Con los pies descalzos y la lengua fuera, de Alfonso Armada


Recital que combinó música, fotografía y poesía. El músico de Guinea-Bissau Mû Kuntum interpretó piezas de su repertorio, acompañado de guitarra y tonkorongh, y Alfonso Armada leyó el poema “Lo que sé de África” y poemas de su libro inédito La canción del ocotillo.

Mû Kuntum

 

Alfonso Armada: “Lo que sé de África”

Era como un sprint de antílopes calcinados,
los acariciaba como si los sarmientos aún sangraran,
restos de una viña que tuvo frutos y jolgorio:
como en el cenador de mi infancia:
un vino ácido y caudaloso,
sardinas doradas abrasadas por un fuego dulce
y patatas que se deshacían en la boca,
no en los dedos.
Entonces no existía el sexo,
sólo besos robados junto al cañaveral o en medio del maíz,
bodas profanas y una corte de agapantos
llorando su savia sobre las manos.
En el cenador, África tampoco existía:
sólo las estampillas de Nestlé
y un álbum de cantos dorados
donde íbamos aprendiendo geografía.
Por eso no sabía nada del olor de sus axilas,
de ese sexo animal que acaricié con los dedos
como si rozara los ganglios de una pantera.
Pero ella era doméstica y hablaba mi idioma
en medio de un olor dulzón,
hecho de tardes de Camerún
viendo el sol estallar sobre los baobabs,
antes de que el Nios exhalara su aroma fétido y mortal.
Ella estaba vestida de seda y oro
en una habitación colgada del cielo:
la ciudad se desmenuzaba a cien metros del deseo:
pero no era Nairobi, ni Johanesburgo, ni Tánger, ni Kampala,
tan sólo era Madrid una tarde de octubre.
Su boca era para rodear el paladar,
las gargantas del sexo
donde el Nilo es un caudal lento y delicioso.
Una vela plateada y remeros sin ambición,
paleando como si la vida no importara.
Nosotros llegamos de muy al norte,
de un país de lluvia
y África gemía como el padre Damián y otras falsedades.
El continente es un fardo que echarse a la espalda,
un bumerán de historia y maleficios,
una selva que ignoro y en la que leo a duras penas,
desde las fuentes del padre Nilo al desierto del Sáhara,
desde el Magreb donde no me atrevo a perder la orientación
a los meandros del río Congo.
Mi corazón de las tinieblas deambula casi desnudo,
con siglos de cultura a cuestas
y una gran herida en este acantilado de piel que exuda cautela.
Cruzo la sabana a bordo de un jeep
que me protege de las víboras.
Corro detrás de las cebras
que vi dormir en un zoológico del mundo.
Esas mismas cebras cazadas por la flecha y la melancolía
que en África no es tal,
sólo un largo espejismo
de correr en pos de un destino que no existe,
porque allí sólo el presente sobrevive,
¿para qué sembrar si las cosechas se las lleva el viento?
En el vientre de un antílope, la caza huye.
Los elefantes van muriendo
a manos de quienes no conocen el papel de los escrúpulos.
Un Occidente con su culpa a cuestas,
pero que se interna en África en busca de sí mismo.
¿Si así fuera?
En Madagascar hay una larga playa de caracolas
donde el Índico es manso y engañoso.
El cuerno de África,
más al norte,
me hurga en el cerebro con la perseverancia de un rinoceronte.
Estoy solo al borde del lago Victoria
con Livingstone y Stanley,
fumando lo que nunca he fumado.
He pasado por las colonias españolas
(el Sáhara entregado, Río Muni y Fernando Póo).
Mi amigo cruzó un segmento de África,
salvándose a duras penas de las policías locales y corruptas,
jefecillos que impiden que nada llamado porvenir cuaje.
Consiguió volver a su país
y ahora lucha contra la fiebre que aniquila a las gallinas.
Él quiere que sus convecinos aprendan de sus manos.
No alimentar la desazón de todos los días,
pensar que el hambre es algo que dura año tras año.
Estudió tan al norte como yo,
pero decidió volver a sus raíces,
a ese polvo que se instala en los huesos,
a esas lluvias que todo lo devoran como el desierto
que crece más de mil centímetros al día.
Un erial que se extiende como un enorme bostezo envenenado,
desde el corazón a las afueras.
Ella tenía el pelo sembrado de tumbas,
un pelo de alambre, negro y calcinado.
Yo acariciaba sus esculturas como un explorador de mí mismo.
Después la besaba y abría sus camisas de Occidente.
Pero sus pechos seguían allí,
con su sangre de miel, su leche.
Porque el lago Nios no había acabado con su estirpe.
La besé, bebí su sed
y dejé que mi esperma empapara sus manos, con estrías
de haber abierto surcos en la tierra,
de haber leído antes en la piedra que en los libros,
sin que la culpa me hiciera dejar de alumbrarme con su carne.
Hay un extraño orificio en la cabeza:
allí sopla un viento africano
que enloquece al que se interna en el interior del continente:
desde el norte islamizado
a ese sur que es selva y sabana,
sequedad, condenados a sacudirse el polvo una y otra vez
ante la mirada del músico y del hechicero:
desde Malí y Sierra Leona a la penuria de Etiopía.
Tengo sellos hermosos
y paisajes congelados en la ruta de la retina.
Si quiero saber más de mi origen
he de volver al viejo cenador,
en busca de una arqueología que sea infantil y adulta,
y emprender después el camino de África.
Mi política es clara como una nevada.
Avisto el Kilimanjaro
y vuelvo a los chocolates Nestlé,
como si estuvieran libres de pecado.
Mi África es íntima y esclava,
oigo sus cantos en las afueras de Nueva Orleáns
y aunque no puedo convertirme en negro
me tiendo bajo el cielo de estrellas
como nunca habéis visto.
En el hemisferio sur,
muchas millas por debajo del Ecuador,
el tiempo está todavía sin romper.
Apenas han avanzado en el futuro
y nosotros estamos agotados
de dar vueltas a una noria inútil
que nos empuja con un desasosiego brutal y urbano.
Regreso de Zanzíbar con especias,
subo a bordo de una falúa que avanza por el lago Chad.
Estos son mis nombres encendidos.
Una caravana de faraones y de esclavos,
pequeños trenes
y silencio.
Los animales velan con su carga de certidumbre.
Entonces los hombres dan la vuelta
en sus chozas, en sus nuevos edificios, en sus ropas camufladas.
Ahora parezco uno de ellos.
Todavía no soy ni tan siquiera negro,
ni tan siquiera blanco.
Escucho y duermo, canto y vigilo.
Un centinela de mí mismo.
En África compro mi brújula de aurora,
mi brújula de noche.
Ahora sé que mi soledad es un continente.
Entonces hurgo en mi mochila
y el sexo que alumbro no es de impotencia ni de alarma.
Esta es una piedra de roseta,
este un mineral de Windhoek.
Los mineros de Suráfrica son los que tocan con Miles,
una trompeta que brilla como cien luciérnagas gigantes,
faros que van a alumbrar desde Luanda hasta Maputo,
desde Mogadiscio a Libreville,
desde Addis Abeba hasta Abiyán,
desde Jartum a Tamanraset,
desde Marrakech a Alejandría,
un centenar de noches,
dos mil años de esperanza que nadie ha cultivado,
que casi nadie ha sabido propagar entre los trópicos:
hay faros encendidos noche tras noche
y un rumor que cruza los valles, los desiertos,
que se sirve del caudal de los ríos y del silencio de los lagos.
Lo que sé de África es apenas un estertor,
el sueño de un gigante bajo el zumbido de una mosca del sueño.
Pero mi ánimo es también cuarzo y yesca,
y un mar que golpea con el ritmo de un incendio.
Flamencos y garzas imitan el horizonte.
En ese vuelo confío como un ciego.
África duerme,
yo también sueño.
Alfonso Armada

(Madrid, 29 de octubre, 1989. Escrito cuando nada sabía de África)

 

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