Merlín: funámbulo y asceta, por Pere Gimferrer


Declaraciones recogidas en magnetofón (Barcelona, 22 de febrero de 2012) y publicadas en la revista Ínsula, núm. 789, Madrid, 2012, págs. 24 y 25. (De la transcripción: Jaume Pont).

 

El momento, ya lejano, en que conocí a Carlos Edmundo de Ory se borró casi en mi memoria. Recuerdo, eso sí, que fue un encuentro casi fugaz en mi despacho editorial en Seix Barral. Más nítidos tengo, sin embargo, mi último encuentro y la honda impresión que me causó como rapsoda de sus poemas. De esas dos cosas la más importante fue mi primer contacto literario a través de una crítica que publiqué en la revista barcelonesa El Ciervo en el número de noviembre de 1964. Se titulaba «Funámbulo y asceta», y versaba sobre su libro Los sonetos, aparecido en 1963 en la colección Palabra y Tiempo de Taurus, que dirigía Luis López Anglada. Lo reseñé junto a otros libros nada parecidos a éste. Ory me puso al corriente entonces de que algunos de esos sonetos, tres en concreto, habían sido censurados debido a su contenido erótico.

No creo equivocarme si digo que Los sonetos es un libro superior a la colección posterior, más extensa y que publicaría veinticinco años después, titulada Soneto vivo. Posee el don de la brevedad y un grado de sorpresa y oportunidad, derivado de la época en que apareció, que Soneto vivo ya no tiene. Los sonetos, cuando lo leí, dejó en mí una impresión extraordinaria, no inferior a la que me causara otro libro de sonetos en apariencia alejado, Ancia, de Blas de Otero. Digo sólo en apariencia alejado del de Ory, porque muchos de los motivos, así como las formas de expresión e inspiración surreales o parasurreales empleadas en ambas obras, son parecidos.

Los sonetos era en verdad un libro excepcional, si lo comparamos con lo que le rodeaba. No se parecía a ningún otro. Y paradójicamente nadie hablaba de él. Era una obra liberadora e inesperada. Entre otras cosas, en aquella lejana y breve reseña crítica mía de El Ciervo, decía: «Una sorprendente magnificencia verbal, una constante invectiva sintáctica y rítmica, una perfección casi insolente en la mecánica de la estrofa, una ironía experimental que vela un acento melancólico digno de Apollinaire, nos dan una de las obras más ricas y personales que hayan visto la luz últimamente entre nosotros. […] Ory va más allá del escarceo de laboratorio y redoma de mago Merlín de la poesía, para acomodar esta técnica a un trasfondo de descuaje existencial que cristaliza por veces en imágenes de una grandeza metafísica como sólo habíamos visto en los primeros libros de Otero. Funámbulo y asceta, Ory clama en el desierto de la poesía».

No me inspiraban menos interés, respeto o admiración otras obras coetáneas que también reseñé por aquel entonces, pero de ninguna me sentía tan cerca como de la del poeta gaditano. Sobre todo ello, entre otros asuntos relativos a su poética, hablé con más detalle en mi ensayo «Tres heterodoxos», incluido en el libro que publiqué con Salvador Clotas, titulado Treinta años de literatura española (1971). Luego, volvería a escribir de forma esporádica sobre su poesía.

Ciertamente, el conocimiento de la obra de Ory fue decisivo para mí. Y por muchos motivos, entre los que cabe contar una anécdota significativa. Yo había escrito un poema, Morir sobre un nenúfar, en homenaje, desde su mismo título, a Jean Cocteau. Lo escribí precisamente el día 11 de octubre de 1963, fecha del fallecimiento del artista francés, como se explicaba en la bellísima edición que hiciera el poeta y editor malagueño Rafael Pérez Estrada. Este, hacia 1987, quería publicar algún poema mío, y se me ocurrió entregarle Morir sobre un nenúfar. Pero con posterioridad a su escritura, traspapelé el texto. Como no daba con él, para salir del callejón sin salida en el que me encontraba acudí a Carlos Edmundo de Ory, a quien recordaba habérselo enviado entre 1963 y 1965. En una carta muy jugosa y divertida, en la que entre otras cosas me decía que debajo del brazo de mi poesía llevaba un Moby Dick ―y esto, claro está, no aludía solo a Morir sobre un nenúfar, sino también a una obra como Mensaje del Tetrarca―, Ory me contestó sin demora que conservaba, felizmente para mí, el texto extraviado. Lo había conservado por más de veinte años. Esto lo cuenta Pérez Estrada en el epílogo de su edición. No me cabe duda de que el agradecimiento que debo a Ory, a la lección constante de su poesía en primer término, no fue menor al que él siempre me demostró respecto a la lectura que hice de su obra.

Después, aparte del ensayo «Tres heterodoxos», he hablado en varias ocasiones más sobre su obra; la principal quizás, y más tardía, fue mi prólogo a Melos melancolía, texto que fue «sobreinterpretado» por alguna voz crítica. Un crítico, por ejemplo, decía que cuando yo aludía a los poetas por entonces «entronizados» en España ―poetas que «escribiendo versos (cito literalmente las palabras de mi prólogo) son totalmente ajenos a lo poético, y que en notable medida hurtan a Ory su primerísimo puesto en la consideración general»― me refería a José Hierro y Luis García Montero. Algo de ello había de verdad en las palabras del crítico, aunque para ser sinceros la dimensión de mis palabras no tenía nombre y apellidos y no se ceñía forzosamente a esos nombres. Era una cuestión de alcance más general.

Sea como fuere, no mucho después de mi prólogo bastante batallador a Melos Melancolía, en el que aprovechaba la presencia viva de Alberti para en mi imaginario dejar reducida la poesía al propio Alberti, Ory, Pablo García Baena, Caballero Bonald y algún nombre más, Ory presentó su libro en la sala Josep M.ª de Sagarra del Ateneo de Barcelona. La lectura en aquella ocasión del poeta gaditano, muy emocionante para mí, consistió íntegramente en textos de Melos melancolía. Hay que decir que Ory, desde su singular manera, leía muy bien. Recuerdo en especial la lectura de un poema cuyo estribillo dice: «Cada vez me parezco más a Kaspar Hauser…». Y verdaderamente así sucedió, porque en el mismo clímax de la lectura y según repetía in crescendo el estribillo, el poeta cada vez se parecía más a Kaspar Hauser. Fue un rasgo de rapsoda inolvidable. Y esto me lleva a otro asunto que estimo primordial: he conocido muy pocos poetas que representen en España la poesía, en un grado tan evidente ―pienso también en Rafael Alberti y en el poeta catalán Joan Brossa―, como él. Quiero decir que Ory no sólo era un gran poeta, sino que por sí mismo encarnaba la poesía. Y no es que no hubiera poetas tan importantes como el gaditano, que sí los había, pero no desprendían el aura que él desprendía. En el fondo Ory, si lo comparamos con sus valiosos compañeros de generación (Eduardo Chicharro, Francisco Nieva, Gabino-Alejandro Carriedo o Ángel Crespo), representa ese grado de implicación total con la poesía que siempre puso de manifiesto. Quien más se le parecía, en otra medida, era Alberti, quien además poseía una proyección biográfica y generacional que Ory no tenía.

Otro aspecto digno de mencionarse es su particularísima vinculación con la tradición de la poesía hispánica, sobre todo con el modernismo y el barroco de Góngora. Muy especialmente, lo preciso, de Góngora y los gongorinos, que es un eslabón capital de la verdadera tradición de la poesía española, como estudió Dámaso Alonso; una tradición que empezaría, no con Cristóbal de Castillejo y Juan de la Encina, e incluso Juan de Mena, sino con Garcilaso, Fernando de Herrera, Góngora, Carrillo de Sotomayor y Soto de Rojas, entre otros. Eso está fuera de toda duda en el caso de Ory, como lo está la fuerza erótica de muchos de sus poemas, y en especial algunos de sus sonetos, muy poco usual en nuestras letras.

Comentario aparte merece el excelente Melos melancolía, aparecido en 1999, que como él mismo dijo venía a ser un libro de recapitulación final. Lo que publicó después, en cambio, incluida la nueva serie de los Aerolitos, no estaba exenta de cierto desfallecimiento. Y como es sabido, el género aforístico no admite desfallecimiento alguno. Aunque muestra momentos de fulguraciones maravillosas, Ory ya no estaba en su plenitud como en Melos melancolía. En cierto modo, sus aerolitos de la primera época son superiores a los últimos, sin menoscabo de los indiscutibles destellos de gran poeta que poseen. Ahora sólo cabe esperar que salgan a la luz, si los hay, sus últimos poemas posteriores a Melos melancolía, rescatar su obra inédita y reeditar su poesía, pues sus libros son hoy por hoy inencontrables o se encuentran agotados, como ocurre con su antología poética Música de lobo.

Sin duda, Ory ha jugado en la poesía española del último medio siglo un papel muy estimulante. Pero ese gran estímulo se ha ceñido a personas muy concretas. Su suerte ha seguido una trayectoria, por avatares históricos y estéticos, digamos guadianesca. En esto se parece a Pablo García Baena. Pero mas allá de estas consideraciones, queda de Ory su lección permanente tratando de fundir tradición y modernidad, que en su caso remite al ya citado gongorismo y a un modernismo que debe más, por el tratamiento de la lengua y de la rima lúdica, a Herrera y Reissig y José M.ª Eguren que a Rubén Darío. Esta dimensión hay que complementarla, claro está, con su relectura de la vanguardia, en la actitud dadá y en su postsurrealismo sobre todo, y también con otras fuerzas interventoras, «raros» y simbolistas, que no constituyen movimiento pero que están ahí: Jules Laforgue, Tristan Corbière, Germain Nouveau o Charles Cros. En este sentido, hay que reconocerlo, sí que Carlos Edmundo de Ory se parece mucho a los poetas franceses. Pero, más allá de esa vinculación literaria, su poesía es profundamente española o, mejor aún, profundamente hispánica.