Lux aeterna, de Lourdes de Abajo


Cuando nombraban Finladia dos palabras acudían a mi mente: Educación y nieve. Tras mi experiencia finesa se produjo un cambio. Aunque he seguido manteniendo en mi memoria, por razones obvias, la palabra educación, he añadido los vocablos verde y luz como una máxima. Como expresión profunda de las tierras del Kalevala.

Las voces de Jean Sibelius y Robert Kajanus tienen resonancias verdes como las tierras que baña el lago Saimaa. La luz eterna del verano me recordó cómo pudo ser la mirada de la diosa Luonnotar, aquella a la que acude el pájaro. El origen. La esperanza.

Así, las noches eran luminosas y, aunque impedía mi sueño la falta de persianas, se promovía en mí una pulsión visceral, creadora. Un encuentro con la unidad.

Mi estancia en Oriveden Opisto Art School se desarrolló entre música y palabra. Aún recuerdo mis conversaciones con el poeta Risto Ahti Tapani: hombre menudo, de costumbres sencillas y mirada infinita. Uno de los grandes referentes de la cultura finlandesa. Pero mi contacto, más allá de los poetas y músicos con los que conviví en Oriveden Opisto, fue con los habitantes de la ciudad de Orivesi. Su carácter reservado y observador pronto dio paso a una extraversión que yo creía poco común en los países nórdicos. De esta manera descubrí, a través de sus palabras, la tristeza de los leñadores en las noches inacabables del invierno. Su frío. Ese frío interior y exterior que sólo el alcohol puede calmar. Así, ellos piensan en España como el lugar del sol, la tierra del calor y de la luz. «¿Se vive mejor?», preguntaban.

Caen las vendas y los tópicos se desmoronan.
Hay luz más allá de los muros de Suomenlinna y Luannotar refleja su rostro en un océano vacío.
Un pájaro picotea los restos de una merienda.
Todo es verde en Finlandia.
Nace la luz.

Orivesi

 

Suomenlinna

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