En la tumba de Gramsci, de Manuel Rico


El sueño demolido de quien murió en la cárcel.
La luz extrema del lenguaje y su sombra.
Árboles mojados y vagabundos.
Roma revisitada, ciudad vencida
a la que el día de abril de 2008 y de la lluvia
a Gramsci nos recobra, no al cautivo
de los días de niebla, dolor y Mussolini,
sino al leído en la ciudad vivida en días inestables
de calles fugitivas y ensoñaciones puras.

Al Gramsci de las quimeras
nacidas de la voz que iluminaba
ciudades sin escoria en los Cuadernos
de la cárcel
.
A quien hizo propicias
noches que se extendían hasta el amanecer
en debates tintados
por prematura madurez y adolescencia breve
y aceras fronterizas y encharcadas.

Llovía en la mañana de la Roma de abril
y hablaba la memoria de las cosas pequeñas:
ceniceros de barro colmados de colillas
contra la madrugada, romos lápices
de dibujar consignas, abalorios
de viajes a países del Este o de otro mundo,
gastados pantalones de pana, o los vaqueros
rotos en las huidas muy cerca de Callao, antes
de pintar hasta el alba
el sueño colectivo en Méndez Álvaro
o en la universitaria.
                                 Allí estaba la tumba
de quien murió en la cárcel, mucho antes
de nuestra devoción y nuestro sueño, cuando Europa
tiritaba de miedo y de agujas de muerte
y nadie de nosotros, amigos cincuentones en este siglo raro,
habíamos nacido.

La lápida mojada, la desnudez de un texto
que, entre flores muy vivas —Ales, 1891/Roma, 1937—,
conmueve al visitante, eran deforme espejo
del lector regresado, del militante envejecido
que yo era en la mañana
de abril de 2008 y de la lluvia
romana y abundante.

(De Fugitiva ciudad, Madrid, Hiperión, 2012)