Ory, un poeta nuevo, por Javier Vela


En sus personalísimos Diarios, Kierkegaard observaba cómo los poetas jóvenes solían —y de hecho suelen— unir la «novedad» al requisito de que una obra albergase entre sus páginas una doctrina nueva, en tanto que la verdadera novedad radica, dice el filósofo danés, en la evidencia de que exista en ella una personalidad. Así, durante años, el poema «Amo a una mujer de larga cabellera», que por la sensualidad y plasticidad de sus imágenes se instala en la mejor tradición de la poesía erótica en lengua francesa, desde Aragon y Éluard a Pierre Jean Jouve (a quien Ory tradujo y trató personalmente, y de cuyos encuentros dejó constancia en varias entradas de su extensa producción diarística), durante años, decía, dicho poema se reveló para mí, junto con otras piezas de Tomás Segovia y Gonzalo Rojas, como la expresión más lúcida y vibrante de la lírica amorosa contemporánea, e influyó necesariamente en la conformación de algunos de mis primeros libros, no por su relativa novedad, desde luego, sino porque del mismo se desprende a las claras una voz plenamente personal.

Era Carlos Edmundo de Ory un poeta «nuevo» en el sentido clásico de la palabra, natural heredero del espíritu iconoclasta y rebelde propio del movimiento así llamado neotérico por Cicerón (un neotérico él mismo, si bien arrepentido, que abjuró de tal grupo como Goethe lo haría de los románticos); no en vano, al fondo de sus hondos Aerolitos parece adivinarse simultáneamente la influencia satírica de un sagaz epigramista como Catulo y de un fino «humorista» como Luciano de Samósata. De los textos oryanos se extrae, por lo demás, una valiosa lección estética de completa vigencia en la poesía española actual, cuyo principio puede resumirse en un breve enunciado crítico, a saber: Ory nos enseñó que la potencia creadora del pensamiento poético radica justamente en su capacidad para subvertir los sistemas lingüísticos y conceptuales de una época dada, desanquilosando sus engranajes e insuflando, así, oxígeno en la selva selvaggia de los significados.

No obstante, y pese a sus influencias clásicas, modernistas y surrealistas, Ory, en última instancia, procede de sí mismo. Poeta autocontingente, en el doble sentido teológico y literario de la palabra, y de enorme ambición: «Escritores, escoged: el estilo ¡o la Revolución!» Él tomó las dos cosas. A mi modo de ver, incluso exceptuando Los sonetos, hay todo un entramado conceptual y expresivo sensiblemente uniforme a lo largo de todos sus libros y, aun en ausencia de un metro determinado, existe en ellos una forma significante, todo un catálogo de sorprendentes giros idiomáticos y, en definitiva, un notorio desvío —un estilo— con respecto a los modelos de pensamiento preestablecido que proyectan su obra luminosa y profética sobre los espejismos del siglo XXI.

Han sido varias las publicaciones que en los últimos años han fijado la atención en su obra: así, el dossier dedicado por RevistAtlántica (núm. 27), dirigida por José Ramón Ripoll y subdirigida por Jesús Fernández Palacios, entre cuyos méritos figura la publicación de una valiosa selección de cartas inéditas de Cirlot, Celaya, Bolaño, Jesús Lizano y Arcadio Pardo dirigidas a Ory; o los más recientes monográficos consagrados por la revista Caleta (núm. 16), coordinada por José Manuel García Gil, en el que sea quizás hasta la fecha el más extenso y variado compendio de adhesiones oryanas, e Ínsula (núm. 789), cuya editora, Arantxa Gómez Sancho, logró reunir en sus páginas un elenco de críticos cuya adscripción generacional abarca prácticamente medio siglo de poesía española. La creación de este vivo trabajo multimedia, que Poemad ha orquestado gracias al entusiasmo y los buenos oficios de Beatriz Rodríguez, Leonor Medel y Alba Ramírez, pone de manifiesto la vigencia ultimísima de Ory y su larga y fecunda proyección literaria en las nuevas generaciones poéticas.

 

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