El viaje, de Rafael Saravia


Paso del tiempo, vuelos que ganan horas al mundo y dejan vidas agolpadas en la conciencia del tránsito, del viaje.

Lugares que se convierten en hogar apenas uno los respira. América y su nacer continuo. Hermandad de idioma y maestra de la revolución vital. Europa y la desgana reposada. Germen e incertidumbre. Brillantez ajada y ganas de remontar su propia montaña de historia. Asia y la descendencia de todo lo interior, sabiduría y desorden en un mismo viaje.

El tiempo me aviva cada plaza pisada, cada cuenco hecho con las manos hermanas del lugar que inunda mi camino interior. El viaje se hace realidad desde la quietud del hogar. Con el ímpetu que nace en las ganas de conocer y abrazar.

No consigo deshacerme del fervor que supone el nacimiento del vuelo, la ida hacia un nuevo destino o un viejo recuerdo materializado en tierra. No consigo deshacerme del escozor apetecible que genera la ausencia.

El paso nuevo y su gente siempre me atrae, siempre genera una alianza, un disfrute en la manera de entender la condición humana.

Por ello, soy ciudadano de cada bostezo continental. Soy amante del tiempo que inventa paisajes y miradas cómplices. Soy aprendiz de lo inaudito que ofrece cada cultura nueva.

Por ello, soy viaje más allá de lo vivible. Más acá de lo leíble. Más en el centro de lo no medible. Soy raza dispersa, plural. Soy tiempo en busca de ese paso aún no pronunciado.

Brasil

 

Guatemala

 

India

 

 

 

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