En alas del viento. Mitos, viajes, ícaros y poesía, de Pilar Blanco


Preliminar: qué cosa es ser poeta: «Y no saber a dónde vamos»

Poeta es el que busca. El que se busca. En ningún paisaje sabido encuentra su acomodo. Viajero de desiertos y pampas, de alma insatisfecha y taedium vitae, de océanos y junglas aún por explorar, de futuros y ayeres idealizados, de recovecos del corazón y cuartos interiores sin luz ni celosía. No conoce el sosiego, el placer del hallazgo, la satisfacción de haber conseguido  lo que tanto anhelaba.

Busca bajo los trópicos y bajo el volcán las flores del uno mismo que se cultivan en  el hondón de la conciencia. Huye también, necesita evadirse, al aire las raíces, talar el árbol,  convertirlo en navío.

Vivir es navegar.
Tabla de versos para seguir a flote.

 

1. El mito del viaje: «Aquel que lo vio todo»

―Gilgamesh, ¿a dónde vagas tú? La vida que persigues no hallarás.
―Soy a quien llaman el Lejano. Recorrí y anduve por todos los países. Atravesé montes abruptos, crucé todos los mares. Mi faz no se sació de dulce sueño, me exasperé con el insomnio; llené mis coyunturas de infortunio…

Lo que funda al hombre es la poesía. Lo que sale de dentro, lo que se proyecta desde allí al exterior y recoge sus anhelos, sus dudas, el fruto de su fracaso o la melaza engañosa del éxito.
La epopeya de Gilgamesh, La odisea, La eneida, La divina comedia… y tantos más que proceden de ese impulso poético, de esa erupción volcánica.
Quiero abarcar el mundo y ver detrás de sus múltiples pantallas. Llegar a lo diáfano, cuando la bailarina se despoja del último velo de sí misma. Hacia adentro, en la carne que somos, está la poesía, en cualquier horizonte, huidizo o inmóvil, explicándonos, proyectándonos, ofreciendo belleza a la vida.

En Sumeria, en Grecia, nace el mito del viaje. Debería precisar que con el hombre mismo.
Soy hombre, me digo.
Mi existencia es incierta, me digo.
Vivir es un viaje arriscado, erizado de peligros. Con solo una meta segura, que es el morir.
Donde nadie nos coronará de flores.
Dice MargueriteYourcenar:

Este hombre en marcha sobre la tierra
que gira… va también, como todos
nosotros, caminando dentro de sí mismo.

En la senda de mi sangre y mi mente soy Gilgamesh, Jasón, soy Odiseo, persigo el vellocino, desciendo a los infiernos, recorro el mundo desconocido con Hércules o el ultramundo con Dante desde la oscura selva. He sido condenado y expulsado del paraíso y la calma. Mi más allá es abismo. Soy el judío que expía la maldición de su raza, el holandés del camino de agua.
Nadie, Nemo, ser sin identidad y sin raíces, Ícaro del desasosiego.
Y su vuelta a empezar. Porque para quien, poeta o no, lleva el aguijón del viaje clavado, nunca hay final. Solo hambre infinita de horizonte.

Escribe Vicente Huidobro:

Soy yo Altazor el doble de mí mismo
El que se mira obrar y se ríe del otro frente a frente
El que cayó de las alturas de su estrella
Y viajó veinticinco años
colgado al paracaídas de sus propios prejuicios
Soy yo Altazor el del ansia infinita
del hambre eterno y descorazonado
carne labrada por arados de angustia
¿Cómo podré dormir mientras haya adentro tierras desconocidas?
Problemas
misterios que se cuelgan a mi pecho
Estoy solo
La distancia que va de cuerpo a cuerpo
es tan grande como la que hay de alma a alma

En los viajes clásicos el héroe resume todas las experiencias, afronta todos los riesgos, los monstruos, los dioses, los poderes infernales, los sargazos y nonplusultras, el amor.
Y, como es héroe, se sobrepone a ellos.
El poeta se representa así. De su debilidad sensible y su no saber estar en el mundo hace materia mítica, como aquel que maneja las riendas del destino, cabalga la tempestad y descabeza la hidra de sus miedos.

 

2. El viaje sin fin: «Pide que tu camino sea largo»

Cuando el poeta moderno retoma el mito le añade sus propias incertidumbres. Su angustia existencial, su afán por la aventura, por el paisaje no hollado y la página aún por escribir.

Así, lo importante del viajero no es alcanzar su destino, sino la peripecia misma del viaje, sea en la desnudez, en la pobreza, la indagación, la huida… Para terminar siempre en el mismo sitio. Barco varado al final de su ruta.

En su poema La ciudad nos aclara Kavafis:
Dices: «Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez».

Pero tal programa olvida o ignora la condena esencial del que huye:

No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques, no lo hay,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda tu tierra.

Así llegamos, literalmente, al final del viaje.
Porque el que regresa, curtido de mil soles, herido por el amor o la contienda, cínico o conmovido, en alarde triunfal o con la cabeza gacha, es, en esencia, el mismo que se fue.
Aunque solo su perro lo reconozca.
La vida duele, la vida es desarraigo, el impulso de huir. Lo de menos es cómo y hacia dónde. A ese lugar donde aguarde la paz ansiada. La dulce Innisfree de Yeats:

Me levantaré y partiré ahora, partiré hacia Innisfree,
y construiré allí una pequeña cabaña, hecha de arcilla y zarzas:
nueve surcos de judías tendré allí, y un enjambre de abejas,
y solitario viviré en el claro rumoroso.

Y algo de paz allí encontraré, pues la paz gotea lentamente,
gotea desde los velos de la mañana hacia donde el grillo canta;
allí la medianoche es toda un tenue brillo, y el mediodía un fulgor púrpura,
y lleno está el atardecer de las alas del pardillo.

Me levantaré y partiré ahora; pues siempre, día y noche,
escucho, junto a la orilla, el suave chapotear del agua del lago,
y mientras permanezco sobre la calzada, o sobre la gris acera,
lo escucho en lo más profundo de mi corazón.
Pero hay quien no encuentra ni paz ni refugio. El siempre extranjero, apátrida sin cuna y
también sin sepulcro donde habite su olvido:
¿Volver? Vuelva el que tenga,
tras largos años, tras un largo viaje,
cansancio del camino y la codicia
de su tierra, su casa, sus amigos,
del amor que al regreso fiel le espere.

Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,
sino seguir libre adelante,
disponible por siempre, mozo o viejo,
sin hijo que te busque, como a Ulises,
sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.
Sigue, sigue adelante y no regreses,
fiel hasta el fin del camino y tu vida,
no eches de menos un destino más fácil,
tus pies sobre la tierra antes no hollada,
tus ojos frente a lo antes nunca visto.

Cuando Luis Cernuda mastica la arcilla del exilio, se llama a sí mismo peregrino. Su devoción es el camino mismo. Lo fácil le produce rechazo, lo previsible le espanta. En lo alto, sobre la áspera cumbre reservada a unos pocos, crece el edelweiss de lo desconocido, cuyo aroma seduce pero mata.

Porque el sueño de la libertad embriaga más que el opio. Y mirar hacia atrás es atadura, arenas movedizas, ergástula de recuerdos y escombro.

 

3. El viaje iniciático: «Sabed que no he nacido / para vida animal»

¿Qué se esconde detrás del símbolo del viaje, de ese torbellino de imágenes tan atrayente como atormentador?

El poeta es un río que hunde su cauce, que atraviesa países subterráneos, que lame estalactitas de palabras; que extrae los metales preciosos de su lecho huidizo. Y en ese periplo llega, en el mejor de los casos, a encontrarse consigo mismo. Meta y punto de partida. El poeta es dueño de ese tercer ojo que se abre en la frente para mejor mirar, no al paisaje previsible de fuera, sino a los océanos del adentro. Para reproducir allí todos los viajes de la imaginación, con su naufragio y su isla. Todos los hallazgos de la mente, que no momifican el destino, sino espolean una nueva partida.

Pueden de este modo girar los aros y las manecillas y el círculo de las poleas,
pueden los astros volver atrás sobre sus órbitas, sumergirse las islas, retraer los muros sus
cristales,
pero aquel que alce su vista al universo, aquel con su cestillo, aquel con ramas,
el que aún trae en sus dedos el olor de otro, la copa de los manantiales salinos,
el que abre la botella del náufrago, el que hace arder la sonrisa del cómico,
el errante que bajo el cielo de agosto llama a ese sitio lugar donde él quisiera vivir,
el inmóvil sobre las superficies que llama a ese lugar tierra donde quisiera quedarse…

Clama Juan Carlos Mestre. Pues ¿quién puede resignarse a ser raíz, roca inmóvil?
¿A ver salir el sol y ocultarse sobre las mismas cumbres?
¿A saber qué sabor tendrán el pan, el agua y la piel que sus labios besarán todos los días de aquí a la eternidad?
No un poeta.
Si acaso, un poeta muerto.
Vivir en poesía es querer despegarse del suelo. Ser el albatros que cantó Baudelaire, que se duele en tierra donde sus alas no pueden desplegarse del todo.

El poeta es semejante al señor de las nubes,
que vive en la tormenta y se ríe del arquero;
exiliado en el suelo, abucheado por todos,
sus alas de gigante le impiden caminar.

Ya en el aire, príncipe de las nubes y planeador intrépido de la tormenta, podrá escoger dónde posarse. Hasta el próximo vuelo.
Porque volar es alzarse de lo consabido hacia lo que se desconoce. Afrontar sus peligros visibles e invisibles empuñando la espada de la imaginación. Cuando no basta lo que a todos les basta: la tibieza de hogar, los ojos de una novia niña, las lágrimas de madre, las manos curtidas por la tierra que nos vio nacer.

Amar lo desconocido. No por lo que vale. Solo por serlo. Como sugiere Antonio Colinas:

tú me entregabas lo desconocido,
a qué bosques, a qué palacios altos
me llevabas cuando nos encontrábamos,
a qué ácido estanque, a qué palmeras,
a qué tardes de espinos enlunados,
a qué nave sin rumbo en la negrura,
a qué jardín desconsolado y hondo,
a qué terrazas…

Umbral iniciático que una vez cruzado no permite que volvamos a ser los mismos. Pues cada viaje apareja trastorno y descubrimiento.
Llena los ojos de agua de nostalgia, la boca con las hormigas de la patria perdida, los pies de barro y guijo, de savia y ansiedad.
Busca Hölderlin Grecia, Rimbaud el olvido. Borges la travesía de los libros y todos Ítaca, cada uno la suya. La íntima, la soñada, la imaginaria, la tejida con los hilos de la propia fantasía, del más secreto afán.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Ítacas

4. Viaje hacia el corazón de las tinieblas: «Dice la verdad quien dice sombra»

Me acuesto, me levanto, desasosiego, insomnio. Busco lo que no sé en el confín del mundo.
Busco lo que en mí mismo. Orfandad, calor insoportable, helor del alma, la vida en vilo y luego… ¿serán aquellos ojos, la canción de las muchachas descalzas, el sonar de la nada en otras lenguas, la huida de mi nada en otros labios?

¿Será acaso? No sé.

Barcos ebrios de Rimbaud, opios adormecedores de Baudelaire, melancolía evanescente de Laforgue o Eliot, perfumes subyugantes de Verlaine, kif de un Valle-Inclán que se abrasaba de trópico y niña Chole…, exilio y desarraigo de todos.
O el don rezumado de un Claudio Rodríguez que nunca abandonó esa ebriedad que le llegó del mismo cielo, de similar infierno que la revelación de la claridad. La que ilumina en una ráfaga la vida y nos deja para siempre esclavos deslumbrados del destello.

Nos embarcaremos sobre el mar de las Tinieblas
con el corazón gozoso del joven pasajero.
Escucháis esas voces, embelesadoras y fúnebres,
que cantan: «¡Por aquí! ¡Vosotros que queréis saborear
el Loto perfumado! Es aquí donde se cosechan
los frutos milagrosos que vuestro corazón apetece;
acudid a embriagaros con la dulzura extraña
de esta siesta que jamás tiene fin!»

Sí lo tuvo para el atormentado Baudelaire de estos versos. Pues tras la bruma de su embriaguez le esperaba la niebla última, la negrura en los ojos. El olvido perpetuo.
Cielo azul entrampado de nubes. Primero una, dos. Luego lo oscuro. La amenaza que se cierne con máscaras distintas.
Al otro lado, al corazón de las tinieblas o al fin de la noche; apurando las naves o las pérdidas, el poeta va, se despide siempre, mira hacia atrás y le vence la sal de la nostalgia aun antes de haberse ido.
Puede que su destino sea la muerte. El de todos lo es.
La diferencia estriba en que él camina a su encuentro.
Sin saberlo del todo, busca. Y halla casi siempre aquello que más teme.
Esta búsqueda que es huida la ejemplifica como nadie el joven Rimbaud, fugitivo de
unos demonios que nunca dejarán de acompañarlo.
Perseguido por ellos abandona su casa, abandona el amor y la cordura, hasta la poesía abandona a los diecinueve años. Soledad y acción marcan esa extrañeza y puntean una vida tan corta como tempestuosa. París y Londres primero, ansiosos viajes por Italia, Suiza y Austria después. Demasiado europeos, demasiado civilizados para un prisionero del desasosiego.
Viene luego su experiencia como soldado colonial en Java, como artista circense en los países escandinavos, como estibador en Marsella, anular la mente, negarse a sí mismo, sobrevivir sin ser quien se teme ser, quien ya no se desea ser. ¿Quién da más?
Él mismo vuelve a dárnoslo: Egipto, Chipre, Aden, la costa del mar Rojo, Somalia y
Abisinia…

Desertor, contrabandista de armas, funambulista sobre el alambre de la locura, exploró los infiernos a pulmón libre y fue dejando harapos de sí mismo por varios continentes, por varias vidas simultáneas que rebasan las lindes de una sola vida.
Probablemente nunca halló aquello que roía su alma. Pero repartió entre todos su carne en comunión e hizo de su dolor jardín de flores nuevas.
Para luego morir en casa.
En sus propias palabras:

Heme aquí en la playa armoricana. Ya pueden iluminarse de noche las ciudades. Mi jornada ha concluido; dejo Europa. El aire marino quemará mis pulmones; me tostarán los climas remotos.
Nadar, aplastar la hierba, cazar, fumar sobre todo; beber licores fuertes como metal fundido
―como hacían esos caros antepasados en torno de las hogueras―.
Regresaré con miembros de hierro, la piel oscura, los ojos furiosos: de acuerdo a mi
máscara, me juzgarán de raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan
a esos inválidos feroces que retornan de las tierras calientes. Me inmiscuiré en los asuntos
políticos. Salvado.
Ahora estoy maldito, tengo horror de la patria. Lo mejor es un sueño bien ebrio, sobre
la playa.
Pero no hay tal partida. Retomemos los caminos de aquí, cargado con mi vicio, el vicio
que ha hundido sus raíces de sufrimiento en mi flanco desde la edad de la razón, que sube al
cielo, me golpea, me derriba, me arrastra.
La última timidez y la última inocencia. Está dicho. No mostrar al mundo mis ascos y
mis traiciones.
¡Vamos! La caminata, el fardo, el desierto, el hastío y la cólera.

 

5. Viaje en un parpadeo: «Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi»

La velocidad es la relación entre el espacio y el tiempo. Espacio cambiante y tiempo que nunca se detiene.
Solo queda el instante.
Cada vez más inaprensible y huidizo, pues caravanas, barcos, carruajes, peregrinos y récords de ochenta días para abarcar el mundo han sido reemplazados por incursiones frenéticas en lo lejano. Viajes de ida y vuelta con billete cerrado. Vértigo que apenas deja poso ni permite cicatrizar la insatisfacción.

Solo queda el instante.
El instante es el encuentro entre mirada y poema.

Y caen los aviones en sesgo de vergüenza;[1]

a correr por un mundo de asfalto y selva virgen;[2]

me gusta viajar como el barco del ojo;[3]

tripulante de un barco sumergido y sin fuerzas;[4]

¡Oh formidable monstruo japonés de ojos de fragua,
nutrido de llamas y aceites minerales,
hambriento de horizontes y presas siderales;[5]

reptil de la ciudad que raudo se desliza;[6]
los puentes aplastados por los grandes tranvía
rechinan como camas con amores;[7]

los muebles viajan llenos de su ser silencioso
como pequeños barcos dentro del viejo barco;[8]

porque el cielo está de nuevo torvo
y sin estrellas
con helicópteros y sin dios;[9]

en la superficie de las encarnadas murallas reposan
las aladas almas de los automóviles;[10]

los primeros cohetes lumínicos
enhebran
las más distantes lejanías;[11]

luego, el tren, al caminar
siempre nos hace soñar;[12]

trenes del sur, pequeños
entre
los volcanes,
deslizando
vagones
sobre
rieles
mojados;[13]

detened ese tren agonizante
que nunca acaba de cruzar la noche…[14]

Sueltan, imprecan, dejan caer sin detener el paso Gabriela Mistral y Salinas, Huidobro y Foxá, Marinetti y Concha Méndez, Neruda, Benedetti, Antonech, Guillermo de Torre, Machado, Miguel Hernández…

Pero al final, tras el vértigo de raíles, hélices, turbinas y motores, el poeta se detiene, el viajero acalla sus urgencias para volverse isla. Se canta el mito de la isla como ideal de retiro y sosiego. Cuando el torbellino bulle en el corazón de quien no se conoce ni se acepta ni aprende nunca a conformarse con lo que es.

Soltemos lastre, invita Blaise Cendrars. Que los ojos naveguen hacia ellas sin ancla.

Islas
Islas
Islas donde no se alcanza jamás tierra.
Islas donde no se desciende jamás.
Islas cubiertas de vegetación
Islas agazapadas como jaguares
Islas mudas
Islas inmóviles
Islas inolvidables y sin nombre.
Yo lanzo mis zapatos por la borda
pues yo quiero caminar bien hacia vosotras.

 

6. El último viaje: «Viaje aquel de todos a la niebla»

Tanta despedida bajo el volcán del sentimiento. Tanto juego con la alquimia de lo secreto, aferrar los dedos de lo oscuro o recrear el edén remoto de la infancia.
Tanto seguir el curso de los ríos, las sendas no trazadas en el mar, el dibujo arenoso de un desierto mutable.
Detrás del dios que un día creyó ser. De una gesta que recuerden los siglos. De la
sonrisa ardiente de un mulata hermosa que pinta con alheña sus pezones.
Detrás del rastro de hombres y armas, de locura y misterio, de patrias y sueños
incumplidos.
Tanto… para ir a dar, como los ríos, a la mar del morir.
Caerá la niebla, disolverá los rostros de los viajeros, absorberá sus lágrimas.
Viaje definitivo. Último viaje. Y se quedarán los pájaros cantando.

Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.
Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.
Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco
en el viaje aquel de todos a la niebla.
Francisco Brines me termina.

Conferencia dictada en los cursos de verano de la UNED,
Guadalajara


[1] Gabriela Mistral

[2] Pedro Salinas

[3] Vicente Hidobro

[4] Agustín de Foxá

[5] Filippo Tommaso Marinetti

[6] Concha Méndez

[7] Pablo Neruda

[8] Ibídem

[9] Mario Benedetti

[10] Bodgan Igor Antonech

[11] Guillermo de Torre

[12] Antonio Machado

[13] Pablo Neruda

[14] Miguel Hernández