Sueño en el campo nudista, de Ida Vitale


En Jungborn, en el Harz,

hay colinas y un prado,

y en lo verde, cabañas.

Con cautela, Kafka abre la puerta de la suya.

No le agrada la idea de ver aproximarse

algún cuerpo desnudo

de los que a veces pasan.

Bajo la poca luz, hay tres conejos

que lo miran, quietos.

¿Adustos? Vienen quizás a reclamarle,

a él, que está vestido, la intromisión

de lo innatural en lo natural:

gente desnuda junto a castos conejos,

arropados en su pelaje suave,

«variegati» diríamos, si ellos fuesen

tres plantas que han optado por moverse,

pero por un segundo estarán quietas.

El aterrado Kafka olvida sus pulmones

y entra a soñar mi sueño.

                                                                Inédito

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