Del aforismo a la poesía: una ficción de no-ficción, de Erika Martínez


Poesía y filosofía abonan, en diferentes dosis, el suelo del aforismo contemporáneo. De este doble nutriente depende su identidad genérica, pero también ―como señala Manuel Neila― cierto conflicto de filiación: el aforismo incomoda a la filosofía por su vuelo figurativo y a la poesía por su afán gnoseológico. Transitando de una a otra, cultiva su vocación de frontera, como hace a su manera el microrrelato. Ambos géneros comparten, además, una relación inversamente proporcional entre la clausura de su formulación y la apertura de sus sentidos. Igual que una pinza de la ropa, cuanto más aprietas un aforismo, más se abre. Quizás dicho aliento paradojal explique cómo, siendo su discurso taxativo, puede repudiar al mismo tiempo las verdades absolutas.

     En su ensayo Las miniaturas modernistas: instantáneas literarias de espacios urbanos (2010), Andreas Huyssen subraya la dificultad para definir lo que él denomina como «antiformas», miniaturas literarias que «se oponen a las leyes del género tanto como a la filosofía sistémica de la sociología urbana y que traspasan los límites de la poesía, la ficción y la filosofía, entre el comentario y la interpretación, entre el lenguaje y lo visual». Una de ellas es, sin duda, el aforismo contemporáneo, que comparte con el Denkbilder benjaminiano su capacidad de captar y fijar instantáneamente la imagen de una idea en el tiempo. O incluso de materializar, como diría Blanchot, la propia ausencia de tiempo. En tanto que discurso fragmentario el aforismo tiene una proyección escatológica: es, como diría Blanchot, la voz del último.

     Resumiendo mucho, podría decirse que un aforismo es un texto en prosa extremadamente breve, de carácter gnómico, no narrativo y no ficcional. A estos rasgos de carácter genérico, podríamos añadir otros de tipo discursivo, como su tendencia a la discrepancia (semántica, formal, poética, ideológica, espiritual, sensible, filosófica), al humorismo, a la agudeza, a la elipsis, el efecto sorpresa o la discontinuidad. De todos los rasgos expuestos, puede que la coordenada de la ficción sea quizás la más conflictiva. ¿Es un aforismo ficción? La caracterización tradicional del género lo niega, ¿pero qué sería eso que no es un aforismo? ¿Qué significa ser ficción? Si acudimos a la ayuda del DRAE, el vocablo posee tres acepciones:

1. Acción y efecto de fingir.

2. Invención, cosa fingida.

3. Clase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios. Obra, libro de ficción.

     Las dos primeras acepciones parecen directamente válidas para el aforismo, que es producto de la invención y del fingimiento como toda obra literaria (la literatura no es verdadera sino verosímil: en ella tiene lugar una alianza entre retórica y poética destinada a impactar en la realidad humana). La tercera acepción, sin embargo, resulta parcial al señalar que las obras de ficción son «generalmente narrativas». Lo cual quiere decir que las obras «que tratan de sucesos y personajes imaginarios» no son siempre narrativas. ¿Qué otras obras son, entonces, ficticias? ¿En qué medida? La ambigüedad del DRAE es una muestra más de la confusión que rodea al término y del anacronismo en el que incurre la propia definición, inoperante para juzgar la literatura tal como la entendemos desde hace décadas: con una frontera muy difuminada, no ya sólo entre los géneros, sino incluso entre ficción y no ficción.

     En todo caso, para aclarar el origen de esta confusión, puede resultar muy útil acudir a la poesía, género literario cuya no ficcionalidad es igual de controvertida. Tanto el género poético como el aforístico padecen con frecuencia una caracterización lastrada por la herencia romántico-idealista, en virtud de la cual la carencia de personajes explícitos es interpretada de forma reductora como la existencia de un solo discurso y una sola voz identificada casi automáticamente con el autor. Autor al que, por cierto, suele presuponérsele una sola voz. Pero la poesía no es, como se ha repetido tantas veces, la expresión del yo esencial del poeta o de sus sentimientos; tampoco su comunicación a los otros. Su variedad discursiva es similar a la del resto de géneros literarios: la primera persona lírica funciona como el monólogo de un único personaje atravesado de registros, lenguajes y voces ajenas. La poesía construye una ficción de subjetividad y esa ficción es la puerta de entrada de lo que podríamos denominar en términos bajtinianos dialogismo.

     El yo de un aforismo es un disfraz capaz de apropiarse de la voz de otros en la misma medida que un poema: no hay arte sin distancia. Pero, entonces, ¿es ficción un aforismo? Quizás, igual que un poema, un aforismo sea una ficción de no-ficción. Conviene en este punto acordarse del «Madame Bovary, c’est moi», respuesta de Flaubert que es aplicable a la naturaleza de toda obra literaria. «Pienso, luego miento», escribió Bergamín en La cabeza a pájaros. Un aforismo o un poema no son más autobiográficos ni más honestos que una novela, pero fingen serlo. Y es en ese fingimiento, en esa ficción autobiográfica donde descansa su pacto específico con el lector. Mucho más lejos llega el siguiente aforismo de Carlos Marzal: «Lo que habla en mí no soy yo, ni deja de serlo. Es lo que hace conmigo lo que yo hago con el lenguaje».

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