Escribir en la inasible orilla del horizonte, por Marifé Santiago Bolaños


I

Imagen: la sobrecogedora proximidad de la luna en el hemisferio sur cuando el avión llega del hemisferio norte; imposición poética de las direcciones; silueta de brazos blancos elevados al cielo en oración, columpio a la espera de una niña que no se sube jamás, luminosa sencillez para coronar la cabeza ancestral de quien camine por la frágil orilla del horizonte. Los rastros que determinarán un poema, aquellas mujeres a las que nadie preguntará por su felicidad.

Imagen: la difusa línea del cielo en un trayecto inacabable entre Buenos Aires y Rosario, el vacío, la desaparición de las formas, el pálpito augurando que se pueden alcanzar ciertas ausencias, lo que no ocurrirá y en su no ser se revuelve, se encabrita valioso y turbador. Los caminos siempre comienzan, son máscaras del miedo y sus orígenes cuando el coche atraviesa el horizonte, y la carnalidad de los mitos familiares, sus cimientos.

Imagen: un calor sin precedentes para mi experiencia física confundido con un frío sin precedentes para mi experiencia física. Ambos, sin embargo, no me sorprenden: los he vivido ya en poemas que me entregaron poetas en el ocurrir del recogimiento lector. El tacto de los ojos es ambicioso en tales circunstancias: tocar con la mirada para que los dedos no se decepcionen.

Imagen: un recuerdo es, tal vez, los trayectos inevitables en autobús durante los que se propicia el sabor y se guarda el aroma del mundo, instantes en un verso que solo tú lees desde la ventanilla sucia (es un verso cuyo rumor sólido anotas, con dificultad, en la esquina arrugada de una entrada de teatro, o que robas con tu móvil al paso). Leves fisuras donde respira la eternidad para darle continuidad a lo que no la tiene ya, dignidad a lo que se le ha hurtado.

Escribir todo eso, desvelar el rostro del horizonte, tenderle la palabra como si fuera una mano. Incluso aceptando que el horizonte se marcha cuando estamos a punto de llegar a él. Intuiciones enigmáticas que llegan del territorio del sueño.

 

II

Escribe María Zambrano en Los sueños y el tiempo:

Todo sueño es un viaje. Y así paramos en ellos como en una ciudad o paraje extraño donde nada podemos hacer. Todo sueño nos deja como solemos estar, en un lugar desconocido donde hemos llegado por error.[1]

La palabra poética recorriendo la lentitud del poema, la aparición de su piel. El poeta, nómada siempre, habitante de la ausencia en la que acaba conviviendo con la espera. Porque deshace, en su actitud, las fronteras que encierran, hasta agotarla, eso que llamaremos, por ejemplo, «alma», esta lo conduce a sus entrañas para que escuche, con atención iniciática, qué cerca está la lejanía y que lejos el centro.

 

III

El centro. Cuando ejercitando su amabilidad y cortesía características Musa a las 9 me ofreció coordinar esta nueva entrega de la revista PoeMaD, esa fue la primera imagen de trabajo. Escribir poesía, hallazgo de un centro que se desplaza y señala la efímera condición de las cosas y de los pensamientos, pero permite así que las cosas perduren y que los pensamientos se olviden de sí, se retiren, no estorben a lo que está por llegar. Imágenes primeras en las que, acaso sin saberlo, se despertaban poemas que habrían de serlo alguna vez. Intenté darle un orden comunicable a tales ideas: viajar como una condición del proceso creativo. Un viaje que funda centros, que descubre centros, aunque sean centros que desaparecen en la propia naturaleza del poema. Caminos que dibujan un mapa particular: el de la orilla inasible del horizonte.

Un horizonte siempre tan presente como inalcanzable. Y alguien que lo observa y lo intenta cartografiar. Extraño y extrañado observador, fuera de sí en la escritura que exige realizar este viaje ―real, simbólico, soñado― para producirse.
Me vi como si mirase a una extraña (una vez más), suspendida en el tiempo que el poema requiere para nacer, hallando su germen en la longitud metafórica que todo verso significa. Ese salir de sí, ese «viajar fuera de sí» que ha llegado porque el paisaje y su horizonte eran otros distintos al cotidiano. Pero, otras veces, nadie podría decir, ni siquiera nosotros mismos «a la vuelta», que hemos dejado ni un momento la casa. Sin embargo, qué lejos y qué otros estuvimos y fuimos en la lectura de ese libro, en esa calle, en ese rincón de la existencia.
Qué ajeno el poema que nació allí, en el centro de esas sombras asombradas de nosotros mismos.

 

IV

Propuse que compartiéramos ese poema «de viaje», que cercáramos la experiencia, que enviáramos, si la teníamos, esa «imagen robada», que trazáramos, entre todos, un fragmento de la matria poética, capaz de abolir el azar y de fortalecer la libertad a pesar de disfrazarse de destino, que aportáramos datos y estrategias, nombres, grupos de poetas con los que viajar, por los que viajar. Propuse que nos obstináramos, sin pudor, en la contradicción. Y los poetas, y las poetas respondieron con imaginación y generosidad (¿alguien se atrevería a negarle dependencia mutua a esos dos términos?).
Poemas, textos críticos, anotaciones que se hacen públicas, que se comparten, sabidurías que nuestro «yo ajeno» ofrece. Fotografías-palabras incipientes, imágenes-palabra, voz propia, voz que hacemos propia, la traducción de la imagen y de la palabra. Nuestro viaje en y desde la escritura que viaja.

 

V

Para transitar convenientemente esta orilla del horizonte, los versos llegan de Oslo y de Perú, de Israel y del corazón del pueblo mapuche; de las gallegas montañas de Nepal, del Mediterráneo del principio de Europa, y de Eslovenia, Polonia, el mar Caribe, Estados Unidos o una plaza de Estambul. Llegan de Finlandia y de islas que ensayan melodías de lenguas diversas unidas en un concierto. De la memoria que une India y Soria, Extremadura, Portugal y Salamanca, o ese difícil país que es el cuerpo y sus secretos. Unos, se sembraron en Francia, pero pudieron florecer en Toledo, quizás. Otros, tienen su raíz en África y sus frutos en Madrid o en la voz de un poeta querido que lee en idioma ajeno. Llegan y se quedan con nosotros, aceptando la exigente autoridad de la Belleza, que alumbra allá donde esté la fecundidad del desierto y la inabarcable sed que pregonan los ríos.

En estos versos hay instantes de pesadumbre y de calma, humor y tristezas, exaltación de la vida y sus amores, la solemnidad del juego. También, la violencia de los contornos cuando el grito sin sosiego se parece a una derrota. Son viajes. Hay la sosegada estancia que preparan los amigos y las amigas, sobre todo eso: como cuando nos encontramos después de meses, de años, y sellamos la alegría con un abrazo, con un beso, con el silencio, con un canto. Y como cuando las escarpadas aristas de nuestra biografía individual o cívica parecen haberse quedado con todo, y en el menesteroso abandono, sin embargo, aparece el cobijo de la palabra sanadora de la amistad, sin género ni pasaportes de falaces identidades y excluyentes costumbres que se hacen norma. Matria, que no patria, la Poesía. Sin muchas explicaciones.

 

VI

Paseantes del símbolo, lenguaje de los misterios, tiramos los dados sobre la mesa del presente apostando por una actitud capaz de cambiar el mundo. La sola mención de cada una de las personas participantes en esta nueva entrega de PoeMaD ―y la de quienes no han podido estar porque la premura del tiempo y el espacio lo ha impedido―, y su extremada generosidad, su creatividad rigurosa, dan testimonio de una certeza a la que no renunciaremos aunque el miedo ―y su fiel aliada, la ignorancia― quieran llamarlo ingenua utopía. Por recordárnoslo, por ser fieles a la restitución del valor de la Poesía ―tanto como decir ser fieles a la dignidad, a la justicia― he de dar las gracias con sinceridad emocionada.

Siempre se escribe a la intemperie, de paso, en la orilla inestable del horizonte. Siempre estamos ausentes cuando escribimos poesía, solos, aceptando la responsabilidad que el poema ofrece, nos estamos marchando cuando el verso llega para que llegue. Por eso no se mide el valor de un poema, no se acaba de recorrer nunca su extensión, no es su lugar la ciudad, sino lo que queda fuera de ella; solo así permanece encendido el fuego de lo que merece la pena, solo así permanece alerta, incluso en medio de la destrucción y sus miserias morales. La Poesía da el paso que en otros derroteros humanos no se puede, no se sabe o no se quiere dar. El poeta es ese viajero con los bolsillos llenos de palabras halladas, que deja caer sin ataduras donde se requiera, que comparte, obviando a conciencia que pudiera ser señalado su peligro. Pues ―ahora es María Zambrano quien habla―, ¿cómo quedaría el Universo que conocemos sin los sueños que lo han sacudido con pasión insondable?

Escribir poesía, ese siempre de la necesidad. Viajar por la orilla inasible del horizonte. Al fin y al cabo, como escribe el maestro Antonio Gamoneda, la Belleza no es un lugar al que van a parar los cobardes.

Marifé Santiago Bolaños
Boisán-El Espinar, septiembre de 2013


[1] María Zambrano, Los sueños y el tiempo, Madrid, Siruela, 1992, pág. 92.