Gianna Nissim, de Guadalupe Grande


Gianna Nissim / Elena Bartali, 1946.

Allí, donde todo tiene nombre y emblema, historia en la legislatura, recuerdo en las conmemoraciones del trampantojo, buscar el tiempo en maletas raídas, pajaritas en llamas ferias de cachivache y trileros, una bobina de hilo para remendar un traje que ya no existe.

Gianna me encontró rebuscando libros usados en una tienda del gueto, entre la sinagoga y Piazza Mettei.
En el pedal de la bicicleta no pesa el pie
sino el universo que gira hacia la felicidad.
Lo que gira hacia la felicidad es la tabla periódica de los elementos,
los signos del átomo y la asamblea de las elementales.
El mundo en pantalones cortos es, sin duda, tan exacto como felicidad,
exacto como la energía idéntica a la masa por el cuadrado de la velocidad de la luz,
preciso como la cosecha de la energía aplicada sobre un cuerpo en el tiempo.
Todo gira y danza entre los radios de la bicicleta, es verano, es 1946.

La felicidad se parece a la elasticidad del aire,
la felicidad es el cordón en la bota de un ciclista,
la felicidad es el timbre obcecado en la dirección opuesta del tren,
la felicidad es la doble cadena entre la que gira el mundo y su sombra,
la suma del trabajo y la materia, la resta del vacío y el desprestigio del animal,
los radios de la rueda en los que navega el olímpico pulmón,
la doble hélice diciendo sí, y luego sí, y después sí una vez más.

En la carcasa del animal, la felicidad es el documento donde Gianna no fue Gianna,
sino la sombra de la felicidad,
en el interior de los huesos, se escucha la imprenta, materia inalcanzable, las puertas de la
dicha, la tinta invisible de la salvación.

No es el ciclista quien viaja sobre las ruedas del animal, es la asamblea de los 800, la sinagoga
en la campana, el silbido del tren diciendo no, los belfos metálicos de la dignidad y los cordones de Primo Levi.

El olímpico en la fe respira sobre el cuerpo del animal, el monje volador reza a sus pulmones,
Santa Grecia nunca sabrá de la santidad del deporte de la salvación,
no importa, no solo es el pie del ciclista quien empuja el pedal,
es la alianza de las elementales, la partícula huérfana, el átomo viudo, la extranjera del azar.

No es el pie de Gianna quien empuja el pedal,
entre el Actinio y el Zirconio se tensa el arco universal de la dicha,
vibran las valencias, suena la campana de Gauss, es verano, es 1946.

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