Introducción, de Marifé Santiago Bolaños


Plano que se configura con pedacitos de frases, con notas, con palabras a medio escribir, con el recorte de un nombre que anotamos en cualquier esquina de papel. Esa esquina era, sin que lo supiéramos, la esquina del mundo. Y ese nombre eran sus cimientos. Y esos cimientos eran un origen. Y ese origen exigía un sacrificio para aparecer. Y ese sacrificio requería un mediador para colmarse. Y el mediador no elige, sino que escribe con «forzosidad inevitable», dice Zambrano.

El plano que se configura con lo que el ojo ve, que cerca lo que el ojo ve, que «roba» el aura y la recoge en lo que se lleva, y la salva. Legislador, el poeta: quien establece las reglas del estar en la vida, quien entrega ángulos de esa vida que en la mirada profana eran ángulos ciegos.

Contemplar: repasos del viaje, la sorpresa del recuerdo, etapas, suspensión del viaje en su fluir. De nuevo adentro y afuera confundidos en el instante sobre el que se asentará lo que de genesiaco concibe el acto de la escritura poética, y el fruto poético de tal acto.
La intención es contemplar, y también puede ser no olvidar, y también puede ser señalar, y también puede ser guiar…
Mapa anotado, previamente, en las entrañas del mundo. Y en sus sombras. Fragmentos compartidos más tarde, cuando el viaje sea ya memoria o poema.
Otros creerían que eran restos, harapos, que eran desechos. El poeta «deshumilla», obrero de la palabra, todas las cosas. Nada que decir, solo mostrar ―asegura Walter Benjamin, a quien parafraseo añadiendo «poético»―: quién sabe si el lenguaje (poético) solo parecía ser el mismo donde palabra e imagen se entrelazaban tan plena, tan felizmente…
Nada que decir, solo mostrar.

Marifé Santiago Bolaños
Otoño de 2013