El arte del fragmento: notas en torno al aforismo, de Eduardo García


I. Algunas islas sumergidas (a propósito del género)

 

Imagen, símbolo, metáfora: pensar con la mirada.

Los aforismos son al ensayo lo que el poema a la novela río: escaramuzas de la palabra, teselas de un mosaico incompleto. Para un pensamiento en tránsito más vale una red que una muralla. Puntada a puntada va tejiéndose un tapiz sin orillas. Discontinuo, en proceso: quebradas superficies en donde se reflejan las aristas de una estallada identidad.
    Al final nos aguarda un archipiélago; no una pirámide de piedra. Un vivaz ecosistema; no una catedral.

Reavivar las fuentes, en donde poesía y pensamiento brotaban enlazados.
    Red de senderos que se cruzan. Palabra nómada, desplegándose en imágenes.

También los símbolos invitan a pensar. Pero sus ecos proliferan, abriendo sendas divergentes.

Las certezas, humildes, nos sonríen. Las soberbias verdades dan demasiado espectáculo para no tener nada que ocultar.

Veloz viaja el ingenio, su equipaje repleto de prodigios.
    Pero vuela en círculos, como el buitre. Son las palabras muertas su carroña.

Quien nada afirma queda bien con todos.
    Pero en vano desenfunda las palabras.

Una ágil levedad. Aguijón del pensamiento para despertar a la luz de otra mirada.

El aforismo es un turbio fogonazo. Nunca alcanza a explicarse. Pero quema.

Bajo la superficie de las cosas, su reverso.
    Ir al encuentro de las islas sumergidas.

 

II. Cuaderno de bitácora

 

La poesía me condujo al aforismo. Filósofo por profesión, poeta por vocación, el amor a la palabra y la pasión del conocimiento alegraron mi juventud. Mi vida desde entonces ha sido un continuo ir y venir entre ambas laderas, tan divergentes como complementarias. Es cierto que el poeta acabó por ganar la partida, pero no lo es menos que algunas intuiciones filosóficas irrigan con su savia mi escritura. Hace ya cerca de una década saldé mis deudas con la filosofía publicando un ensayo en donde me propuse fundir ambas vertientes. Una poética del límite desarrollaba una interpretación de la poesía a la luz de las ciencias humanas, el psicoanálisis y el pensamiento contemporáneos, al tiempo que aventuraba un vasto territorio poético a colonizar para el siglo XXI. Al concluir la primera versión del libro descubrí que no bastaban, para dar cuenta de mis intuiciones, ni el coro de poetas y pensadores allí convocados ni la compleja trama argumental. El manuscrito lucía impoluto como un cristal de cuarzo. Pero pedía a gritos poesía, imágenes simbólicas, juego de lenguaje. Dos años dediqué a inflamar aquella tersa red de conceptos con metáforas y símbolos. Se trataba de poner en escena el pensamiento, trascender el seco discurso racional. Lo que por entonces no pude prever es que esas capas sucesivas de intuición poética con que revestí los argumentos de mi ensayo acabarían por reclamar su propio territorio.

El libro tuvo una buena acogida. Circuló bastante entre los jóvenes poetas. Sin embargo, al cabo del tiempo descubrí que mis necesidades teóricas se habían remansado. Una poética del límite cerraba una página en mi evolución. Una vez que logré que el filósofo diera cumplida cuenta del origen y alcance de los imprevisibles vuelcos de la inspiración, el poeta pudo disfrutar de un renovado territorio para entregarse, sin brújula ni red, a su pulsión creativa. Era natural que me abandonase por entonces la necesidad de desvelar mi concepción de la poesía. Pero el pensamiento seguía hirviendo en mí, buscando un cauce por el que aflorar en el lenguaje.

Brotaron, entonces, mis primeros vacilantes aforismos, nacidos de las mismas fuentes que aquellas metáforas que habían acudido a dar vida a las ideas de mi ensayo. Y, sin embargo, poco a poco sintieron la necesidad de irse despojando de su remoto origen discursivo. A fuerza de depurarse, los fragmentos iban encontrando su propia atmósfera, su timbre y su cadencia, su justa entonación.

Pronto intuí que se trataba ahora de evitar la totalidad de la tramoya conceptual: aprender a dar a luz un pensar poético, a fuerza de vislumbres, dispersos fogonazos. Un pensamiento plástico, no discursivo: la lúcida intuición encarnada en imagen. Un pensamiento fragmentario: el dardo en la diana, no la cadena argumental. Un pensamiento de la analogía: tras las huellas de la poesía romántico-simbolista. Remontar las fuentes hacia los orígenes del pensar, cuando las orillas entre mito y logos permanecían permeables entre sí.

Deben mis aforismos a mi trato sostenido con la filosofía un permanente estado de alerta frente al tópico biempensante, así como una guerra declarada a ese lobo con piel de cordero que se hace pasar por «sentido común». Al fin y al cabo, no hay genuino pensamiento sin el noble ejercicio de la sospecha frente a la dictadura de lo consabido. Siento mío el común afán de aforistas y filósofos por desenmascarar el engaño que acostumbra camuflarse bajo las presuntas verdades de la tribu, la manzana envenenada del prejuicio, el doble fondo que a menudo subyace en la opinión común. Pensar es, entonces, quitarle al lenguaje la mordaza, arrancarnos la venda de los ojos para vislumbrar por un instante el oculto semblante de los ídolos de la época.

En la práctica del género se me fueron revelando día a día sus secretos. Así descubrí, antes de nada, cómo acechan al aforismo dos peligros antagónicos. Por un flanco, el erial de la vaga ilustración de ideas; por el otro, el precipicio de la pirueta del lenguaje en el vacío. En el primer caso, el texto nace muerto, incapaz de remontar, al servicio del concepto que designa. El fragmento se agota en la idea, sin revelarnos otra dimensión. En el segundo, apenas asistimos al oropel de las palabras, los señuelos del ingenio, ese vulgar prestidigitador que desconoce los dones de la magia. La retórica y sus juegos de manos podrán entonces, a lo sumo, arrancar una sonrisa, pero sin despertar una mirada inédita, aletargada la repentina chispa de la revelación.

No hay idea, por brillante que sea, que justifique a un aforismo incapaz de alzar el vuelo en el lenguaje. Pero el simple juego de palabras, el ingenio complaciéndose en sus malabarismos, yerra el blanco de antemano al renunciar al don de la mirada. Ni pensamiento sin palabra, ni palabra sin pensamiento: el aforismo aspira a hacer brotar la intuición en el seno mismo del lenguaje. Tal es su alta empresa, tal su extrema dificultad.

He de confesar que, al comenzar esta aventura, no calculé en su justa medida el altísimo grado de depuración al que nos aboca el género. Si bien la poesía requiere exactitud, su ritmo nos invita al despliegue de imágenes y símbolos. La voz poética tiende a escenificar su fantaseo, reclama un espacio por delante a fin de ir desarrollando una atmósfera. Un verso llama a otro verso, y así sucesivamente, hasta que va articulándose la composición camino de un final. En el aforismo, por el contrario, apenas hay prosodia en la que fluir. Se opera en dirección contraria: menos es más. Apenas hay excepción a esta ley. Cuanto puede expresarse en dos palabras no ha de formularse en tres. Encuentra, pues, el género su atractivo en una rigurosísima concentración de lenguaje. La capacidad de generar sentido con apenas unas líneas hace que éstas pocas supervivientes destellen en la página como piedras preciosas.

El aforismo juega, pues, a una sola baza: provocar en el lector la sensación de encontrarse ante un puñado de palabras necesarias. El sueño de un aforista consiste en dar a luz un fragmento memorable, destinado a perdurar. Al fin y al cabo, lo que se espera de él es esa impresión de encontrarnos ante una secuencia de palabras de tal rotundidad que no sea posible el más mínimo cambio sin arruinar todo el conjunto. En ello se parece al buen poema: la sensación de necesidad. El fragmento ideal será aquél en el que cada término vale su peso en oro, de modo que ninguno suene prescindible o intercambiable a ojos del lector. Para cercar tal grado de acendramiento es preciso prescindir de cuanto lastre nos salga al paso. Aquilatar el lenguaje hasta confiar a la página apenas cuanto baste a sugerir entre líneas. Sin rendir cuentas nunca; sorteando la cadena argumental. Un aforismo no se escribe, se cincela. Pero con la levedad del pájaro, no con el tesón del artesano.
Sugerir, no decir: tal es la ley tácita del género. Si el ensayo aspira a delimitar con precisión el recorrido, invitándonos a un preciso itinerario, el libro de aforismos incita al lector a aventurarse en un vasto laberinto de palabras. Así pues, la clave del género reside en su peculiar aportación al plástico discurrir de la analogía, su dimensión simbólica, su capacidad —en suma— para interpelarnos al borde del precipicio del lenguaje. En definitiva, el arte del fragmento nos complace en la medida que abre a su paso sendas a la interpretación. El didactismo y el exceso de claridad acaban por arruinar al aforismo, forzándolo a escorarse hacia lo obvio. La sugerencia, por el contrario, la apertura de horizontes al sentido, revela su campo de operaciones natural. Un espacio de libertad en donde sentar bajo los focos los prejuicios de la tribu. Una red de senderos divergentes por donde internarse a renovar nuestra mirada.

 

Córdoba, 1 de febrero de 2014