Poesía y realidad, de Juana Vázquez


Los poemarios de los cuales voy a hablar en esta antología «virtual», pues no existe físicamente, son cuatro, Signos de sombra, En el confín del nombre, Nos+otros y Gramática de luna. Será una investigación sobre su proceso de escritura, teniendo en cuenta las reseñas que han salido sobre ellos en diferentes medios y foros.

La voz poética de Signos de sombra es una voz maleable, pues la forma y el sentido surgen de una búsqueda de significación de la palabra.

Si hacemos una lectura profunda podemos decir que en virtud de las ausencias se genera el poder verbal de su escritura. Las ausencias remiten al silencio, son el punto cero de una escritura que se puede definir como una escritura estática. Por eso, el lenguaje muestra su insuficiencia en su carácter lineal y sucesivo. Sin embargo, no hay salida, esa penumbra en el decir es el único medio verbal de que disponemos para comunicar y generar las experiencias.

El poeta siempre es consciente de la problematicidad del signo. Sabe que el lenguaje no es transparente ni inocente, sino que está compuesto de una serie de capas de significados, inherentes a cada palabra, que lo forman de manera invisible.

Lo inverosímil es que señalamos desde el lenguaje y con el lenguaje una experiencia que el lenguaje no puede alojar.

En fin, los poemas de Signos de sombra son cortos, abstractos y desesperanzados por moverse dentro de la oscuridad de la palabra, de la búsqueda infructuosa de la claridad de la
misma:

Unos de estos poemas de desesperanza es este:

Meditación en círculo

Déjame que te diga que me cansé
de metáforas, que la liturgia
del verso se deshizo entre palabras
dejándome vacía, desnuda y sola.
Que se me escapa la poesía
en diccionarios, que se me deshace
en sílabas, que no la alcanzo.
Que solo me quedo siempre
en la frontera, con un puñado
de sonidos falsos.
Que no me sirven estos poemas
para fabricar la magia.
Que la vida no se ciñe a la palabra.
Que la nada es solo cuestión de distancia

 

No hay que olvidar que lo escribí en la adolescencia.

El segundo poemario, En el confín del nombre es un libro esencial-existencial. Por entonces me interesaba la esencia del mundo, del ser y sus enigmas. Con este poemario se dejan atrás las fronteras discursivas y estéticas de su tiempo, y se entra ante una nueva dimensión de lo poético.

Se trata de una actitud aparentemente pasiva, está basada en la contemplación y en la recepción de lo que aporta la palabra. La experiencia creativa del universo y de lo vital del hombre se convierte, pues, en el tema de sus representaciones.

En el confin del nombre, se nos invita a meditar sobre la existencia del enigma. Lo oculto se vuelve el centro del mismo.

También es un poemario metapoético en el que los signos se escriben e inscriben a sí mismos. Ese afán de conocimiento, de génesis, nos hace pensar en la poesía mística. El discurso poético se vuelve más y más radical (en el sentido etimológico de ir a la raíz). Si comparamos ambos lenguajes —místico y el utilizado en esta obra— vemos que comparten un pensamiento paradójico que es un saber no sabiendo. En la búsqueda de una expresión poética más íntegra, utilizo a menudo el motivo de la música o la luz. La creación es nombrada en términos de luz. La luz es además un símbolo iniciático, es lugar de la aparición, espacio apto a lo revelatorio y está asociada a lo oculto. Es desde ese espacio aparentemente vacío desde donde surge y germina la creación.

De lo dicho dan cuenta muchos los poemas de En el confín del nombre. Voy a leer uno de los más significativos:

 

Luz

En busca de la luz me alié al poema
de los besos-palabras,
en espacio de páginas.
Dejé atrás la música,
el perfume, el terciopelo verde
de la hierba desnuda,
el mar de tardes lánguidas
de colores violetas…
poemas de la vida,
escritos día a día
sobre el perfil del alba.
En busca de la luz
me olvidé del amor,
de colores lascivos,
en donde el cuerpo impone
sus señales y signos,
de la indolencia blanda,
de lo dulce del vino,
del lenguaje del cuerpo,
de placeres y ritos…
En busca de la luz,
quise encender la lámpara
de mi tosco poema,
sin más guía ni brújula
que la palabra hueca,
esperando que el caos
del fondo de los tiempos,
se ordenara sin más,
en la magia del verso.
Mi vida inmolada
en el altar del tiempo,
la ofrenda dolorosa
de mi silente cuerpo
es el precio que pago por
el soberbio agravio
de convocar, mediante
mis torpes versos,
al mensaje primario

Con el poemario Nos+otros, el proceso creativo es el reverso del anterior poemario, si en el otro fue de dentro afuera, aquí va de fuera adentro. Es un canto de mea culpa porque los otros son invisibles y hay que cambiar el formato de la mirada.
Se trata de un libro solidario. Una obra de contenido, en el que el signo se pone a su servicio. La mirada se dirige hacia los desheredados, los pobres, en definitiva, los otros. Es una forma de pasar de la poesía del «yo» a una poesía del «nosotros», de despegarse de los problemas íntimos, existenciales hacia los problemas sociales, con la idea de que juntos se forme una comunidad planetaria, una unidad. Pues el «yo», en definitiva, es una palabra virtual sin un referente continuado, que es prestada por algún tiempo y termina, indefectiblemente, haciéndose nosotros, una vez muertos. El «nosotros» está por supuesto, más subrayado en los pobres, pero también en el resto de la sociedad. El libro se envuelve en la idea de la necesidad del hombre planetario pero sin afán de moralizar, sino con la idea de que todos nos somos necesarios unos a otros.

Se podría hablar de un nuevo arte comprometido, puesto que la idea de integrar al otro en el nosotros lo exige la naturaleza del hombre y no la justicia.

La experiencia de crear este poemario no comienza con el texto sino antes de su escritura física. Nace con su gestación, y la gestación es ya el nacimiento del otro.

El existir es ante todo, voluntad de co-existir, de salirse del centro hacia el Uno, de salirse de la vieja moralidad para que nazca un sentido distinto de vivir.

En este libro la verdadera esencia de los signos es la rotación del hombre. Se trata de un hombre generalista, no existe el hombre concreto.

Un poema de los más significativos nos hablará de las claves que hemos ido dejando a través de estos párrafos:

Mujer ensimismada

Me arranqué la mirada de hembra dolorida
que inquiere sus contornos
su identidad su signo
herida por milenios de
silencios espesos
rotos y sin azules
los mensajes primarios.
Me arranqué la mirada de hembra dolorida
para entrar en la niebla del enigma del «otro»
y solo recorrí sus contornos
y el polvo acumulado de tiempos sin fronteras
y el bálsamo de lágrimas oscuras disfrazadas
de sueños de futuro.
Me arranqué la mirada de hembra dolorida
y divisé a los otros
fango de bruma densa
marcada en sus rostros sin rostros.
Sin dioses ni absolutos entre quincalla rotos
caóticos
perdidos
mendigos
locos.
¡Qué rico es el hombre
en el prisma de luz
suma de sus carencias!
Kilómetros de angustia
y auras de veneno
sonrisas-mariposa
aparecían redondas
al limón de mañanas.
Me arranqué la mirada de hembra dolorida
y me acerqué a los otros.
Tuve que detenerme era tal el olvido,
tan frágiles sus sueños
tan perplejos y atónitos…
¡Qué extenso es el hombre
en el fugaz destello de lo efímero!
Buceaba entre esquinas como espadas de canto
y quedaban en sombra sin posible salidas
penas entrelazadas con abismos sospechas
en laberintos-locos
en contrarios con rejas.
Me arranqué la mirada de hembra dolorida
y entré en su noche
allí donde llovía
y arrinconaban cosas
artefactos inermes flores y rosas rojas
y sueños
blancos y negros y avispas-mariposas…
¡Qué escaparate de miserias
nunca hubiera entrado en galerías como esas!
Versiones de bondad
claridades de nada
los despojos
el temor y lo angosto
el miedo la esperanza y el tedio
pánico locura fabulación espanto…
¡Qué inmenso es el hombre
qué variedad de tonos!
¡Cuántas huellas de tiempo
cuántos espacios blancos
sin estrenar… tinieblas!
Sacrificio
piedad
besos
miseria…
Me arranqué la mirada de hembra dolorida
y en los despojos de otros
encontré mis heridas
desmesuradas ralas… regadas por mi lupa-palabra
de noches y de lirios entre versos-poemas
de gritos en la página.
Me arranqué mi mirada de hembra dolorida
y descubrí el dolor
pequeño
mustio
callado y blando de los otros.
No tenían voz ni verso
ni poema ni grito
ni página
ni espacio.

Termino con el poemario: Gramática de luna:

Este poemario esconde bajo sus palabras mundos oníricos que provienen de la experiencia, aunque no necesariamente del mundo del sueño como lo entendemos, sino a través de una experiencia inmaterial en la que aparece el trance, en que lo otro, lo oscuro, se apodera del poeta y lo obliga a la escritura.

La función de la palabra poética, pues, no reside en la escritura de la historia, personal o colectiva, ni tampoco en el espacio o las leyes físicas como las entendemos, sino que surge de una visión interiorizada, de distintas manifestaciones de lo real que a su vez es un todo, en movimiento. Ni la historia ni el tiempo es en estos poemas una categoría medible linealmente.

Lo que interesa es crear vacíos que posibiliten la transformación de un sistema semántico en otro. El poeta crea con este procedimiento una estética visionaria.

Los límites del lenguaje transforman la noción tradicional de comunicación poética, aquí el poeta se convierte en otro lector de su obra sin ejercer un control sobre lo que escribe.

Es el primer lector de la misma. Este ángulo perceptivo o «de escucha ante el signo» es una constante en Gramática de luna.

El lector suspende el conocimiento racional y se deja llevar por lo que sugieren las palabras. No importa que no tengan un sentido lógico sino que sugieran. Es a través de la sugerencia como se activa la plurisignificación en este último libro.

La poesía de este libro es un sumergirse en lo oscuro, en lo oculto de la significación para así captar, en profundidad, la esencia de lo poético.

Un poema característico de lo que hemos teorizado aclarará la teoría, quizá un poco abstracta de este poemario.

Con él termino mi exposición:

Nunca amanecía

Nunca amanecía
anochecida me besaba la luna
para que no despertara de los sueños.
Fueron años de alegrías y descalabros
la música inundaba todo
y mi cama se movía entre el ocaso
como un fragmento de alba rota.
Nunca amanecía
las sandalias siempre estaban nuevas
jamás perdían su tersura ni se eclipsaba su brillo
mi mesa siempre estaba puesta
y los sirvientes permanecían inmóviles
con la sopera a medio abrir
los ojos soñolientos y los delantales blancos.
Un día quise conocer las flores que se abren con el sol
y se crucificaron sus pétalos
anochecidos con las estrellas.
Deambulé por todos los lugares de mi pueblo
atravesé desorientada el tiempo
soñé y desoñé de la vida a la nada
y sólo oí el ladrar de perros, los gemidos de la noche
y las canciones de los poetas.
Tuve la sensación de que me llamaba el azul del mar
pero la luz ciega lo había pintado de negro
y había dispersado fantasmas entre sus aguas.
Las horas marcaban en los relojes al revés
el portero reposaba su cabeza entre las hojas del calendario
y las orugas encendían plegarias como las luciérnagas.
Nunca amanecía
los sueños me eran fieles en la vida
y consiguieron que viviera unos cuantos años
abrazada a la realidad de las madrugadas.
Y ahora que soy tiempo que me he acostumbrado a los sueños
se me representan los espejos torcidos de la vida
y me piden que sea yo… Si nunca fui más que un sueño
¿Qué puedo hacer ahora en la tierra?
Seguro que ni sabré ir a comprar una hogaza de pan para comer.
Por eso pido al dios de los sueños
que no me expulse del país de la luna
quiero seguir anochecida
aunque nunca vea como se abren los pétalos de las flores
ni como se dispersa el rocío de la mañana!

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