[Las palabras precisas], de Julio Espinosa


XIII

 

Las palabras precisas se esconden en medio de un

bosque de falsas palabras, tal cual el efecto verdadero

se oculta en un bosque de falsos recuerdos.

 

Un poema es un lugar y ese lugar, que suele ser una casa

con su puerta, su recibidor, sus habitaciones, sus pasillos,

basta para volver a ver a los ojos a los seres

amados, que ya no viven más que en los recovecos de

otra casa llena e bifurcaciones: no la memoria, sino

su plagio.

 

Dudo, dudo siempre y muchas veces prefiero el espejismo

al oasis, caigo en la palabra muerta y no me salen otras

palabras de esta boca que no articula ningún sonido,

que a veces desconozco como propia, pero que insiste

en decir lo que se queda en el aire entre el aire que no

suena.

Este puñado de recuerdos son una mentira, la más bella

mentira, y todo lo que en ella se presiente es verdad.

 

Hay algo en el doblez de las palabras que resplandece, algo

que no se nombra, algo vegetal: el sudor de la materia

orgánica en el trópico, la marca que deja la llovizna

sobre la arena, el aroma de la nieve cuando la nieve ya

se ha ido, los frutos rojos picoteados por los cuervos

justo tras los ojos, el número trece y su fortuna:

 

la caricia del padre en la hora de la fiebre, que retorna una

y otra vez cuando es el propio hijo el enfermo.

 

Yo vivo en una casa amarilla construida por las manos de

mi padre. Vivo en una tierra que ya no existe, en un

bosque donde se lee la magia en cada piedra, en cada

hormiga, en la linde de un año que multiplica los

caminos, en una palabra arada por las manos de mi

padre. Su fertilidad cría raíces en mis dedos y su flor

aroma esta página, la que lees.

 

Porque el más bello canto no es el canto del gorrión ni la

palabra canto ni la palabra gorrión, sino el canto y el

gorrión suspendidos en el eco de un poema.

Porque el más bello muerto es el que sigue respirando en

la arruga de un papel.

 

De La casa amarilla