Escribir a la orilla de otros horizontes o ver el mundo del revés, de Teresa Sebastián


Si escribir es defender la soledad en que se está, como apuntó magistralmente María Zambrano, «escribir a la orilla de otros horizontes» sería en cierto modo la multiplicación de la soledad, un juntarse con otras soledades; soledades comunicables, permeables; el trenzarse la peripecia de cada cual con las culturales y sociopolíticas de ese nuevo país, nuevo horizonte que pudiera resultarnos grato o ingrato según las diversas circunstancias del aislamiento concreto de lo ya conocido al que hemos de someternos cuando partimos,y a veces tan lejos de lo que amamos y sabemos. Y si llega la despedida, podría resultar lo contrario: lo que fue cercano se ha vuelto lejano, levemente irreconocible, y aquello que creímos ajeno se ha quedado a vivir con nosotros para siempre. Estas reflexiones no agotan desde luego el comentario de Zambrano.

Cuando llegué a Santiago de Chile en 1997, se abrió en mi biografía un capítulo de seis años de estancia intermitente en aquel país, en cuya meditación ando todavía, tan intensos fueron vivencias y descubrimientos. Reverberan las voces y los paisajes aún cruzan por mi mente como los potros de las laderas de Panguipulli, tal y como los vi galopando libres un verano de luz esmeralda. Documental interior de montañas, rostros cerrados y bosques vitales que aún me llaman y me piden ser auscultados, comprendidos, contados.

Estar tan lejos intensifica nuestra atención; de paso, ordena nuestro caos particular, o desbarata el orden de viejas costumbres. Andamos entonces con una brújula que resitúa sus agujas, porque tal vez el norte haya cambiado de sitio.Una vez me resultó simpática la idea de que un habitante del mundo boreal se pone del revés en el continente austral como colgaría un niño sus piernas de la rama de un árbol para columpiarse boca abajo, viendo el cielo en la tierra por un instante, y al contrario. En Chile, desde luego, las estrellas se componían en nuevos corros desconocidos y la abundancia de animales y plantas y paisajes asombrosos avivaron mi curiosidad. Como las estrellas de las que yo no sabía el nombre, aparecieron las nuevas señales de otra cultura, y se convirtieron en adelante ―y aún siguen operando― en algo que ya está contenido en mí: senderos de memorias vivas reflejados en mi escritura. Una de estas raras estrellas que no habían tenido en mi conciencia aparición hasta mi viaje fue la oscura luminaria azul de la cultura mapuche, con la que pude entrar en contacto a través de la amistad y la lectura del poeta Elicura Chihuailaf. Como los relatos pronunciados junto al fogón familiar de los que él nos habla, fui recibiendo las ideas y saberes contenidos en su ensayo Recado confidencial a los chilenos, además de los sencillos y hermosos poemas de De sueños y contrasueños, y, por suerte, algunas tranquilas y prósperas conversaciones mantenidas con él en su casa de Temuco, en un umbral pintado de azul. A lo largo de los años, nos hemos seguido encontrando de continente en continente, y el azul se ha ido volviendo más profundo entre nosotros. Me he dado cuenta de cuánto se pudo fertilizar mi soledad de aquel tiempo para que me resultara grato vivir allí, pues este contacto con la cultura mapuche me concilió con un lugar, especialmente Santiago, al que sentí hosco y huraño, a veces sicológicamente hostil, y donde enormes retratos de Pinochet nos mortificaban por todas partes, desde las enormes portadas del Mercurio a los centros comerciales, o dentro de los taxis, donde abundaban junto a crucifijos tintineantes, y así parecía entonces el malvado como el dios de un desdichado lugar.

Yo no había olvidado en absoluto la edad oscura de mi propio país, bajo la que viví las primeras décadas de mi vida. De algún modo fui testigo del final de la edad oscura de Chile. Por otra parte, en aquella época se avivó mi deseo de comunión con la naturaleza; de averiguar algo más sobre los mundos originarios de América, el rastrear algo valioso que hemos perdido y que tal vez regrese en la acción decidida de generaciones de gente sensible de esta «aldea global». O así querríamos interpretarlo en medio de la multiplicación exponencial de problemas sociopolíticos y ambientales por todo el mundo, tal vez con un exceso de confianza en la capacidad del ser humano de no corromperse más, de resistirse al adoctrinamiento global, al eficaz modelado del capitalismo, a su obediencia. Tendríamos que redescubrir la vieja oralitura y poner nuestro oído sobre el pecho de un árbol. Eso nos devolvería las fuerzas.

Como un diario de viaje escribí un conjunto de poemas: «Camino de la tierra, los poemas de Chile». En el epígrafe conté que le agradezco al pueblo mapuche que me ayudara a sobrevivir espiritualmente en Santiago, ciudad que describí como «demasiado contaminada para mis fuerzas». Porque Santiago era una araña lista para devorar a su presa, y salir de su pegajosa tela era emerger al final de la calle Antupirén hacia mi calle. Camino de la tierra, suficientemente alta en el faldeo de la precordillera como para sentirse fuera del guiso de la megalópolis, el guiso cocinado con energías caníbales humanas, las de todas las megaciudades: contaminación, interminables serpientes del tráfico, y de tristezas, de extenuantes fracasos, marginación, separación de castas económicas y raciales, tan patente en las diferentes zonas de la ciudad. A pesar de las transparentes vitrinas del edificio del Hyatt, los propietarios de un largo país clavado en el corazón de pertinentes sargazos coloniales siguen maquinando cuanto pueden sobre la usurpación de los bienes comunes y tratando a la naturaleza como a un almacén de materias primas, de espaldas a los derechos y profunda sensibilidad de los habitantes originarios del Cono Sur. De espaldas a la gente razonable entre las gentes de Chile.

De esos arácnidos sentimientos que por fuerza tuve no es tan extraño que apenas rescate como días de felicidad espiritual un viaje con mi familia, allá por el 2000, por la larga carretera austral. Abundantes poemas del libro citado dan prueba de ello. Creo que me volví más simple frente a aquellas inmensas montañas, valles y ríos. Incluso en el estilo, si he de comparar mis viejos con los nuevos poemas. Toda brizna de retórica se vuelve absurda bajo los árboles centenarios.

El hilo de aquel tiempo sigue aún tirando de mí, llegando inquietantes noticias sobre la represión del pueblo mapuche en la vindicación de sus derechos territoriales; además, prosigue sin tregua la devastación de la naturaleza; enormes camiones cargados con troncos de árboles nativos atraviesan sin cesar las carreteras de Chile. Dos malas noticias que van juntas. Aquí, o allí, o más allá, donde quiera que una mire en cualquier latitud: todo en proceso de ser robado o arrasado, o degradado; aguas vivas, bosques, riquezas naturales que ningún rédito, por inmenso que fuera, podría pagar o compensar su pérdida. Y para todo escritor se hace necesario tomar partido por las cosas, elegir desde qué lado se escribe y para quién/quiénes/qué.

Me acuerdo, por ejemplo, de la pérdida de la diminuta aldea de Ralco, y del muchacho desubicado que se suicidó: Humberto Pereira Manquepi (como efecto colateral de la construcción de una enorme presa por una empresa española concreta: Endesa).

Para él escribí un poema:

Recuerdo
al muchacho
del que no hay fotografías:
Humberto Pereira Manquepi
vida de diecisiete años
por los caminos de ripio
hacia una habitación fantasma
medio enterrada en nieve

Un día pronuncia con la horca la lucidez

(quien quiera conocer profundidades
sobre la naturaleza del suicidio
que visite a los realojados de Ralco)

Realojados pehuenches, como quisieron otros:
a más altura de la que soportan las personas
tan arriba que se mueren las cabras

Repetirán todo más al sur
y se nos quedará la cara
de piedra
por donde resbale la nieve
como en la vieja aldea
abandonada
ysu poema vacío

Tal vez una parte de mí sigue viviendo en la vieja casa de ladrillos de tierra con el jardín agreste por donde cruzaban los caballos errantes que se colaban por el portón abierto y los tres guanacos que vivían con nosotros solían acercarse bajo los eucaliptos. De cuando en cuando un picaflor volvía más sutil el mundo para nuestro asombro.Y me parece que mi Chile no será el Chile de otras soledades; en el mismo sentido escribí sobre la India (el otro horizonte lejano al que me he sentido siempre tan unida), llamándola mi India interior. En este «mi», en cierto modo, arbitrario, van cuantos han ido conmigo, y aquellos a quienes conocí y traté. Igual que no se libra un árbol de sus marcas de crecimiento o merma, no puedo olvidar ninguna experiencia, ninguna conversación. Marcas de sentimientos perdurables, a partir de emociones que se empeñaron en repetirse. Algo que ya se ha hecho estable. Algo que me ha convertido en mapu-che (gente de la tierra), más de lo que debía serlo seguramente al llegar por primera vez al país de los trescientos volcanes. Y aquel espacio/tiempo de Chile, tan particular en mi biografía, se actualiza en un renovado contacto con la naturaleza, la vieja machi, doctora de hierbasy remediosque me pasa la mano por la frente cuando pongo en ella mi frente cargada, la que recibe el calambre de mis pies cuando camino descalza y me devuelve una nueva armonía. La que me prepara una curativa infusión de boldo que me limpia los órganos y me vuelve resistente.

A veces me embarga un sentimiento indescriptible cuando abrazo un árbol libre y le siento vivir. Cosas estas que ya solo nos importan a los indígenas de algún lugar. Cosas que se intensificaron en otro horizonte.

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