Rusia bulle en mí, de Carmen Busmayor


Susurra la lluvia en la ventana. Frunce el ceño el crepúsculo. Sobre la mesa un samovar, una figura de malaquita de los Urales y una revista con la fotografía del elegante poeta, pintor y traductor Vladímir Derzhavin, tan cercano en el reconocimiento a Gorki, me hablan. Desde hace muchos años la URSS o Rusia bulle y bulle en mí. Cuando iba al instituto mis lecturas eran Tolstoi, Chéjov y Dostoyevski, además de las debidas al mundo gorkiano, luego, en la Universidad he «tomado el té» con frecuencia con la muy desdichada Marina Tsvietáieva, Boris Pasternak, Anna Ajmátova y Mayakovski. Finalizado el anterior periodo estudiantil me suscribí a la magnífica revista Literatura Soviética, distribuida por la madrileña librería Rubiños, editada en nueve idiomas y difundida en más de un centenar de países. Gracias a este faro cultural y literario [1] «entablé contacto» con poetas para mí desconocidos hasta entonces como Ilyá Ehrenburg, Vladímir Derzhavin, Alexandr Blok, Mamed Ismaíl, Serguei Narovchatov, Janbiché Jamétova, Nina Kuprijanova…

Sobre la mesa el samovar, la figura de malaquita de los Urales y la revista. No, algo más: una libreta con pastas duras sobre la que reposan un texto en cirílico, tres margaritas amarillas, un bolígrafo y la etiqueta con el precio, cuarenta y seis rublos.

He viajado en tres ocasiones a Rusia, en 1998, 2006 y 2007. La primera vez que entré en el país, bajo la era Yeltsin, lo hice con entusiasmo irrefrenable. Iba a conocer y traer a mi querida hija cuya presencia aflora, además de en mi libro Desde el Alzheimer. Un relato testimonial[2], en la dedicatoria «Para Polina, bendición de los “Urales”», al frente de mi poemario Las flores de la lluvia[3]. Níveo viaje otoñal en el que ofrecí una conferencia-recital en la Universidad de Ekaterimburgo para estudiantes de español. En 2006 acudí de nuevo, entonces con Putin en la presidencia. Este segundo viaje, que desembocó en el artículo «Pedro Almodóvar y la ensaladilla rusa»[4]  lo aproveché para visitar con verdadero fervor la tumba rondada por el abandono de Dostoyevski en el cementerio Tijvin del monasterio Alexandr Nevski en la bella San Petersburgo. Ya en 2007, escasos meses antes de asumir la presidencia Dmitri Medvédev, acudí de nuevo. Huellas hay en el artículo «Donde Europa no es Europa»[5].

Mi atracción por el mundo soviético o ruso late intensamente asimismo en varios de mis libros de versos. Ahí está el metaliterario y aparentemente culturalista Fronterizos, adúlteros y reciclados con el poema que lo apertura «Hablando de diciembre o Ana Karenina en la casa cautiva del frío», esa mujer de extrema belleza que ha «entrado en la casa del mundo por aquel que escribía ocho / horas diarias en Jasnia Poliana para dominar su angustia / moral…»[6], uno de mis favoritos del mencionado libro. Igualmente interesante resulta Historias de la fatal ocasión, sobre destacados escritores, fundamentalmente poetas, suicidas y el  mismo suicidio[7]. Véase si no la pieza «También fluye primavera», centrada en Vladímir  Mayakovski y «En las fosas comunes, también, crecen rojas fresas silvestres» en torno a la figura de Marina Tsvietáieva, cuyos versos finales dicen: «Pienso en ti… En ti, Marina Tsvietáieva. Y es feroz la risa / de los dominadores. Pero en las fosas comunes, también crecen / rojas / fresas / silvestres»[8]. Poemario del que afirma en el prólogo Antonio Colinas: «Escribir poesía es ir superando eternas pruebas con las palabras para no repetirse, para crear palabras nuevas que fluyan, poemas que a la vez nos hagan pensar y sentir, y que descorren también un poco más el velo de ese misterio de la vida que conmueve y perturba. Carmen lo ha logrado en las páginas que siguen». Y ya en mi libro poético, de muy honda y reflexiva raíz viajera, Mapa de encuentros[9], nos topamos con la envolvente tristeza moscovita de «Los niños de la estación Leningradsky», «Éstos, los desterrados ángeles de la sólida saliva del amor.

En fin, poemas inéditos hay, además, en mi decir lírico, movidos por el paisaje físico y humano ruso. Aguardan venideras publicaciones.

Y aunque suponga abandonar la órbita rusa no deseo concluir estas líneas sin aludir a mi libro Cuaderno de África[10], motivado, sobre todo, por mis visitas a ese dolorido continente. En su frontispicio Antonio Gamoneda ha escrito: “La voz de Carmen, dulce en la lentitud y lenta en la dulzura, se vertebra en sílabas de sombra y, a través de un silencio de túnicas, se derrama sobre un inmenso corazón herido. ÁfricaEn su frontispicio Antonio Gamoneda ha escrito: “La voz de Carmen, dulce en la lentitud y lenta en la dulzura, se vertebra en sílabas de sombra y, a través de un silencio de túnicas, se derrama sobre un inmenso corazón herido. África descansa en sus manos. Duerme bajo un arco que se tensa para siempre entre la ira y la misericordia».

Escampa. Solo resta el borroncito de una nube diminuta. En las mansardas frontales se
resisten unas gotas alargadas. La mañana amasa ruido. Sobre la mesa…


[1] Su contenido es amplio: pintura, dibujo, relatos, poesía, crítica literaria, nuevos libros…

[2] Madrid, Ministerio de Trabajo (Imserso), 2005; 1.ª ed., 1999.

[3] Cfr. Madrid, Endymion, 1999.

[4] Véase Postales y bromelias, León, Diputación de León (Instituto Leonés de Cultura, 2009 (col.Breviarios de la Calle del Pez), págs. 96 y ss.

[5] Ibídem, pág. 124 y ss.

[6] Valladolid, Fundación Jorge Guillén, 2004, pág. 10.

[7] Madrid, Calambur, 2008.

[8] Véase la pág. 26.

[9] León, Diputación de León (Instituto Leonés de Cultura), 2009, pág. 53. Tal libro, como he anunciado, debe mucho a mi mundo viajero real: Noruega, Jordania, Grecia, Checoslovaquia, Repúblicas Bálticas, Italia, Hungría, Portugal…

[10] Madrid, Ediciones Torremozas, 2002.