Canción del cosmonauta, de Javier Vela


I

 

Adelante, adelante, olvidémoslo todo,

perdamos para siempre la memoria y la herencia

como viejos seniles, adorables y anónimos cuyos ojos han visto demasiado,

a la hora en que el ángel nos anuncia entre voces festivas,

o en noches impregnadas de etanol y miseria,

torpemente acodados en nuestros pensamientos

como borrachos en la barra de un bar.

 

Crecemos como esporas atomizadas por la costumbre,

pero no hay crecimiento sino retrocesión,

materia inerte y células simbólicas.

Pero no hay crecimiento sino demacración,

luz sucia, leche amarga, mierda en los orinales.

 

Todo cuanto relumbra en torno mío posee más permanencia

que yo mismo. El invierno y su música de piscinas vacías

donde un nudo de avispas dulcemente se ahoga,

o la mano que avienta la ceniza de las últimas flores

y remueve en nosotros un olor a piano.

 

Los callejones sórdidos por donde nos perdimos,

Ofelia mía, ya nunca volverán.

Pasarán los aviones pero queda en el aire la belleza furtiva de su estela.

Pasarán los amores pero queda un aroma de mujer en el baño.

 

Eres como el tapón del infinito.

Mujer que trae la lluvia, y el canto alegre de los padres huérfanos.

Aún estamos a tiempo de nunca dispersarnos por caminos duramente asfaltados.

Ahora que la mañana se restriega los ojos y deletrea mi nombre

con labios extranjeros, salgamos ahora, Ofelia, a conjurar el llanto.

 

En la calle hace frío y alguien hunde un cuchillo

en el vientre vacío de un joyero.

Narcos en liza y putas y chaperos, cada cual a lo suyo,

nimban la baja noche de gritos imprevistos. Es la hora en que el niño

mancilla su inocencia y el aire se oscurece de toses y de grillos.

Bajo el tartamudeo de las farolas, solitarios vigilantes jurado

postergan su relevo mientras hojean la prensa deportiva

con gesto de añoranza. En los pasillos de las autoescuelas,

señoritas demasiado reales juegan a intercambiarse

sus sombreros de fiesta, y en los jardines públicos

jóvenes asexuados interceptan volúbiles señales del abismo.

 

Cada quien ha dispuesto su labor y su vida

como un tarro de orugas memoriosas,

con su horario de dígitos iguales a sí mismos

y esa inercia implacable de escaleras mecánicas en lo hondo del pecho.

Solo yo, que camino entre ellos, que me parezco a ellos y me llamo

Javier humanamente, me detengo a observarlos

como a un charco de sombra derramada en los muros,

como a una escurridiza salamandra en los muros,

con esa ardida vocación de humo enroscado en mi cuerpo.

 

¿Y recuerdas Ofelia cuando te sofaldaba en mañanas de luz anaranjada?

Pero tú me gustabas. O al dejar una mano olvidada en la silla

en la que ibas tímidamente a sentarte.

 

Ah este afán imposible por abarcarlo todo,

por amar a cada mujer y cada pájaro.

Hemos andado en círculos hasta llegar a casa.

Cuántas lunas y cuántos resplandores y cuántas tempestades

todavía nos faltan para ganar el puerto de las madres en vela.

 

Adelante, adelante, que la memoria sea como un recién nacido

que añora una existencia embrionaria y amniótica,

a la hora anodina del café a media tarde con terrones de azúcar y sopor infinito,

en la extinción del sueño y el fuego de la acción.

 

Regresemos a casa como niños perdidos,

como el hijo de Anquises regresara a la patria de sus antepasados,

dándole un nuevo nombre a las tierras lavinias,

y olvidémoslo todo, la muerte y aun los dioses,

y el viento, siempre el viento y su lenguaje de hojas caídas.

 

 

II

 

Tengo una edad abstracta fosilizada en mi corazón.

Mis años son imágenes, son idos, son imágenes

que prenden en el sueño y se diluyen en la cuchara de la eternidad.

Como puños cerrándose, como venas que laten y se hinchan

bajo el calor eléctrico, así eres, hermoso caballo de la noche,

cuerpo tallado en luz, ego del alba.

 

El mundo ya era viejo cuando tú aún eras joven

y los dioses bajaban a comer a mi mesa.

Ahora tu voz de ánade enjaulado cimbrea en las ventanas

como una lluvia seca o un truco de payasos metafísicos.

Pero no basta, Ofelia, ni tu cuerpo en un río suavemente inclinado,

ni tus ojos que brillan como el anillo de las floristas

o el guiño de los francotiradores, ni tus ojos que giran

como el tornillo de los planetas o la vajilla de los monarcas.

 

Ah solitaria, ebúrnea peregrina, en tus manos anidan

los acróbatas. Eres gozosa y cínica

como templar hormigas con fósforos dormidos,

como tender un cable de belleza entre torres gemelas

mientras que la razón se defenestra.

 

Volvámonos, urjámonos, a prisa regresémonos

como regresa el mar en cada ola, y no es el mismo ya pero es idéntico.

Perdamos la ironía, la sonrisilla fúnebre de los desencantados en el amor y el odio y el fracaso.

Dios expropió la tierra solo para nosotros,

humanos, fragmentarios, nuevos ancestros de la vieja horda.

 

Amiga nemorosa, lejana mía, vuelve.

En mi cuerpo he vivido y en el tuyo

me he quedado a vivir. Tu nombre perseguido está grabado

en la corteza arbórea del recuerdo. Tuya la voz de Dafne,

el silencio de Eurídice, la prisa de Atalanta. ¿Por qué huyes?

 

En ti viven los labios de Marisa Madieri, los pómulos

de Anne Sexton, los ojos tristes de Simone de Beauvoir.

Pero no te detengas a recoger manzanas,

Angélica, Oriana, Dulcinea. Muda Beatriz, ¡regresa!

Sabe que, de entre todas, a ti te elijo, Ofelia, sirena de agua dulce

en cuyo pecho siento latir el universo, para fundar mi estirpe.

Yo escalaría mil veces las murallas de Nínive

por verte amanecer. Amo la medialuna de tus uñas

en que la noche empieza, tu risa nigeriana,

y el lago de tu ombligo donde acampar solía.

 

Adelante, adelante, cerremos la ventana para inhalar el humo

polvoso del olvido, su languidez hipnótica,

su paz ―sueño de ángeles―, su voz de mansedumbre.

(Sin que la luz velase nuestra imagen,

mirábamos danzar, así desnudos, un bodegón de sombras polimórficas

a lo Juan Gris, mientras, en las paredes, la oscuridad trepaba

sin monedas, y en la pantalla ardía lo real).

 

Y ahora ¿a dónde iremos?

Como un temblor de sombra tus labios me consuelan,

en tanto que tu lengua, tierna como un exilio de panteras,

aguza mis sentidos, pero luego te alejas por la acera contraria

llevándote contigo la verdad de la tarde,

la verdad nebulosa de la calle sin ti.

 

Cruzas el arco de la librería como una osa lunar que se guarece

bajo la nieve sucia del recuerdo. Allí todo es seguro, y hay banderas,

y hay guantes de mendigo colgando de un paraguas.

Tu acento viridiano da sueño a los ociosos,

valor a los escépticos, ánimo a los cansados de fanfarrias marciales.

Y hay anclas en el techo de las que penden islas navegables,

y mapas incompletos y páginas impares

donde la muerte exhibe su muñón obsceno,

aunque por suerte tú no estás en ellas.

 

Mujer, que te interpones entre tu idea y tú misma,

reloj de lo infinito, te amara yo en el tiempo de los condicionales.

Aún oigo tus gemidos entre mis almohadas, cercano el apogeo.

Con qué tacto de luna o seda líquida se desleía tu sexo entre mis dedos,

y el cepo de tus piernas, y el adormecimiento de tu ropa interior,

y tus senos ungidos como soles de marzo.

 

Mujer, himen de niebla, te detesto, te amo.

 

Cuando seas vieja y tengas

las uñas largas y la boca espesa, y los pechos dulcemente caídos,

aún entonces, Ofelia, te seguiré esperando.

 

De Ofelia y otras lunas, 2012