Dos ciudades, de Miguel Casado


La ciudad nos recibía con una balsa
de agua, en pendiente las salidas
de la autopista hacia ella.
Lo veíamos desde un semáforo;
luego, en los coches llegó
a la ventanilla, sonó el timbre
del móvil, sonó un cajón vacío,
un estadio vacío, un campo
convertido ahora en cemento. La ciudad
vivía al otro lado del agua
que aún nos buscaba con las últimas
ondas, vivía su tarde fresca
de junio, su extrañada rutina.
 
 
 
 
Las escaleras daban al curso
caudaloso del río, que sobre ellas
rebalsaba. Al retroceder, nos dijo:
«el agua es del real», y nosotros:
«¿del canal real?», y no eran
río entonces las ondas verdes.
En nuestra lengua: «¿de dónde
sois?». Algo sugería de tullido,
acaso le faltaba una pierna
o un brazo. Era una ciudad
rusa, tan perdidos
y tan familiares.