Tiempo de contar, de Rafael Saravia


Con el tiempo se hizo el tiempo.
Fue el tránsito de la quietud lo que formó la revolución,
las horas corriendo de un lugar a otro,
perseguidas por el orden inaudito de lo pétreo y azul.

Con el tiempo, se hizo medible la esperanza…
La premura se acomodó en el segundo,
el ímpetu en la hora, el cambio en el día,
la razón en los meses venideros,
el poema en cada sentencia futura.

Con el tiempo, el azul y su estirpe fueron pesando.
Siendo menos nube, más torpeza y granizo,
siendo golpe desde arriba día tras día,
hora tras hora, segundo tras segundo que completa la razón.

La gente entonces se hizo plaza.
Se hizo calle y avenida y voz conjunta de cambio.
La gente se hizo amiga del calor
y el tiempo no fue capaz de detener el instante azul.

Con el tiempo, los moradores del estraperlo acusaron el norte,
llevaron las prendas con el esfuerzo de los doblegados,
supieron alojar la sed infinita en sus gaznates.

Ahora, ya sin tiempo, la fe es una hortaliza en promoción.
Los segundos germinan sin estorbos,
sin el ramaje absurdo del domador de índices.

Ahora, ya sin tiempo, los olifantes se apean del verbo
y apuran los camaradas dos manos al día en pro del vocablo futuro.

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *