De poemas, viajes y fronteras, de Manuel Rico


Cada poema es un viaje, una reedición del viaje a Ítaca con el que pretendemos hacer nuestros otros lugares. O visitar otra dimensión que somos incapaces de definir salvo en el territorio escurridizo, inmune a racionalismos, de la poesía. El poema traspasa fronteras visibles, geográficas, y es capaz (siempre que encuentre al poeta-traductor adecuado) de difuminar las fronteras idiomáticas. He escrito poemas o borradores de poemas en los lugares más alejados e imprevisibles: en la remota Australia, en la Roma lluviosa de abril, en una aldea perdida de la serranía de Cuenca o en el microcosmos extraño, casi anacrónico, que, en el vértice norte de Madrid, albergan las sierras del Rincón o de la Tejera Negra. He realizado esos viajes por motivos diversos y de ellos siempre he vuelto a Madrid con notas, borradores, apuntes, fotografías: algo así como semillas de poemas que habrían de ser, a su vez, apasionantes viajes para el lector que, de manera causal o premeditada, pudiera acercarse a ellos. Vacunas o antídotos contra fronteras y abismos.

Creo, además, que las fronteras también suelen disolverse cuando son de otra naturaleza: fronteras entre géneros literarios que un mismo autor frecuenta. En mí, la poesía a veces entra en el campo en barbecho de alguna novela en marcha y, a su vez, la novela invade la tierra sembrada del poema. Y a veces una fotografía que tuvo que ver con una novela se convierte, por sí misma, en espacio independiente, único, memorable, con sentido por sí mismo. Así ocurre con la fotografía que acompaña estas líneas: es de abril de 2009. En la imagen asoma uno de los escenarios reales de mi novela La mujer muerta que, a su vez (abajo fronteras), da vida al poema «Pueblo abandonado», del libro De viejas estaciones invernales (2006).

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