Blanca Varela: la inmensa y dura belleza del Perú, de Carlos Maldonado 1


Perú ha dado grandísimos poetas. Tiene Perú sin embargo una carga tal de belleza, ofrece un cúmulo tal de inspiración, que a veces puede llegar a aturdir e incluso a anular el impulso poético.

Es quizá lo que me pasó a mí. No escribí durante mi estancia de tres años en Lima ningún poema. Y sin embargo siento que todo lo que después escribí tiene un fondo, parte de un impulso poético que hay que buscar en esos años limeños, entre 1992 y 1995. No he vuelto al Perú. Como dice un poema, «Decidió no volver, así se alimentaba su nostalgia».

Y así fue que la sigo alimentando. Recuerdo Perú como un país de una belleza brusca y contundente: como la belleza de aquel tramo de la Panamericana Norte que una duna se obstinaba en querer hacer desaparecer. Un hombre, con la cara como esculpida en piedra, bajado quién sabe cuándo de las montañas al desierto costero, tenía como único cometido ayudar a la duna a cruzar la Panamericana, pala en mano, día y noche. Cuando dejaba limpia la calzada, se metía bajo un chamizo de hojas de palma, al borde de la carretera y dormitaba agarrado a una botella de pisco. Breve sueño de Sísifo, pues al despertar veía que la Panamericana había desaparecido de nuevo bajo la duna que el insolente viento se empeñaba en hacer cruzar al otro lado, hacia el mar.

Muchas veces he querido escribir un poema sobre este Sísifo de la Panamericana pero, como quien renuncia a captar un paisaje en fotografía, consciente de la imposibilidad de capturar la totalidad y la inmensidad de la belleza que se abre a sus ojos, yo he renunciado a hacerlo, anulado por la contundencia de la imagen. Y no habiendo escrito ese poema, no habiendo conseguido plasmar ni una mínima parte de la belleza de esa escena, la recuerdo a menudo, como ahora.

En Lima conocí a Blanca Varela. Tuve la suerte de tenerla como vecina y amiga. Y de acercarme a su poesía, de una belleza precisa y descarnada. Blanca no soportaba a las poetisas que se acercaban a ella, pero creo que le gustaba leer a los jóvenes poetas. Yo aún no lo era, pero Blanca me leyó y me escuchó y me empujó. Fue la gran instigadora y aquel impulso poético que sin duda el Perú y Blanca me dieron empezó a surtir efecto a mi retorno a Madrid. Blanca no tenía miedo de la belleza y se enfrentaba a ella con la precisión del experto y la irreverencia del descreído.

Blanca, acostumbrada a ver desde su casa de Barranco el inmenso gris del océano Pacífico, se burlaba de la belleza, la diseccionaba con su palabra de acero. Así vapulea Blanca Varela a la rosa en cuatro versos:

…es la detestable perfección
de lo efímero
infesta la poesía
con su arcaico perfume

Blanca me recuerda ahora a aquel hombre de la Panamericana, enfrentado, sin tomarla muy en serio, a la inmensa y dura belleza del Perú.

 

Blanca Varela recita Canto villano


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