Territorio humano: Atenas, de Luis Artigue


Para mí viajar, como amar, equivale a convertirme en un forjador de alianzas.
     Para mí escribir poesía siempre tiene algo de trasposición biográfica porque concibo el lirismo no sólo como la piedad y el consuelo más efectivo que conozco, sino también como un instrumento decisivo para acceder a los misterios del yo.
     En este sentido, soy de un pueblecito de León de esencialidad amplia y repleto de metáforas de alta resolución, uno completamente ajeno a los rodeos doctrinales que da la cultura, pero en el cual aprendí a pescar con caña los peces de la risa, y mi primer viaje fue a la ciudad para estudiar interno en un colegio. Posteriormente, me trasladarían a otro internado en Portugal, donde estudié ese delicioso idioma y me empapé de esa melodiosa y magnética poesía, y de ahí, gracias a una beca, en mi etapa universitaria pasé, junto a una loca de la vida que entonces era mi compañera sentimental, a la Universidad de Toronto en otro viaje que resultaría revelador para mi vida y para mi obra (por eso para mí viajar siempre tiene que ver con estudiar, con formarme y con completarme, y acaso por eso siempre me empapo antes y durante de la literatura y la historia y la filosofía del destino).
     Sí, nací en un lugar que es mi espejo secreto y, por eso, aunque he vivido en Portugal y Canadá y he viajado a muchos lugares, nunca he albergado ninguna sensación de exilio porque tengo firmemente asida a mi alma la posibilidad nutricia del regreso.
     Pero me encanta viajar, que, como leer, es un modo interino de ser de otra manera.
     Todos mis libros le deben mucho a los hallazgos de perdidizo que me traigo de los viajes a esos rincones que me instruyen el corazón, los que constituyen mi geografía anímica, y de hecho en mi poesía hay un recuento de percepciones e interconexiones del viajero que trata de unir líricamente todas sus lejanías y cada una de sus procedencias…
     Mi último viaje ―también se viaja para aprender sobre los diferentes grados que admite la cercanía― fue con Elena y a Grecia, valga la redundancia, para celebrar nuestro aniversario de la mano de Odysseas Elytis.
     Allí escribí «Territorio humano: Atenas».

Territorio humano: Atenas

Ninguna ciudad muere de manera creíble. De hecho
buena cuenta del éxito del poder, de la vida
y del amor eterno
da asomarse a las ruinas un imperio.
Y por eso aquí juntos en nuestro aniversario como peregrinos de lo propio,
envuelto el descubrimiento del pasado de Atenas en la certeza infinita de la luz de
              septiembre
―el sol tiene rango de agregado de cultura―,
llevando emoción por ropa
y celebrando este transitar conjunto por el suelo de baldosas de la esperanza…
 
¡Como un pájaro equívoco que trenza la luz en canto, el poema!
 
Refundamos lo sido.
Las pagadas dificultades de aquellos que se exceden en pasión
revolotean ante mis ojos
en esta ciudad transida en la que guerrean a muerte pretérito y presente;
en esta ciudad en la que grito lo que ti te escribí un día:
¡venir a verte
es como venir al mundo!
 
Igual que quien sabe y olvida que afeitarse insistentemente es luchar contra el tiempo
me adentro contigo en lo que queda del puzzle apoteósico
del Partenon.
Y pienso en el instante de vida que gracias al amor prevalece
―este amor como rayo que no cesa porque entiende que la esperanza
está siempre
en el día después―.
Y al punto comprendo que somos también esto:
piedras luminosas como el carretón de frutas de tu sonrisa al verlas;
piedras que regalan
aquello a lo que remiten.
 
Miro las palpitantes piezas en nuestro aniversario con recargadas ganas de que se repita todo,
asido a las locas fibras de mi configuración mental,
asido a lo sido y lo que deviene
aunque al final tú y yo mucho tendremos de vino griego que se resume
en el ardor
de los posos.
Los momentos.
Las ruinas
que no son sino la mala letra del paso del tiempo.
La identidad repleta de referentes y locuciones transversales.
Y entender que de la exaltación al poema dista más que un gran torrente léxico.
Y anotar esto ahora, aquí, hoy
después de alguna guerra y tantos años
porque has llenado mi vida de piedras, y de luz, y alegría;
porque escribo con los ojos cerrados como al envolver por vez primera el rostro
en tu pelo.
Las huellas.
La habitación de trofeos del corazón, y, dentro,
una máquina de engendrar metáforas calóricas…
 
Y el amor erigido como una atracción
que establece
la distancia perfecta.