Introducción, de Marifé Santiago Bolaños


Borges poeta, los primeros versos de «El Golem»:

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo

Palabra e imagen. Voy al platónico Cratilo o del lenguaje. Poeta, el primer legislador, el obrero de los nombres, insiste Platón por boca de Sócrates cuando este habla con el joven Cratilo. Pero ¿y las primeras palabras, las que esperaban la llegada del poeta, las que el poeta hace vivir como el rabino de Praga al Golem? Las que parecen preparadas para ese instante, las que el poeta salva del olvido o de la indiferencia.

¿Y cuando no había nombres, y cuando aún no están los nombres? El poeta, escribe María Zambrano, no teme a la nada, y por eso viaja hasta el adentro del caos, hasta su intemperie (paradoja de este viaje) y lo alza hasta el afuera de la palabra poética (palabra alumbradora).

Un poeta llega de su lugar, el desierto, a la ciudad ―de la que la propia naturaleza del acto poético habrá de expulsarlo―. Atraviesa la plaza. No está solo a pesar de que conserva su soledad. Muchos cruzan a su lado la plaza. Sin embargo, solo él se detiene ante la palabra escondida en la grafía de un gesto. Sí: puede ser Estambul y que ese instante guarde una fecha. Pero también podría ser el verso que han cubierto las primeras nieves, o el que empaña las ventanas que anotan, con la fidelidad de los poemas, la eternidad sobre la que se sostiene el inevitable avance del tiempo.

Puede que el poeta sienta que se está mudando la vida, que la metáfora es, más que nunca, su transporte. Que escribir una palabra en el cuerpo de arcilla le dará existencia, pero que cambiarle la inicial a esa palabra acabará con el cuerpo vital que el poema escribía, como en la leyenda hebrea.

¿Es el poema esa materia a la espera de la palabra que haga revolverse a las esencias, mutar, mudarse, viajar de uno a otro estado?, ¿o se trata, más bien, de lo que del poema resulta? La «cosa» de la poesía, dice Zambrano, no es la conceptual del pensamiento, sino la fantasmagórica, la imaginada, la del sueño que hubo y, a la par, no habrá nunca.

El poeta siente ese tránsito. Una intuición lidera sus pasos desde la nada al verbo. Como en los sueños, la palabra que guía aparece disfrazada. Y escribir un poema es revelar (como en las fotografías: revelar para que desde lo oscuro brote la forma).

Los poetas, las poetas entregan, así, raptos. Atrapan una imagen en la que quedan atrapados, y en cuyo soslayo, quizás, está la matriz de ese poema que, sin saberlo todavía su mediador, era ya un verso incipiente. En el viaje, el poeta ha ido recogiendo sus fragmentos con la solemnidad de quien camina por el borde del horizonte y extiende la mano para que en ella se pose su peso.

La semilla aguardando en la matriz, madre, matria. La imagen del tiempo antes del tiempo y la muerte, «su seguidora». Experiencia contradictoria que recorre, una y otra vez, el territorio del origen y el fin (Cratilo: recuerda que no es necesario, ni mucho menos, que las imágenes encierren todos y los mismos elementos que las cosas de que son imágenes).

¿Qué trae el poeta viajero en su escritura? Trae tiempo efímero que, como los vilanos, es frágil pero firme en su memoria. Trae la ruptura de las distancias para que aquel atardecer rehaga su valía en la lengua madre de los mapuches, por ejemplo, y que esa lengua florezca en la Rusia de Marina Tsvietáieva. Por ejemplo.

Un poema puede dar comienzo así, en las palabras de otro poema, en el hombre que detuvo los pasos del poeta, en un lugar remoto donde poeta y poema tendrían que encontrarse. Indiferente a las leyes del espacio, viaja en el único medio donde se le da cabida y se le presta cortés atención. Son esas palabras grabadas en ciertas formas precarias que pueden perderse para siempre, o permanecer más allá de la frontera de las horas y de los días.

Sin embargo, y es Sócrates de nuevo quien habla: «Espero, entonces, querido mío, que a tu vuelta me hables de esto otra vez. Ahora, ya que tienes hechos tus preparativos, marcha al campo».

El proceso creativo, ese viaje que da comienzo en su final para empezar de nuevo, de lo oscuro a lo luminoso y de la luz a la tiniebla: «No hay limitación para el alma que viaja hacia fuera […] en busca de sus semejantes, ni hacia adentro, en el infierno del tiempo y de la muerte, en busca de sí misma».[1]

Marifé Santiago Bolaños
Otoño de 2013


[1] Antonio Colinas, «Símbolos de María Zambrano», en María Zambrano, Premio “Miguel de Cervantes” 1988, Madrid, Anthropos, 1989, pág. 74.