemas oryanos dedicados a Jouve, que aparecieron en la antología realizada por Félix Grande en 1970, Poesía (1945-1969), Barcelona, Edhasa: «Jouve encadenado», escrito en París en octubre de 1955 (págs. 159 y 160) y «Jouve libertado», escrito en Chosica, Perú, en junio de 1958 (págs. 169 y 170).

[23] Aèrolithes, París, Imprimerie Rougiere, 1962 («Aerolitos», Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 181, Madrid, enero de 1965).

[24] Los sonetos, Madrid, Taurus, 1963 (col. Palabra y Tiempo).

[25] Camus o el ateísmo «in extremis», Madrid, Editora Nacional, 1964 (col. Ateneo).

[26] Una exhibición peligrosa, Madrid, Taurus, 1964.

[27] «La flauta prohibida», Papeles de Son Armadans, núm. 114, Palma de Mallorca, septiembre de 1965.

[28] Diario, cit., vol. ii, págs. 354 y 355.

[29] La memoria amorosa, cit., págs. 112 y 113.

[30] Música de lobo, Madrid, Grupo N.O., 1970.

[31] El alfabeto griego, Barcelona, col. La Esquina, 1970.

[32] Poesía (1945-1969), cit.

[33] Técnica y llanto, Barcelona, Llibres de Sinera, 1971 (col. Ocnos).

[34] Los poemas de 1944, Madrid, J. Giménez Arnau, 1973 (col. Aguaribay).

[35] Basuras, Madrid, Júcar, 1975.

[36] Lee sin temor, Madrid, Editora Nacional, 1976.

[37] La flauta prohibida, Madrid, Zero-Zyx, 1979.

[38] Miserable ternura/Cabaña, Madrid, Hiperión, 1981.

[39] Angel Without a Permit/Sin permiso de ser ángel, Nueva York, Vanguardo Editions/Gas Station, 1988.

[40] El primer encuentro con Ginsberg se produjo en 1987 en la lectura de poemas de Gas Station. De aquí surgen varias citas y una amistad; de hecho, el 31 de octubre, durante la estancia neoyorquina de Carlos y Laura, visitan, junto Osvaldo Gomariz, a Ginsberg en su casa. El segundo encuentro tiene lugar en Nueva York el 16 de mayo de 1992 (Diario, cit., vol. iii, págs. 294 y 295). Luego, los dos poetas amigos se vuelven a ver en varias ocasiones (ibídem, págs. 337 y 338).

[41] Soneto vivo, Barcelona, Antrophos, 1988.

[42] Jaume Pérez Montaner, «Pròleg», en Joan Brossa, Els ulls de l’òliba, Valencia, 3 i 4, 1982, págs. 8-10. Para este autor la experimentación brossiana nace del aspecto lúdico de la poesía y se dirige en varias direcciones, hacia el automatismo surrealista, hacia la poesía visual y hacia la propia tradición. En este último espacio cabe situar el juego y la experimentación con el soneto, considerado como el modelo poético representativo de la tradición poética europea. Aspectos totalmente compartidos por la poesía oryana.

[43] Diario, cit., vol. iii, pág. 282.

[44] Iconografías y estelas (ensayos, 1946-1983), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Diputación, 1991.

[45] Diario, cit., 3 vols.

[46] Melos melancolía, Montblanc (Tarragona), Ígitur, 1999.

[47] La memoria amorosa, cit.

[48] Ibídem, pág. 107.