Huellas de lo íntimo: del aforismo poético, de José Ramón González


Son muy pocos, si es que alguno, los estudiosos que se atreverían hoy en día a negarle al aforismo su condición poética, o, cuando menos ―y esto en el caso de que se opte por una formulación más prudente y precavida―, su estrecha ―su íntima y peculiar― vinculación con la poesía. Para muchos autores hablar de poesía y hablar de aforismo viene a ser lo mismo, ya que este último parece transitar abierta y libremente por el territorio de lo poético, y comparte con la poesía destino y prestigio. Sin embargo, esta afirmación, con la que no cabe mostrase en desacuerdo, exige también, y de inmediato, una explicación más detallada y precisa. Para despojarnos del lastre de lo obvio ―telón de boca tras el que se oculta la complejidad de lo real―, debemos preguntarnos en qué consiste esa relación privilegiada y cuáles son las características comunes sobre las que se apoya, con más o menos éxito, la equiparación comparativa. Porque basta echar la vista atrás para comprobar que no siempre el aforismo ha estado del lado de la poesía, y que la propia noción de aforismo poético es relativamente reciente. La máxima clásica, que alcanzó su plenitud en la época de la Ilustración, buscaba enunciar verdades de validez universal a las que el sujeto había llegado a partir de la observación y la experiencia, o mediante un personal ejercicio de virtuosismo racional, pero esta fórmula comenzó a evolucionar muy rápidamente a partir del Romanticismo y, a lo largo del siglo XIX, irá inclinándose cada vez más hacia lo subjetivo y lo parcial, concretándose en enunciados menos tajantes y más dubitativos en cuanto a la verdad apresada, aunque no menos rigurosos ni exigentes en lo que atañe a su particular construcción lingüística. En este proceso, el aforismo entrará a su vez en resonancia con el fragmento poético, que adquiere fuerza desde principios de siglo y, en ese encuentro, ambos géneros se con-forman. El resultado será, en el territorio del aforismo, el surgimiento del moderno aforismo poético, que mantiene las características propias del modelo tradicional ―brevedad, aislamiento textual, agudeza―, pero a las que se sumarán, como señala Stefano Elefanti en un reciente trabajo sobre la evolución del aforismo italiano a lo largo del siglo XX, nuevos rasgos, como la intensa subjetividad, la precariedad y el empleo de una prosa lírica y sugerente, muy alejada del tono perentorio, seco, resuelto y directo propio de la máxima clásica.

     El texto aforístico, al igual que sucede con el poema, se ofrece como instrumento de exploración que abre nuevos territorios o que propone nuevas rutas ―nuevas visiones y perspectivas― sobre territorios ya conocidos (descubre o redescubre, pero no habla nunca de lo ya sabido). Seguirá siendo un mecanismo de precisión, perfectamente ajustado, en el que las piezas que lo componen ―las palabras― deben percibirse como sometidas a un plan constructivo implacable que no admite variaciones (por eso, un buen aforismo, como un buen verso, no pude ser parafraseado ni puede ser prolongado sin merma), pero al mismo tiempo aspirará a comprometer al lector en un juego que no es de mera aquiescencia, sino de activa creación (o poiesis), y en el que no hay previsto o anticipado un resultado único y unívoco. El sentido se apoya sobre las palabras, pero, como sucede en el texto poético, propiamente adviene, sucede o emerge en el proceso de lectura, en un instante de revelación (epifanía). El texto traslada una sensación de inminencia ―algo está a punto de suceder― y se ofrece como un haz efímero de luz que, puesto que sabemos que no puede durar, reclama una intensa atención. El lenguaje, por lo tanto, más que decir apunta o señala, es un mero índice (¿un indicio?) incoativo que sugiere la vía de un hacer o de un recorrer, sin fijar un punto de llegada (porque es más bien un punto de partida). Por eso es un texto abierto y sin pretensiones que podemos imaginar como una partitura, concebida en última instancia como mera indicación para ejecutar/construir la obra. El texto aforístico sugiere o propone y es una invitación que compromete vivamente al lector.

     Por otra parte, conviene entender la subjetividad propia del moderno aforismo poético, de la que tanto se ha hablado, como subjetividad actuante, viva, conciencia en movimiento y en proceso. No se trata de una intimidad cosificada, convertida en objeto de observación y análisis, sino de una conciencia en relación con el mundo y con sí misma. Hay muchos aforismos que hablan del yo más íntimo, pero incluso aquellos que no lo hacen desvelan el yo que actúa en su encuentro con los otros, con lo otro. De ahí el intenso lirismo de muchos de nuestros modernos aforismos, que son huellas y rastros de intimidad.

     Si a los rasgos ya mencionados les sumamos otros, que ya estaban implícitos en ellos ―o que en parte se solapan con ellos―, como los de tensión ―lingüística y semántica―, intensidad expresiva o densidad significativa, estaremos en condiciones de entender que en el aforismo, al igual que en la poesía, se juega con los límites del lenguaje, poniendo a prueba ―ensayando― la capacidad de la palabra y de los mecanismos lingüísticos para sondear la realidad.

     En definitiva, el aforismo poético, producto de la modernidad, recoge y hace suya la tradición sapiencial, pero, al mismo tiempo, se inclina con fuerza hacia lo lírico y opta por potenciar un lenguaje sugeridor, reticente, buscadamente abierto e insuficiente, porque sabe que en ese decir a medias reside su fuerza y su potencia comunicativa. Como afirma Elefanti, se trata de una forma mixta que se muestra «útil como un precepto y evasiva como solamente la poesía sabe serlo». En él se funden lo mejor de las dos tradiciones, y el interés que despierta entre las nuevas generaciones de escritores pone de manifiesto la vigencia de una fórmula en la que se cifran algunas de las claves de nuestra modernidad estética.

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