[Yo nací en un pueblo pequeño], de Juana Vázquez


Yo nací en un pueblo pequeño
de Extremadura
que contenía en su vientre
una enorme bola de soledad y silencio.
Pero las montañas
pequeñitas también
eran azules.
Y…
lo siento
no había río
pero sÍ arroyos y ranas y árboles
y pájaros y moras y fuentes y pozos…
Bueno los pozos
monopolizaban el agua y el miedo.

Mi padre tenía fincas
y en el verano enloquecían los insectos
y llameaban en terrones resecos
y en higos de miel.
Y en invierno
el hielo rodeaba las aceitunas
y les ponía una túnica de lágrimas secas
pero brillantes.

Mi padre tenía criados y una criada para casa
y la fortaleza que mi escuchimizado cuerpo no tenía
la tenía mi padre en su idea de igualdad entre las clases.
Por lo tanto
sufrí los terrones secos y el hielo brillante de las fincas.
Yo era una superdotada
según él
y tenía que entender
que era lo correcto y justo.
Pero no recibí salario de mimos y sonrisas
ni besos de fresa y chocolate.
Eso es lo que más me dolía
incluso más que los sabañones en invierno.

Y es que yo no era una superdotada
era una niña melancólica.
Con un puñado de versos a la espalda
a medio hacer y un dolor en el pecho que…

***

Hoy pasada la cincuentena me trago la bola de soledad de mi pueblo y sus tardes larguiruchas y quietas entre la algarabía de Madrid, donde busco historias de tabernas y cuentos. Pero persiste la melancolía de la soledad, del viejo reloj parado, colgado al lado de la chimenea de mi casa. Las calles donde el silencio y la desolación imponían miedo en la niña-adolescente como yo que buscaba ruido, para poder vivir mis pocos años entre la alegría de puñados de palabras con que arroparme de la melancolía que me acompañó siempre.

Para mí el cambio de este silencioso y solitario pueblo de Extremadura, Salvaleón, donde nací, por Madrid, donde me vine a estudiar en la Universidad a los dieciocho años, fue como si no hubiera sido Madrid adonde me trasladé, sino a Nueva York, o algo por el estilo. Me encontré otro universo, era como si todos los días estuviera de feria ―la feria de mi pueblo donde salía mucha gente a la calle―; eso me hizo sentirme viva y con ganas de estudiar y de comerme el mundo, pero había obstáculos en el día a día: ascensores, teléfonos, cadenas de música, metro, autobús… que yo no sabía utilizar, por lo que tuve que superar muchos contratiempos, y había también unos códigos en las relaciones sociales que no eran los de mi pueblo. Recuerdo un par de anécdotas. Recién llegada a Madrid ―yo vivía por la calle Vallehermoso―, un día a eso de las nueve de la noche, cuando volvía para casa, vi y oí llorando a una chica que iba delante de mí. Ni corta ni perezosa me acerqué a ella ―como hubiera hecho en mi pueblo― para consolarla: «¿Pero qué te pasa mujer?»… Ella me miró asustada y echó a correr. Otro día vi a una anciana que llevaba casi arrastrando una maleta, pues era obvio que no podía con ella, me ofrecí a ayudarla hasta donde coincidieran nuestros caminos. Y lo mismo que la chica, me arrancó la maleta y dijo: «Déjeme y váyase, que ya sé yo lo que debo hacer». Esas dos anécdotas y otras más fueron escuelas donde yo fui aprendiendo unos códigos diferentes de relacionarme con los demás, y al final me fui dando cuenta de que había mucha gente en las calles de Madrid, pero que esto no impedía el que yo me encontraba igual de sola que en mi pueblo. Solo había cambiado que esta soledad era una soledad en compañía.