Creciente fértil, de Luis Luna


Maaloula es junto a Bakha y Jubbadin una de las últimas poblaciones donde se habla arameo. Es uno de esos lugares en los que el lenguaje es la última frontera, tal como sucede en la poesía. Está a unos 56 km de Damasco, desde donde se parte para llegar a ella, después del vuelo. Un vuelo que, como el de las aves migratorias, uno está obligado a hacer si desea, tal vez, encontrarse en un idioma a punto de desaparecer. Y es que, cuando el último de sus habitantes caiga, una lengua habrá muerto, casi como un símbolo de lo que la barbarie es capaz de hacer.

Llegar allí es citar a Adonis, el gran poeta sirio: «La poesía es todos los lugares, todo el tiempo». Allí llegan también cristianos de Bab Tumá, su barrio en Damasco, e incluso alguno de los judíos sefarditas que quedan (se estima que había, antes de la guerra, veintidós judíos en Siria, solo seis sefarditas).

A través de las lenguas (mirarse en el espejo del ladino es descubrirse una matria) conocer a los hombres y a los paisajes. Y a través de ellos viejas historias, como la de las ruinas de Palmira, imponente en su desolación. O la de Alepo, la costera, de donde proviene el códice del mismo nombre y uno de los testimonios más fieles y antiguos de la Torá. También, por supuesto, Damasco (ash-Sham), la grande, en cuyos adoquines uno siente las pisadas de dos mil años (la primera mención sobre la capital aparece en los archivos Egipcios hace más de cuatro mil años) junto al esplendor de los mosaicos omeyas. Por esos lugares caminar y darse cuenta de que pronto serán no lugares, espacios de tránsito para la memoria. Y acaso fosilizarlos, algo así como escuchar los cantos del muecín y las aleyas de los derviches mientras se cierran los ojos.

Es justo cuando se evocan dichas geografías mentales cuando surgen las voces de los amigos: del poeta sirio Osama Esber, sobrino de Alí Ahmad Said Esber, Adonís, acaso uno de los poetas vivos de más relevancia y uno de los grandes poetas sirios junto a Nizar Kabani. O la de su pareja e hijas, cuyas voces aún me suenan en los patios. También las de Anás Al Kabour, intérprete del festival de poesía de Raqqa, cuya amabilidad todavía me impacta ―la calidez de su mano es algo que no olvidaré jamás― y cuya hospitalidad incluso hoy me abruma. Todos ellos, junto a otros que no nombro por precaución, judíos, musulmanes y cristianos, agnósticos y ateos están huidos, escondidos, refugiados, viviendo su particular diáspora. Ahora hablar con ellos, intentar entender lo que sucede es de nuevo esa última frontera lingüística que separa del olvido.

La guerra, unida al resto de los jinetes del Apocalipsis, ha tocado su trompeta en Siria, como antes lo hizo en otros países de la zona de la creciente fértil, desde donde arrancó la civilización con todas sus contradicciones. A la orilla del Eúfrates ha de permanecer aquel anciano que espera, como en la película antibelicista de Kalatozov, a que pasen las cigüeñas.