Elicura Chihuailaf y Rabindranath Tagore, de Teresa Sebastián


Elicura siempre me ha recordado a Tagore en más de un aspecto. Ambos poetas se han nutrido de la corriente de sus extraordinarias culturas, eclipsadas por el correoso pensamiento occidental, vencedor siempre en su expansión por el mundo.

Ambos poetas, comprometidos con los movimientos políticos de su pueblo, en la reclamación de sus territorios originales, y derechos, se han preocupado aún más, si cabe, por la usurpación de los bienes culturales, por la amenaza de extinción espiritual. Como el célebre poeta de India, Elicura no ha olvidado tampoco la necesidad de dialogar con el Otro, el invasor, con el que, como el mismo Tagore, se declara fundido por los avatares de la colonización, ya que todo lo que se toca, se mezcla y se contamina, y dos fluidos, por antipáticos que se muestren, como el aceite y el agua, terminan por emulsionar en más de un punto.

A los que conocemos la obra lírica de estos autores, junto con los ensayos, artículos, charlas, y conferencias, nos resultan comunes sus posturas conciliadoras, pero insobornables, ante todas las cuestiones que nos ocupan; lo que nos hace pensar en ellos como en estrellas que vivieran en la misma constelación, la de los humanistas dedicados a impugnar el sectarismo que se desprende gratuitamente en cada conflicto humano. Ambos, en feroz equilibrio entre la necesidad de ternura y la necesidad de justicia, no son ciegos al estancamiento que produciría, en su propia gente, el rechazo frontal de los aspectos enriquecedores del Otro. A ambos, en un momento dado de su lucha, se les exige una mayor radicalidad, mientras que sus mensajes encuentran ecos de apoyo entre los más sensibles de la nación dominante. Estas influencias de rechazos y aceptaciones cruzadas se han dado en la trayectoria tanto de Tagore, como de Elicura, grandes mentalidades, cada una a su modo, en sus diferentes circunstancias. Y a ambos, los sufrimientos de su pueblo, les ha producido, por impotencia, una tristeza infinita, lo que les ha impulsado a escribir sobre temas a los que de no ser tan agudo el conflicto no hubieran prestado atención.

El impacto de la explotación forestal es un dardo ardiendo en el corazón de Elicura, como lo es la represión sistemática del pueblo mapuche, y la aplicación de la ley antiterrorista, heredada de la época de Pinochet, a cuantos conflictos de índole menor se suceden en las comunidades indígenas que, con sus pequeños recursos, se enfrentan al avasallamiento de las multinacionales. Una música, que por otro lado, suena en todo el mundo con parecido ritmo. Hablando de Chile, empresas, ya lanzadas vorazmente por el dictador en su capitalismo salvaje, no han hecho sino multiplicarse, instalarse aún más cómodamente con la llegada de la democracia y sus varios Gobiernos.

La poesía es un viejo vehículo de resistencia, como voz de lo que apenas puede decirse con palabras: lo indecible; pero que ha de encontrar en el empeño del poeta un modo, un camino en los meandros del lenguaje humano. ¿Y qué podría un poeta contra el poder? Al menos, resistir; inspirar a otros para resistir.

El poder, no es sólo el poder cultural o político, es una raíz hondamente arraigada en el subconsciente, la raíz del aprovechamiento de Otro, la criminalización del Otro, la ascensión de la idea previa, señora absoluta del pensamiento, regente en los encuentros y desencuentros humanos. Y la poesía esclarece ―no se ve a primera vista su inalienable rebeldía―. Si no fuera por ello, por su ambigüedad, tal vez el poder desearía que todos los poetas estuviéramos callados, o muertos.

Elicura, como Tagore, ha tenido claro que además de las declaraciones políticas (su obra está llena de ellas), el testimonio de amor es aún más importante. Y como principal en el legado del pueblo mapuche que él nos transmite como lo recibiera de sus mayores, nos habla del nvtram, la «conversación» que ha de darse en un clima de total aceptación y confianza, una meditación entre dos espíritus que se encuentran para llegar a una experiencia de unidad que supere la violencia de todo desencuentro. En lo que respecta a Chile: la violencia concreta del maltrato y la persecución de los gobernantes, junto a la más sutil de ver/ o no ver, a ese pueblo mapuche; de afrentarlo llamándolo «etnia»; querer verlo infinitamente asimilado y deglutido y digerido por la historia; llevarlo a las fiestas con un poco de folclore, un sin fin de estereotipos, y ningún compromiso de reparación de injusticias.

No parece que el poder en Chile tenga la intención de participar en el nvtram; o de estudiar la cosmovisión, conocimientos medicinales, oralitura y cuanto tengan que aportar desde sus raíces a un mundo moderno, más humano, esas gentes con las que los colonos invasores empezaron a compartir hace ya siglos, flora, fauna, y territorios. Toda la energía de algunos de los paisajes más emocionantes que puedan contemplarse.

Elicura está ahora en el jardín de mi casa en Madrid con su hijo Gonzalo, al que ―desde la adolescencia― quiere introducir en un diálogo fecundo con España y con Europa. Vienen de París, donde Elicura ha dado un recital en la Fundación Cartier. Son cada vez más los artistas, los músicos que le invitan a participar en sus performances. Y son cada vez más los chilenos a los que inspira con sus poemas, ensayos y artículos, para comprenderse a sí mismos en relación con los pueblos originarios de su país (lo que dije antes del agua y la sed).

Le contemplo inclinado sobre el estanque, creo que él piensa siempre en alcanzar con las palabras la belleza total; lo que es fugaz antes de decirse y mentira cuando ya se ha dicho. Está mirando al pequeño sapo que apenas enseña sus ojos entre el verdín y las hojas que flotan. Creo que esta actitud (de haiku) es la que más me conmueve de su obra. Él está mirando así…, como si hiciera no previsibles fotografías, sino platinotipias delicadas del alma de las cosas, retratos cuidadosos sobre todo lo amado: padres y abuelos, hermanos, tierra (dije una vez, que las palabras en mapudungún contienen una veracidad que ya no existe en nuestras lenguas cansadas).

Conversamos…

Teresa Sebastián: El fogón de la oralitura, ¿todo empieza ahí, y ahí retorna, también?

Elicura Chihuailaf: La vida es un viaje que transcurre en la circularidad, nos dicen. Desde su energía innombrada en el silencio infinito, el espíritu, hasta la casa transitoria, el cuerpo, habitada por la música de la palabra. El silencio, el fuego de su ternura, es el inicio y el retorno. El primerespíritu mapuche vino arrojado desde el azul del oriente, nos están diciendo nuestros mayores / nuestras mayores, y a él retorna luego de su breve andar por este mundo de lo nombrado.

Por eso, nos dicen, todas las culturas, en todos los tiempos, han coincidido que en el principio fue la palabra poética, su oralidad (el artificio que es el fonema). En la búsqueda de respuestas sin certezas ―generadoras siempre de nuevas e infinitas preguntas― respecto de cómo nos instalamos en esta Tierra, ella le sigue otorgando la fuerza de ser, de existir. Así, la observación definió la visión de mundo desde la que comenzaron a creer y a crear todos los seres humanos, todos los pueblos, en todos los continentes, sin excepción. El círculo del pensamiento, que se inicia en el silencio (y retorna a él) y que nos regala el acto de contemplar y crear, permitió que cada sociedad escuchara, percibiera y, por lo tanto, nombrara su entorno visible e invisible de una manera propia.

Yo me asumo como un oralitor, porque viví mi infancia en la oralidad pero después salí al exilio de la ciudad y entré al mundo de la escritura y de la literatura (el grafema, el artificio del artificio), mas nunca me he considerado un literato. Hoy, mis días suceden entre el campo y la ciudad, entre la oralidad y la escritura. Escribo a orillas de la oralidad de mis mayores, intentando dialogar con sus cadencias y con sus relatos, desde la visión de mundo mapuche en la que nací y que dialoga constantemente con la visión de mundo occidental (chilena) que nos impusieron. Visiones que ya son parte mía y que intento convivan del modo más armonioso posible. Es lo que he llamado «oralitura» (concepto que otros utilizaron antes aunque me parece no exactamente en el mismo sentido).

Dices entonces muy bien, Teresa, física y/o espiritualmente, siempre se retorna a la casa de la infancia, que en mi caso es el antiguo y cariñoso fogón familiar, mi «fogón de la oralitura».

Teresa: En tu nuevo libro (que aún no he leído), ¿continúas la conversación de tus libros anteriores, o hay ruptura o cambio de actitud?

Elicura: Se llama Sueños de Luna Azul. Pero para mí un «nuevo» libro es sólo una parte más del único libro que me será posible «escribir» en la dualidad del imaginar y experimentar. Lo nombrado y lo innombrado; lo visible y lo invisible. La vida es la expresión dual del sueño y la realidad, nos están diciendo. La conversación (reiteración) entre mi espíritu y mi corazón sigue siendo la misma; claro, con las transformaciones que inevitablemente el tiempo imprime en cada persona, mas ―hasta ahora, me parece― sin el dramatismo de la ruptura.

A manera de ejemplo, Teresa, te digo el primer poema ―sin puntos ni comas― de Kallfv Kvyen ta ñi Pewma/Sueños de Luna Azul:

Círculo

Somos aprendices
en este mundo de lo visible
e ignorantes de la energía
que nos habita y nos mueve
y prosigue
invisible
su viaje en un círculo
que se abre y se cierra
en dos puntos que lo unen
Su origen y reencuentro
en el Azul

Teresa: Yo siempre te he conectado con Tagore: ¿le conoces, sientes alguna afinidad especial por este poeta?

Elicura: Teresa, nunca he tenido vergüenza de decir que conozco muy poco de la bibliografía poética chilena y universal; siempre leí (leo) más prosa descriptiva, debe ser tal vez porque me habita la poesía que ―como el hombre a la mujer y viceversa― busca y se nutre de su opuesto, que es la narrativa. Pero, poco a poco, he ido mejorando dicho conocimiento, especialmente a través de las referencias y conversaciones de amigos y amigas como tú.

A Tagore lo había leído en antologías, pero por ti ―y tus conversaciones acerca de su obra― comencé a interesarme más en sus escritos. Siento mucha afinidad con su pensamiento; en él puedo constatar que lo que escribo o pueda escribir está ya escrito en forma infinitamente más bella y lúcida.

En todo caso, no pierdo de vista el hecho que cada cual tiene la maravillosa tarea de decir lo que le corresponde decir desde el lugar único e irrepetible en el que le ha tocado nacer y vivir: la visión de mundo, el paisaje, el color que no escogimos pero que tenemos que conocer para amar, pues ―como se dice desde lo mejor de todas las culturas― «sólo se ama lo que se conoce poéticamente», y amar es asumir con dignidad lo que uno es, mirarse en la hermosura de la diversidad. La ternura es entonces el único camino para respetar verdaderamente la denominada «otredad». La ternura (que también a veces duele) es la única posibilidad de asumir la libertad ―de todas las culturas, de todos los pueblos― de ser humanos; me están diciendo nuestros ancianos y nuestras ancianas.

Teresa: ¿Qué te gusta leer?

Elicura: La lectura que más me agrada, y de la que no puedo prescindir, es la «lectura» de la naturaleza. Por influencias de mi abuelo que nos enseñaba las estrellas y las constelaciones, me interesan todos los libros de astronomía. Leo y releo. Autoras y autores chilenos y universales: Manuel Rojas, Gabriela Mistral, María Luisa Bombal, Nicomedes Guzmán, Máximo Gorki, Balzac, Antoine de Saint-Exupéry, Italo Calvino, etcétera.

Pienso en Kechurewe, la comunidad mapuche en la que nací y crecí (y en la que paso ahora todo el tiempo que me es posible): veo y leo la cordillera, el volcán Llaima, nuestros bosques y riachuelos, y oigo los cantos, los consejos, los cuentos y adivinanzas que ―alrededor del fogón familiar― me regalaron mis abuelos, mis padres, mis tías y tíos. Pienso en mi pequeña casa en Temuko y veo los libros que rodean mi cama: en ellos viven Garrón y Precusa, el Principito, Emilio (y sus detectives), Pascual Koña, los bosques y ríos de la Trapananda, y los cardos del Baragán, Confieso que he vivido, de Neruda, Cien años de soledad, y tantos más; y veo agitarse las ramas del hualle y del canelo que han crecido frente a mi ventana (revolotea entre ellas el viento como si fuera el meulen (remolino) que alegra o asusta a los niños y a los pájaros).

Teresa: Podría decirse que la aparición en Chile de Recado confidencial a los chilenos fue todo un acontecimiento cultural. Me pregunto si los chilenos lo describirían así, desde su óptica. ¿Ha cambiado algo, desde entonces, en las tensas relaciones entre el poder y tu gente, o al menos entre los ciudadanos lectores y vosotros, mapuches?

Elicura: Ha habido avances en la relación entre nuestros pueblos, nuestras culturas, pero los considero muy lentos para la urgencia de este tiempo. No sabría decirte con certeza cuál es la perspectiva que tiene o tuvo la sociedad chilena respecto de mi Recado confidencial, pero en el ámbito de la literatura le fue otorgado el premio Mejor Obra Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, que distingue una obra por género cada año. El Recado (que viene de werkv, recado, mensaje, en mapuzugún, nuestro idioma) es un libro que desarrollé siguiendo la forma del nvtram (conversación), que tiene una estructura que la hace semejante al ensayo. La versión en inglés será presentada en septiembre, en Canadá. Los mapuches y los chilenos convivimos aún en el desconocimiento y el desdén. Nosotros conocemos bastante bien la chilenidad, pero la sociedad chilena (salvo sectores minoritarios ―mas, afortunadamente, crecientes en ella―) no asume aún su mestizaje, y menos su hermosa morenidad, y así continúa en la ignorancia del verdadero pensamiento de nuestra cultura. En la memoria, sólo algunos adelantados: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Violeta Parra, Víctor Jara; entre otros.

Insisto, nuestra relación se está acrecentando, pero muy lentamente. Por eso me digo en un manifiesto: han transcurrido poco más de cien años desde que el Estado chileno consolidó la irrupción violenta en nuestro país mapuche. ¿Y qué ha cambiado? Sí, digo, algo ha cambiado, algo que no sé expresar con claridad porque no ha alcanzado su hondura en la palabra que se pronuncia y que pronuncio. Por eso no ha logrado hacerse prístino en los espíritus, en las miradas que siguen pesando sobre la piel de los que somos indígenas, y que comienza a pesar también hoy sobre la piel de tantos blancos categorizados de «hispanos» y que son condenados a ejercer los peores trabajos por la sinrazón de las sociedades que no conversan y concluyen generando, paradójicamente, sus propias dictaduras de libremercado.

Hay unos pocos, abiertos o encubiertos, dueños del poder ―cada vez menos quizá, pero más feroces― que nos igualan en mayorías marginadas de sus historias oficiales, de sus milagros económicos, de sus «modernizadas» justicias. Ahora recorren otra vez la Tierra para confabularse. ¿Y qué debemos hacer nosotros?, nos están diciendo algunos de nuestros mayores, nuestros lonko (nuestros jefes), y nuestros jóvenes desde las cárceles chilenas.

Algo ha cambiado en Chile ―me dicen―, algo ha cambiado en el trato del Estado chileno hacia nuestro pueblo, mas ¿qué ha cambiado? Pienso en mis hijas y en mis hijos, pienso en mis antepasados muertos. Me dicen: «No, no somos solos; no estamos solos. Hoy día, ante la amenaza de la anulación y de la destrucción, en el espíritu y el corazón de la humanidad silenciosamente germina y se construye algo que responde a las leyes de la lenta reconstitución de las hebras del más antiguo tejido universal».

Teresa: Siempre he creído captar en ti la «razón poética» que discurre, como apuntaba, Zambrano, sobre las cosas fundamentales olvidadas, sobre los diferentes fenómenos constitutivos de lo humano, como el amor a los que nos preceden, y a lo que nos rodea, la amistad… ¿El pueblo mapuche podría acogerse a esta razón poética, puesto que insiste en la captación de un todo no fragmentado?

Elicura: ¿Para qué sirve la poesía si no es una manera de vivir?, me está diciendo nuestra gente. Habitamos y somos habitados por la palabra poética. Itro Fill Mogen es el centro de nuestra visión de mundo. Significa: la totalidad sin exclusión, la integridad sin fragmentación de la vida, de todo lo viviente. Somos brotes de la madre Tierra, por eso, cada uno de nosotros es en sí mismo una pequeña réplica del universo, nos dijeron nuestros antepasados, y nos lo están diciendo nuestros padres y les decimos a nuestros hijos e hijas. Así, nuestro espíritu azul, viajero del infinito (que conversa con su perecedero corazón) lleva también una estación, el influjo de la luna que rige el instante de nuestro nacimiento. Otros, otras, son invierno, verano o primavera, yo soy otoñal (me abraza su espíritu, su resollar). El invierno, la luna de los brotes fríos es la primera estación del ciclo de la naturaleza, la que prepara a la Tierra para el inicio de los nuevos sueños y sembrados, dice nuestra gente. Como parte de ella, nosotros no hacemos más que repetir sus rituales; por eso nos bañamos o al menos nos lavamos la cara antes de iniciar nuestra jornada diaria. El día, que es la síntesis de nuestra vida; nacemos y morimos en su transcurrir, nos dijeron.

Teresa: Conocerse en la «relación». Diríase que esa es tu meta, lo alto de la montaña.

Elicura: Es lo que creo intentar, Teresa. Conocerse en la «relación» con uno mismo y con los demás.
Me veo cabalgando junto a mi abuelo Malle; me veo descansando en brazos de mi abuela Papay. Vuelvo a escuchar sus gvlam (consejos), y estoy oyendo el weupin, discurso firme y cariñoso de mi padre. Es el misterio de la memoria que reúne el tiempo: somos presente porque somos pasado y solamente por ello somos futuro. Ahí también está el agua hirviendo en las ollas de metal, colgadas sobre el fogón, y es nítido el aroma del pan saliendo del rescoldo. Están ahí flameando las banderas azules y blancas del gillatun (rogativa principal); y entre la humareda de los fuegos ―alrededor de los que se comparte colectivamente la comida y el muzay (bebida ritual)― veo el movimiento del purum (danza) y choykepurum (baile del avestruz). Somos niños y ancianos a la vez. El campo apela a la todavía incipiente sabiduría de mi vejez; la ciudad apela a la energía de mi juventud.
Hermosa espiritualidad de nuestra cultura mapuche. Qué pérdida que aún sea tan ignorada por la sociedad chilena, solemos decirnos mientras cultivamos el arte de la conversación ritual: el nvtram.

Entonces no puedo dejar de pensar en nuestra gente que está sufriendo más crudamente las consecuencias de esa ignorancia (de ese no querer ver la verdadera realidad) de los chilenos y las chilenas que han hecho de su poder de decisiones en el Estado una permanente exclusión de la diversidad cultural, cuyo resultado se expresa en un erróneo sentido de progreso, de desarrollo, en un discurso político ―transversal (con excepciones, desde luego)― que es cada día menos creíble, y ―por lo mismo― en una justicia favorable para los pequeños grupos que se han tomado el poder económico y político, pero crecientemente nefasta para la gran mayoría que habita en este raro y entristecido país llamado Chile.

Teresa: Tu deseo de profundizar frente a una sociedad que se banaliza proporcionalmente a la destrucción que la naturaleza padece…

Elicura: La sociedad chilena ―NO TODA, por suerte, y con mayúsculas― está cada día más neurotizada; peleando jornada a jornada ―todos contra todos― no sólo por lo básico para todos y todas, «pan, techo y salud» (esa merecida «felicidad»), sino corriendo para alcanzar ―endeudamiento y más tensión mediante― aunque sea un algo de las necesidades que impone la vanidad del «libre mercado» neoliberal. La vida transformada en una mala telenovela, país de la desmemoria, mientras la «delincuencia legalizada» sigue avanzando con sus plantaciones de pinos y eucaliptos y arrasa con nuestros bosques nativos; y contamina nuestras aguas; y despliega sus represas, sus antenas, sus bancos, sus supermercados de salud, educación y justicia. Servicio para el mejor postor.

Teresa, esa es una temática que me permite abordar ―y se lo agradezco inmensamente― la escritura en prosa. Mas mi poesía es sobre todo una conversación conmigo mismo, mas también con mis hijas y mis hijos y con sus hijas e hijos, y así sucesivamente. La conversación consiste en escuchar más que nada. Escuchar es lo más difícil de aprender, nos dicen; es el arte. Pero mi conversación, a mi pesar, es ―en gran medida― nostálgica, así cuando quiero protestar, manifestar mi enojo y mi impotencia por los atropellos que sufre mi gente de parte del Estado chileno y por la prepotencia de los latifundistas y comerciantes y sus leguleyos, sólo se me aparecen los esteros, los ríos, los bosques, las nubes, las flores, las aves, etc., de mi comunidad. Pero el nombrar reivindica y devuelve el brillo, su sentido, me digo.

Teresa: La lucha del pueblo mapuche, y tu poesía, se identifican a primera vista con la lucha ecologista, en ese sentido sois más conscientes.

Elicura: Es una lucha que tiene algunos puntos en común. Nosotros (como los pueblos indígenas en general) nos consideramos hijos e hijas de la Tierra, ni más ni menos que los demás seres vivos. Nos «salvamos» y nos reencantamos todos o no se salva ni se reencanta nadie. Vemos siempre la totalidad, no sólo los fragmentos.

Nos consideramos guerreros de la ternura. Nos preguntamos: «¿qué hija o qué hijo agradecido no se levanta cuando su madre ―que le da todo lo que necesita para vivir― es avasallada?». Nuestra lucha, nos dicen, es una lucha por ternura. Por eso, ante la codicia de los imperialismos, es una lucha que se ha sostenido por siglos.

Como sabes, Teresa, nuestra región mapuche (como muchos territorios en el mundo) ha venido sufriendo grandes alteraciones por el avance de las empresas ―nacionales y transnacionales― del comercio forestal, hidroeléctrico y minero, que trajo consigo la continuidad de la imposición de la «legalidad» chilena sobre la legitimidad que está de parte de nuestro pueblo (la legitimidad está siempre antes que la «legalidad»). Situación semejante a la sucedida con la entrada violenta del Estado chileno a nuestro país (con su ejército triunfante en la Guerra del Pacífico), consolidada en 1883; y que hizo decir al joven/al anciano Weitra: «Cuando ha desparecido una costumbre amada, queda como un vacío. Es como si el fuego hubiera hecho su obra destructora. Es triste ahora la vida en mi tierra. No veo nada que llame mi atención. Sólo dos zorzales que lloran amargamente, porque sienten pena». Y después: «Ponte de pie, parlamenta en tu Tierra / aunque sientas tristeza, parlamenta / como lo hacían tus Antepasados / como hablaban ellos».

Hoy, nuestra lucha ha sido judicializada por el Estado «democrático» chileno cuya «justicia» aplica a nuestra gente la ley antiterrorista legada por la dictadura militar de Pinochet. No quieren admitir que en un extraño caso de «terrorismo» las víctimas han sido sólo del lado de los «terroristas». No quieren reconocer que nuestra «arma» principal sigue siendo la palabra. La palabra que surge de la naturaleza y retorna al inconmensurable azul desde donde nos alegra y nos consuela. La palabra poética siempre en la construcción de lo nombrado, y proyectando también los despojos de un cuerpo que será nuevamente tierra, fuego, agua, aire. El impulso constante de la palabra intentando asir el misterio de la vida. La palabra, agua que fluye pulimentando la dura roca que es nuestro corazón. La palabra, el único instrumento con el que podemos tocar aquello insondable que es el espíritu de otro/una otra. La palabra es esa penumbra en la que podemos acercarnos al conocimiento (a la comprensión) del espíritu de los demás seres vivos y también al de aquellos seres aparentemente inanimados.

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(Este artículo fue publicado en el número 711 de Cuadernos
Hispanoamericanos, en septiembre de 2009)