También fluye primavera, de Carmen Busmayor


(Vladímir Mayakovski)

En esta hora de aire afilado, lluvia súbita y tajante también fluye primavera en el Moscova y la noche es más que una luz lunar junto al recuerdo que cita su idioma de orillas e interiores con el estigma del triste que se observa a sí mismo con copas sin licores de perennidad.

En esta hora en que no soy yo y soy yo repudiando lágrimas cocodrilo de panegiristas y turiferarios exprimidores de difuntos, embutida en la agobiante rutina de cenar opacos pensamientos en platos metafísicos, nadie debe amenazar el paladar de los humildes con frutos venenosos.

En este silencio convertido en universo, la certeza del hombre que amaba los caballos mientras preguntaba quién preguntaba a la luna, aquel que se alzaba sobre el emporio de la mentira con afluentes de rojas claridades, el preso de Butyrka que escuchaba el silbido de los insectos dentro de su corazón mientras denunciaba el latrocinio de los castrados líricos, es más que una sombra persistente o hambrienta osadía como azul o mar o lunes arrojado a la orgía o para abrigar mi cuerpo desvestir tus labios.

Acodada en un silencio convertido en universo como éste, ante qué piadoso epitafio diré sí al territorio creciente de la inquietud por quien ha amado la rapidez de las balas para despedirse de su tribu, incurable en la desolación.

Estoy en paz con la vida. No vale enumerar
dolores, desgracias, ofensas mutuas.
Acodada en este silencio sin distancia, ignoro la orfandad de quien se aferra a la muerte y entra en la misma muerte del brazo de su propia mansedumbre, pero sé que,

a veces,
en el celaje gris del pensamiento,
la vida es silencio helado que fustiga.
Triste ruina que se precipita contra un náufrago.
Los ojos errantes de una madre
cayendo por doquier.
Mínima abrazadora.
Sombra obstinada
hecha de despedidas.
En la linde
de la mañana
un desasimiento.
Un luto.
Décimas.
Abismos.

A veces,
sin que sepamos
por qué derruye o desbarata.

En las fosas comunes, también, crecen rojas fresas silvestres

Nunca dominaré este opaco proceso irreparable. Las oscuras luces
  que existen entre mí y la deserción de los cuerpos no
  descifraré jamás. No obstante mi alma y mi carne móvil. No
  obstante creer que el silencio no se agota en el silencio.
  Que hay longitudes y abismos que dan fe de los hombres. Que
  alguien mientras yo existo, solicita tregua al olvido.
 
Pienso en ti. Tus versos embalsaman la noche, lo disperso, lo que
  aún no es negación en mis labios. Quiero pronunciar tu
  nombre pero no me atrevo a articular las sílabas que
  señalan el ramo marchito de ausencias. Con la celeridad que
  describe la nada en tus ojos arbóreos. Con la hora, caballo
  triscador de alegría, alejada de las campanas verdes que
  abonan los anhelos con su aroma frutal. No con los ademanes
  que desembocan en la resignación del mar de la pérdida.
 
Pienso en ti, desunida tu casa abierta a la luz enjambrada. En
  mendicidad. Ante la impureza del dolor, más allá del dolor.
  En el azogue de la tortura. Sola en la anticipación de la muerte.
  Sola detrás del exterminio. Sola como este pájaro que se agrieta
  en la memoria de la devastación. Esposa, amante, madre en los
  ángulos negros de la supuración.
 
Pienso en ti, alejada del lúpulo del sueño, en Elabuga, clausurados poros
  más que aristas. Sin repartir las últimas promesas.
  Sin brillo ante los ojos. De madrugada. De golpe. En colisión.
  Fatídica. Yo, que tantas veces en el paisaje de las interrogaciones
  he puesto en duda el resplandor de los ahorcados.
 
Pienso en ti… En ti, Marina Tsvietáieva. Y es feroz la risa de
  los dominadores. Pero en las fosas comunes, también, crecen
      rojas
           fresas
                silvestres.

(6 de marzo de 2007)