Cruzo o Kali Gandaki, de Manuel Blanco


Aunque nací en Ourense, en una aldea que linda con Portugal y que rima con Macondo, con Comala y con Castroluce, he recorrido muchos caminos del Himalaya. Caminos de montaña bordeando alturas y respirando devociones en lugares tan importantes para aquellas gentes como Muktinat, Logekar, Shey Gompa… Incluso, en más de una ocasión, en el Tibet, circundé el sagrado Kailash compartiendo jornadas y respeto con miles de peregrinos.
Pero sucedió que un año me pesaba más la tristeza que a los porteadores sus fardos. Iniciaba un viaje hacia Lo Manthang, capital del Mustang, el tantos siglos reino prohibido del Himalaya y, al vadear el río Kali Gandaki, muy cerca del pueblecito de Chusan, aquella definitiva ausencia que entristecía mis días y mis noches desembocó en un sollozo y se convirtió en poema. Helo aquí.

 

XXI

Cruzo o Kali-Gandaki
e, mentres, ás apalpadelas,
eu vou aloumiñando
a fráxil lonxanía
do teu silencio póstumo.
Outras augas nativas
presenten a túa ausencia xa sen límites.
No reino de Lo,
más alá do Anapurna,
ó Norte de Nepal,
tamén mulleres tristes
andan a pronunciar
lámpadas desvalidas
na escura marxe dos seus ollos apagados.
Coma ti,
esqueceron os confins e a levadura.
Coma min,
alguén vadeará o seu baleiro numeroso,
absorto na memoria de unha mágoa
de corpore insepulto.
Camiño de Samar,
terra vermella en lingua tibetana,
unxín o teu relembro
cun cántico ferido,
coa humildade submisa dun salouco,
cun ramalliño de palabras
que nunca che dixera.

 

XXI

Cruzo el Kali Gandaki
mientras, a ciegas, voy acariciando
la frágil lejanía
de tu silencio póstumo.
Otras aguas nativas
ya presienten tu ausencia ilimitada.
En el reino de Lo,
en los Trasanapurnas,
al norte de Nepal,
también mujeres tristes
pronuncian todavía
lámparas desvalidas, en la oscura
orilla de sus ojos apagados.
Como tú, ya olvidaron
la levadura y los confines.
Como yo, alguien
vadeará su vacío numeroso,
absorto en la memoria de una pena
de corpore insepulto.
Camino de Samar,
tierra bermeja en lengua tibetana,
he ungido tu recuerdo
con un cántico herido,
con la humildad sumisa de un sollozo,
con un manojo de palabras
que nunca te había dicho.