El miedo tranquilo, de Mariano Peyrou 1


La herencia toma múltiples caminos

y conduce a un jardín donde si hubiera

plantas, serían carnívoras; si hubiera flores,

serían artificiales; si hubiera luna, serían

dos, o varias: superficies cromáticas

adecuadas para que se adhiera lo que cada uno trae.

A su vez, uno es tan frágil

que se apodera de lo que lo rodea,

se viste, se protege. El miedo

es sin objeto, miedo a uno mismo,

y brota en el contacto, en la relación. Así,

cuando miramos a alguien a través de un

tubo ―siempre: mirar es tubo―, lo que

enfocamos es la idea de completud que emana

de su imagen, todavía, a pesar del estudio

y a causa de la herencia. Esta misteriosa

disponibilidad para la aventura y el drama tal vez haya

tomado un camino semejante.

 

Las excusas que das para acercarte

proceden de ese mismo jardín, que se encuentra

en una bóveda de piedra poblada por seres

que piensan con las manos. La bóveda rezuma

secretos vegetales y astronómicos, conceptos que se

extienden y no rozan el objeto, o no un único objeto.

Esa gruta está dentro de ti,

la oscuridad, y el farol está fuera.

Ves cómo se proyecta la

sombra de una idea, ves su contorno pero

no su contenido, su dirección y no su

meta, su silueta y no sus rasgos, notas

su peso pero no su calor, entiendes

su función y no su origen: los ecos

son más fuertes que la voz,

parece que alguien habla cuando

no dice nada,

aquí resulta difícil no mantenerse fiel

al propio personaje. Tenía

que ver, hasta ahora, con la escucha prevista,

pero en adelante la noción de cueva será

inseparable de la memoria de los ruidos

que hay dentro. Eso

tal vez sea lo peor,

no la sensación de irrealidad que

queda cuando se advierte que pasó

el momento de haberse arriesgado

un poco más y cada cosa adquiere un significado

que no se modificará nunca o mutará

de forma enloquecedora y hermosa.

Siempre un exceso de interpretación.

 

Yo no dije eso.

No, pero yo lo escuché.

 

Ahí no había nada,

sólo un movimiento mecánico,

sin esfuerzo ni emoción, que

reforzaba el sistema de valores

que pretendía combatir. Cada

cosa significa mil cosas que no

sabemos pero empujan, una hilera

de fichas de dominó, heridas

heredadas que no duelen pero modelan

lentamente nuestro cuerpo, señalan

en secreto sus límites.

Cada uno responde por las suyas, las

interroga, las ignora: la sangre

empujando desde hace generaciones, abriendo

las cancelas de las puertas pero la profundidad

de los abismos. Entonces es,

al fin, la alegría del miedo,

la ataraxia, el destino bifurcándose una

vez, otra vez, en la mente

que ahora es abismo y elevación. En

la penumbra me encuentro con

alguien. Soy yo mismo dentro

de veinte años o hace cien. Me lleva,

me acaricia, me somete. Es un corte

dulcísimo. Es el abandono. Al fin

y al cabo, el placer más primario

es el del movimiento y consiste en convivir

con el miedo a la posibilidad de detenerse.

Del columpio al astronauta, todo

se juega ahí; desde sentarse

en la hierba a esperar a que pasen

pájaros con alas blancas para medir,

de algún modo, el tiempo íntimo,

el pulso de las sensaciones,

hasta los juegos de azar como el

arte o el amor, todo está ahí volcado.

 

Es una sensación: la de mi

inteligencia, la de sus límites.

La luna es una parte de

mi cuerpo, cada planeta es una

forma de castración.

Lo no pensable nos atrae y aterra,

tiene fin. En cambio, lo pensable es

infinito, se descubre el mal que progresa

en uno mismo, dentro, tan pronto,

formando un imprevisible ecosistema,

la rana sobre el nenúfar,

o las alas, cuya función original

no tenía nada que ver con el vuelo

sino con el equilibrio térmico:

la gramática de la evolución.

Y esto también es proceso

y la decisión primera será apostar

por la fuerza o por la agilidad,

o cuestionar la tendencia a la apuesta.

Inteligencia y límites llegan para

hacernos regresar, cargados de

impurezas, junto a los

antepasados, y construir con ellos

peligros imaginarios que me atraviesan

y dan forma y energía, prohibiciones

en las que reflejarme,

algo que pueda reconocer y transgredir,

un idioma, otros gestos.


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