Lo breve interminable. El aforismo y la escritura poética, de Carlos Marzal


Tengo la sospecha de que pronunciar una conferencia sobre el género aforístico entraña en cierta medida una contradicción, por no decir que supone un sacrilegio. El aforismo es el reino de la brevedad, de la síntesis, de la concentración. En aforística ―si es que podemos llamar así a la costumbre de reflexionar por breve―, la sentencia que tiene siete palabras dice mejor que la que dice con ocho, y así en orden descendente. (El aforismo mágico, el Aforismo con mayúscula, que duerme su sueño conceptual en el paraíso de las ideas, es el que se formula con una sola Palabra, también con mayúscula: es el aforismo imposible, el colmo del aforismo, su antonomasia). Las conferencias, sin embargo, pertenecen al ámbito de lo extenso, que es en realidad, por comparación, cualquier género que no sea el aforístico. Las conferencias, por muy ajustadas que sean, por muy bien medidas que estén, por muy sintéticas que se pretendan, siempre son una demasía con respecto a la búsqueda de lo mínimo, con respecto a la aspiración de significar con apenas nada.

     De manera que el aforista aficionado que hay en mí se siente un traidor a su código de honor aforístico al disfrazarse de conferenciante y tener que parafrasearse durante más tiempo de lo debido. En buena ley, digámoslo con una rotundidad aforística, la mejor conferencia sobre el aforismo es un aforismo que valga por una conferencia.

     Si yo fuese un performer de la aforística nacional, y tuviese menos respeto del que tengo por el género y por los espectadores (sobre todo a esta hora taurina de la tarde, en que hay que tener mucha moral para venir a escuchar conferencias, si no es que a uno lo obligan con las mil y una formas que existen para obligar a un espectador a escuchar conferencias), si no tuviese algo de esa alta virtud conocida como vergüenza torera, digo, me callaría, diría que ya he terminado y que eso es todo lo que tengo que decir al respecto, para no cometer perjurio con el género literario que trato de cultivar.

     Pero el caso es que, insisto, ni soy ―no sé si para bien o para desgracia de los espectadores― un performer ni me considero nieto cercano de los primeros surrealistas, en especial de Salvador Dalí, aquel extraordinario botarate de la cultura del siglo XX, quien fundó hace ya mucho tiempo la variedad aforística de la conferencia, o viceversa, la variedad conferencística del aforismo, cuando dijo en cierta ocasión ante su público: «Voy a ser tan breve que ya he terminado».

     Yo no voy a ser tan breve, porque no he terminado; pero trataré de no alargarme más de lo debido, porque bien podría no terminar nunca. Hablar del aforismo es como hablar de poesía, como hablar de filosofía, como hablar de la ficción: el cuento de nunca acabar. Lo que no cabe ni en un aforismo ni en una conferencia. Ni en todos los aforismos del mundo, ni tampoco en todas las conferencias que se pudiesen pronunciar.

     Se me ocurre que la herejía de lesa patria aforística no es sólo formal ―no tiene que ver tan sólo con la medida, con la extensión―: también es de índole conceptual. Porque pronunciar una conferencia acerca del aforismo supone por obligación tener que definirlo, y tener que definirlo debería significar que uno sabe a ciencia cierta en qué consiste. Sin embargo, no es así: no albergo una teoría sobre el género, no sé con certidumbre cuáles son sus fronteras (si es que las tiene), soy incapaz de enunciar sus reglas de composición. Entiendo el aforismo como una práctica más de la absoluta libertad de la escritura, como una variedad más de la libertad absoluta del pensamiento cuando se entrega a su propio discurrir.

     Ahora bien, entiendo que, llegados a este punto, y una vez aceptado el encargo de tener que hablar acerca del género breve, sería escurrir el bulto más de la cuenta el hecho de no intentar alguna forma de descripción, a pesar de todo lo dicho anteriormente. Digamos, pues, que mi acercamiento a una posible definición, o a varias definiciones a la vez, significa una manera de sobreponerme a mi falta de argumentos para definir el género. No se trata de una excusa, sino de una evidencia que suena como tal ―como una excusa― en el momento mismo de estar enunciándola.

 

     Los escritores somos, en buena medida, no sólo individuos que observan el mundo desde la atalaya de sus propios ojos, sino seres asombrados de tener ojos propios desde cuya atalaya observarse a sí mismos como individuos. Escribir es una manera de analizarse, de psicoanalizarse, de construirse, de fundarse, de descubrirse, de comunicarse, de averiguarse: de todo eso y de casi todo lo que queramos añadir a esta lista. Lo bueno de la literatura es que permanece inmaculada frente a todos los intentos de definirla, de acotarla. La literatura es, sobre todo, todo aquello que no sabemos decir sobre la literatura. La literatura es, especialmente, todo aquello que hacemos mientras no tenemos la obligación ni la necesidad de definirla.

     Si digo esto es porque, en el ejercicio escrutador de mí mismo que entraña lo que escribo, he observado que el aforismo es una de las maneras habituales en que trabaja mi mente. Tal vez la manera más propia en que suele afrontar la tarea que podríamos denominar el pensamiento. Ignoro si esto se ha estudiado, si se ha dicho antes o si resulta una obviedad. No sé si les ocurre igual al resto de los mortales. Pero creo que no voy muy desencaminado con respecto a mí mismo en este apunte de autoanálisis, de autoexploración. Pienso en aforismos, la mayor parte de las veces. Creo que el mecanismo que rige mi cabeza es de naturaleza sentenciosa: obra por máximas; es decir, por destellos, por enunciados que tienden a contener una idea completa, cerrada en sí misma, autosuficiente.

     Ya digo que no sé si esto es una sospecha de carácter exclusivo o un proceder natural de todas las mentes, y que ya ha sido estudiado por la psicología hace ya mucho tiempo. En cualquier caso, es la primera vez que lo pongo por escrito. Aunque ya tenía escrito un aforismo que rezaba del siguiente modo: «Pienso en aforismos, y algunas veces me parafraseo».

     Con ello no quiero decir que todo pensamiento me sobrevenga bajo especie de aforismo, ni mucho menos que todo pensamiento que me sobrevenga bajo especie de aforismo constituya un aforismo. Y ni muchísimo menos que, cuando ocurre todo lo anterior, el resultado sea un buen aforismo. Trato de explicar y explicarme cómo creo que trabaja mi mente por lo común, y no sólo cuando trata de escribir. Me parece que tengo un flujo mental de naturaleza aforística, un proceder intelectual que opera por enunciaciones de ese tipo. Desconozco si esto es más habitual de lo que me figuro o si se trata de una anomalía (una más de las tantas anomalías en que yo consisto).

     El razonamiento, el hilo discursivo de un texto extenso, su necesidad de coherencia interna, de desarrollo estructural, de vinculación entre sus partes es, desde el punto de vista psicológico, un artificio siempre, una violencia que nos impone el género de escritura que afrontamos, que nos imponemos al afrontar ese género de escritura. El acto de componer un artículo, un reportaje, el capítulo de un ensayo, escribir una conferencia representa para mí un acto absolutamente antinatural (como les sucede a todos, por otro lado), y no sólo desde el punto de vista ―llamémoslo― físico (porque debemos obligarnos a ello, forzarnos a estar sentados, a empujar el texto hacia su destino: escribir no es una función biológica), sino que también es antinatural (y esto no sé si a todos les sucede) desde el punto de vista psíquico. Mis textos más extensos son las paráfrasis, los circunloquios de ocurrencias breves, de máximas mínimas, de adagios privados.

     Si me paro a pensarlo, no me parece descabellado afirmar que mis poemas han nacido y nacen, en buena medida, de ese modo: a partir de un enunciado sentencioso que está sometido a un ritmo interno, es decir, a una música de lo sucesivo y, a la vez, de lo simultáneo, de lo que nace obligado y también libre en su caminar: lo metódico y a la vez fruto de la inspiración, lo sometido a un esquema y al mismo tiempo nacido del capricho del creador. Música pensada, ideas que revolotean alrededor de un eje de carácter acústico. Como si una melodía y un vislumbre de naturaleza conceptual tratasen de llevarse a buen puerto en compañía, como si procurasen apoyarse mutuamente para darse a luz, para terminar siendo lo que termina por ser un poema. Una canción que escarba en las ideas, mientras las ideas hurgan en la canción. Algo así creo que me sucede a menudo, cuando me embarco en la escritura de un texto poético.

     El aforismo, pues, tiene en mí una vinculación directa con la poesía, al menos desde el punto de vista compositivo, pero creo que no sólo desde él. La mirada con que observo los dos ámbitos ―poesía y aforismo― tiende a situarlos en territorios muy próximos, con fronteras que se confunden con facilidad, con características compartidas en ocasiones, con rasgos de familia que me los vuelven muy cercanos. El subtítulo de esta conferencia así lo sugiere: el aforismo y la escritura poética. Pero ¿en qué sentido considero que el aforismo está emparentado con la poesía?

     Tengo la impresión de que la aforística y la poesía son dos maneras de entender el ejercicio de la literatura, teniendo como principio básico la búsqueda de la intensidad en el lenguaje. No se trata de que el aforismo deba aspirar a una cierta condición lírica, ni de que el poema pueda, si lo cree conveniente, perseguir la profundidad filosófica, la hondura conceptual. Es más bien que uno y otro procuran, cada cual con sus reglas propias, cada cual con sus limitaciones y virtudes, aquilatar el lenguaje, comprimirlo, alquitararlo, para conducirlo hasta el extremo del decir, hasta el final de la significación. La poesía es, entre otras cosas, la extremosidad en lo verbal, la prueba máxima de lo que se puede alcanzar, en el universo del lenguaje, con las herramientas del lenguaje mismo. El aforismo también (al menos en mi mirada de aficionado al género) significa la demostración de cómo se puede formular la mayor cantidad de pensamiento con el menor número de recursos verbales posibles. Aquí también tendría validez el famoso aserto de Mies van der Rohe: less is more, menos es más (que constituye también toda una conferencia acerca del proceder del género breve).

     A su modo, pues, el aforismo también es otra extremosidad, otra criatura nacida de la tensión permanente entre nuestras ideas y nuestros recursos para expresarlas. El aforismo también se impone a sí mismo, como la escritura poética, una serie de limitaciones, una serie de reglas, una serie de pautas que representan, a fin de cuentas, los límites de su libertad. Así como el ritmo, la rima, la condición estrófica acaban por suponer los pilares con que el poema, restringiéndose, adquiere su propio espacio, el aforismo halla en su concisión y en su poquedad toda su eficacia.

     En cierta manera ya he cumplido con algo de lo que he hablado más arriba: algunas posibles definiciones del aforismo. Pero seamos un poco más rigurosos. Ordenemos dichas definiciones y expliquémoslas.

     Entiendo el aforismo como un pensamiento formulado de la manera más breve posible. Con ello pretendo delimitar el género por sus aspectos cuantitativos. Creo que todo aquello que excede las dos o tres líneas, hablando en sentido genérico, rompe con una de las primordiales normas del aforismo: la concisión. Más allá de una extensión mínima, se está en un terreno cercano a nuestro género, pero distinto: el universo del fragmento, de la anotación, del apunte, cuyo tono puede participar de la sentenciosidad aforística, pero sin ser un aforismo en sí mismo. Las fronteras son difíciles de asignar, pero tengo la impresión de que el lector, sin necesidad de mayores disquisiciones, sabe por él mismo de qué estamos hablando. Existen muchos libros de célebres aforistas ―por ejemplo, los Carnets, de Joseph Joubert; las Maximes et pensées, de Chamfort; los Pensées, de Pascal― que mezclan ambas formas ―los aforismos y las anotaciones― de manera indistinta.

     Considero ―y aquí hago que mi gusto propio sea juez y parte, de manera más evidente aún― que el aforismo necesita un tono de robustez, una vocación sentenciosa. Una vocación y una robustez que provienen de la misma formulación concisa, tajante ―es decir, que se concede el mismo aforismo, desde fuera―; pero que al mismo tiempo, desde dentro del propio género, le es concedida: porque la voz del aforismo se disfraza de sabiduría, se permite la licencia de investirse de una condición experta. El aforista, cuando ejerce de tal, es un hombre de mundo, un hombre del mundo, que nos alecciona sobre el mundo del hombre. De ahí que yo entienda como aforismo especialmente la sentencia de carácter moral, la fórmula de intención ejemplarizante.

     Digamos que, en mi contemplación del aforismo, no cabe, por ejemplo, la greguería, tan concisa en ocasiones como el más conciso de los aforismos, pero cuya intención es absolutamente distinta. La greguería, como hija de las vanguardias, está más cercana a la imagen poética de naturaleza irracional, a la asociación de índole acústica, al juego de carácter humorístico. Ramón Gómez de la Serna es un maestro del género breve, y el creador de una variedad ―la greguería― de enormes posibilidades de expresión, pero no me parece que sea un aforista. Ni por intenciones ni por carácter ni por resultados. Incluso, cuando trata de ser severo, le asoma siempre la sonrisa del niño juguetón, el niño que hubiese preferido hacer una cabriola verbal, una travesura conceptual, un volantín de ocurrencias felices.

     A este respecto, el polaco Stanisław Jerzy Lec ―otro gran cultivador del género breve― me parece que tiene en ocasiones gran parentesco con Ramón Gómez de la Serna. Son primos lejanos que pertenecen a un mismo planeta del temperamento: el planeta del humor como sistema para habitar en el planeta.

     La diferencia estriba en que Lec es un moralista al que le vence el humor y Ramón un humorista que pocas veces se deja tentar por el moralismo. Ambos se encuentran, al otro lado de su propio extremo, en la tierra de todos del humor, aunque el humor de Lec, siendo también acrobático, suele inclinarse hacia el sarcasmo y la ironía. Recordemos que él fue quien dijo: «Cuando el agua te llegue al cuello, no te preocupes de si es potable», o «Todos desean vuestro bien. No dejéis que os lo quiten», o «La primera condición para la inmortalidad es la propia muerte».

     (Hay un humor, dicho sea entre paréntesis, una variedad seria ―seriamente loca y locamente seria― del chiste, que también se aproxima a las fronteras aforísticas, sobre todo cuando entraña un sarcasmo que, en el fondo, supone una lección de naturaleza moral. Hay un cinismo grouchomarxista que a veces no sólo no desmerece de las afirmaciones aforísticas, sino que llega tanto o más lejos que ellas. Como por ejemplo ésta: «Lo único importante en la vida son las pequeñas cosas: un pequeño castillo, un pequeño yate, una pequeña fortuna»).

 

     He hablado más arriba acerca de la sabiduría de la que se inviste la voz aforística. Me gustaría insistir sobre ello. Se trata de una de las imposiciones del género: de uno de los contagios que obra sobre todo aquel que lo practica. En aforismo, por necesidad, uno no puede dejar de aparecer con cierta soberbia, aunque no sea soberbio, en ninguna acepción, lo que aparezca en sus aforismos. La apretura, la síntesis, lo taxativo de lo que se indica tienen ese efecto sobre el texto. Lo diré con un aforismo: El aforismo sabe siempre más de lo que sabe el aforista. Es el hábito ―el hábito de la costumbre y el de la vestimenta―, que, si no hace enteramente al monje, al menos lo disfraza de tal: de monje sabio, de sacerdote que está al cabo de la calle sobre lo divino y lo humano. Bajo especie de aforismo, todas las voces que hablan pertenecen a la especie de los filósofos, o al menos lo parecen: filósofos sin método, filósofos desperdigados, filósofos sin aspiraciones totalizadoras; pero filósofos. Los cultivadores del aforismo suelen pertenecer al elenco de los que creen que el único sistema que explica el universo consiste en que no existe ningún sistema que lo explique de manera absoluta.

     No estoy seguro de que se trate enteramente del género, que exige, por su condensación, no andarse por las ramas, no sucumbir a las elucubraciones, no perderse en elementos digresivos, pero, por lo general, la mayor parte de los grandes cultivadores del aforismo ―Marco Aurelio, La Rochefoucauld, Joubert, Lichtenberg, Nietzsche, Schopenhauer, Wilde, Cioran, Porchia― son siempre transparentes, diáfanos. El aforismo es el reino de la cortesía filosófica, que como se sabe es la obligación de claridad. Las voces de los aforistas nos suenan enormemente cercanas: voces amigas, voces correligionarias, voces de quienes nos han escuchado, nos han conocido, nos han interpretado y han dicho con las palabras justas, en el momento preciso en que lo necesitábamos escuchar, aquello que mejor nos explicaba a nosotros mismos.

     Me parece que, entre todas las variedades literarias, el aforismo y la poesía son los géneros medicinales por excelencia, los géneros curativos, los que, por la palabra, mejor nos sirven de bálsamo para nuestras penalidades, dudas y tormentos diarios. Creo que cuando Borges ―otro hacedor de aforismos a su manera, otro acuñador de sentencias memorables― se refiere, en su poema Fragmentos de un evangelio apócrifo, a los felices que recuerdan palabras de Virgilio o de Cristo, porque ellas darán luz a sus días, está explicando buena parte del secreto y del misterio del funcionamiento aforístico, buena parte del valor terapéutico que creo que posee. Cada vez confío más en la naturaleza medicinal de la literatura, y en especial de la variedad literaria de los adagios, de las máximas. Quien consigue transportar algunos en la cabeza creo que debe aplicárselos en momentos de congoja, o en instantes de éxtasis, bien para conjurar los demonios que nos acechan, o bien para intensificar nuestra mejores ocasiones. Los aforismos son un género hecho a la medida del hombre, a la medida de cualquier memoria: la mejor literatura portátil. Yo tiendo a administrármelos como un bálsamo, como una cataplasma de conocimiento, o a prescribírmelos como una píldora de lucidez, o como un jarabe de intensidad emocional. Los llevo de acá para allá, conmigo, y suelo recordármelos cuando la ocasión lo requiere. Es un sistema para volver el mundo más amable, para volver el mundo más intenso: una fórmula ―nunca mejor dicho: la fórmula farmacológica, la fórmula magistral― para tratar de ser más felices, y ésa, la persecución de la felicidad, es, a mi modo de ver, la función sagrada del arte.

     A menudo me digo, por ejemplo, lo que Juan Gil-Albert nos recuerda en su Breviarium vitae (uno de los mejores libros españoles dedicados al género breve, en general, en el pasado siglo XX): «Hay que vivir ilusionados, pero sin hacerse ilusiones». O cuando leo una crítica absurda de un buen libro, cuando asisto a un caso de incomprensión, recuerdo las palabras de Lichtenberg: «Un libro es un espejo: un asno no puede reflejarse en él y pretender ver a un santo». Y, sobre todo, me aconsejo con Joubert un comportamiento sensato, porque como él dice «La mitad de mí mismo se ríe de la otra mitad».

     El psicoanálisis, ya lo sabemos, habla de una talking cure, de una cura por el habla (la confesión es, en cierta medida, con su acto de contrición, con su arrepentimiento verbal, una suerte de psicoanálisis antes de hora); se ha dicho innumerables veces que el ejercicio de la literatura representa una writing cure, una sanación por la escritura. Pues bien: yo creo en una listening cure, en una curación por la escucha, por el transporte íntimo que hacemos de nuestros poemas favoritos, de algunos de nuestros aforismos predilectos. Una cura por la escucha y por la repetición: como el rezo, pero de ningún credo en concreto; como las plegarias, pero de nuestros autores más amados. Cualquiera tiene la experiencia cotidiana del valor terapéutico de las palabras: verbalizar nuestra desdicha significa enfrentarnos a ella, y enfrentarnos a ella representa, en cierta medida, domesticarla, y el acto de creerla domesticada supone haberla vencido en parte. Los aforismos mejores son como los mantras que pronunciamos en un templo sin dioses, como las salmodias que nos recitamos sin necesidad de suscribir ningún dogma.

 

     He dicho más arriba que sospecho que el funcionamiento de mi cabeza ―o la falta de un funcionamiento claro en ella― es de inclinación aforística. Lo más natural, en mí, sería dedicarme a la trascripción de las ocurrencias que con forma de aforismo me dicta mi mente. Y quiero señalar algo curioso que no sé si tiene o no que ver con todo lo que trato de referir. Ahora que me he convertido, como casi todos los escritores de mi edad ―y no sólo de ella―, a la religión informática del ordenador, he vuelto a escribir a mano, en pequeños cuadernos ―casi siempre en libretas Moleskine―, los aforismos. Me parece descubrir una corriente especial entre la caligrafía propia y mi forma de cultivar el género: una corriente eléctrica que va directamente desde el pensamiento al papel, utilizando como mediadores mi letra y la tinta. No sé si sería o no capaz de escribirlos con ordenador: casi seguro que sí. Pero me temo que no significarían lo mismo. Las sentencias ―las de vida y las de muerte― se firman de puño y letra de quien tiene la obligación de dictarlas. La caligrafía supone una interpretación musical propia de la partitura del lenguaje articulado, de manera que no me parece absurdo que el pensamiento ―esa otra interpretación, también musical, del lenguaje, que trata de establecer afirmaciones de valor más o menos genérico―, el pensamiento de índole aforística, se ejecute a mano, con la letra propia. La lástima es que no se pueda leer de la misma forma, porque ―qué diría el viejo abuelo Sigmund de todo ello― mi caligrafía convierte en ilegibles (a veces, incluso para mí mismo) las máximas que aspiran a la máxima legibilidad, a la claridad por principio rector.

 

     No quisiera terminar sin entregarme de manera breve a una modalidad ensimismada del aforismo: al aforismo que aforiza sobre el propio género aforístico. Al pensamiento, que es de naturaleza alborotadora, de carácter revoltoso, le gusta mirarse al espejo, para verse mejor, para hacerse muecas, para asustarse de sí mismo, para asombrarse de su perfil estrafalario, para complacerse, para desilusionarse. Todo cabe en la actividad reflexiva del pensamiento. Todo debe caber en la tarea autocontemplativa. He titulado, por eso, este apartado «Diez onanismos aforísticos».

    1. El placer de escribir aforismos es de naturaleza mecánica: ver avanzar la máquina de nuestro pensamiento.
    2. Quién iba a decirme que iba a decirme tantas cosas.
    3. Escribir es saberme yendo, sin saber a dónde.
    4. Mis aforismos también son retratismo de sujetos ausentes.
    5. He hecho de mis aforismos una cuestión personal.
    6. No hay nadie tan idiota como para no ser capaz de escribir un aforismo memorable.
    7. Entiendo la escritura como pugna: ni lo fácil ni lo imposible.
    8. La última palabra de cualquier enunciación debería ser quizá.
    9. El escritor es un intrahombre.
    10. Los aforismos son pistas en el bosque de uno mismo, para saber volver.

     Ya he pecado más de lo que me proponía, ya he infringido más de lo aconsejable ese código no escrito del sentido común que exige no resultar permanentemente paradójico; es decir, no extenderse acerca de lo que no quiere tener extensión, y no comportarse con morosidad con aquello que aspira al derroche. Al aforismo le sienta bien todo lo que no es demasiado grande: las palabras justas de todos los días, la media voz de las confidencias directas, las recopilaciones que no apabullen, el desorden de los armarios en donde se acumula la misma vida, con sus cosas útiles y con sus cachivaches inservibles. Ya he dicho que me parece un género hecho a la medida del hombre: lo que mezcla las bromas y las veras; lo que conjuga la sentenciosidad y la falta de lo mismo; lo que tan pronto se sube a un púlpito para amonestarnos como desciende al suelo y se revuelca. Los aforismos tienen el poder de dibujar un hombre a la medida de su lector, del pensamiento de su interlocutor: establecen una comunión de inteligencias. Cuando estoy ante un aforista, tengo la impresión de estar ante un individuo, ante un hombre con sus preocupaciones, con sus grandezas, con sus miserias: tengo la impresión de estar delante de un espejo prestado, en el que miro mi imagen mejor de lo que lo podría hacer en los espejos propios.

     Espero no haber sido más desordenado de lo que requieren estas ocasiones de las conferencias, aunque al aforismo le vaya bien cierto desorden. A mí me gusta leerlos sin premeditación, sin plan, sin seguir el suceder de sus páginas. Acostumbro leer uno, cerrar el libro y meditar, escucharme diciéndolo, verme pensándolo. Me gusta leer una pieza y sentir cómo nacen en mí las ganas de escribir algo en relación con lo que acabo de leer. Los aforismos son tan buenos por lo que dicen en sí mismos como por lo que nos hacen decirnos gracias con su reflujo, con su marea, con su eco. Tienen capacidad expansiva, se propagan en ondas concéntricas, pero, a diferencias de las hondas concéntricas terrestres, no se disipan a medida que se expanden, sino que se agrandan y se aceleran, como el mismo universo, según dicen los científicos. Resulta que el pequeño universo del aforismo es igual que el inconmensurable universo.

     Ojalá haya habido aquí algo, por breve que sea ―o mejor: especialmente si ello ha sido breve― que pueda tener esas características expansivas, esa fuerza generadora de interés perpetuo.

     Con todo, no quisiera terminar de una forma demasiado severa. Quisiera acabar aforísticamente: con una severidad que abogue por la falta de severidad absoluta. Es un consejo propio que me doy a menudo:

Por muy serio que te pongas, nunca te pongas tanto que pensemos que te tomas en serio.

Muchas gracias.

 

 

Otro falso final

(Coda para una conferencia imposible)

Tengo comprobado que me gusta acometer los asuntos que no debería, como el hecho de tratar de pronunciar conferencias sobre materias que resultan refractarias al género mismo de la conferencia, y todo ello por parte de alguien ―un servidor― que no tiene la necesaria disciplina discursiva para hacerlo. Por no tener no tiene ni la imprescindible voluntad de dar por cerrado su texto de una vez por todas. Es más: creo que esta conferencia que nunca debió empezar va a ser desde ahora mismo el primero de mis textos con vocación de no terminar nunca. De manera que no sólo le añado esta nueva vuelta de tuerca al inacabable problema del aforismo ―esas tuercas mentales, esas piezas de metal mental que ajustan la estructura de nuestro pensamiento (al menos en mi caso), que la sujetan y afirman―, sino que declaro estos asedios al género breve como acabables: es decir, lo que podría acabarse, pero que se deja de par en par, con las llaves en la puerta, para poder regresar a ello cuando nos venga en gana. Lo inacabable es lo que no se puede acabar por naturaleza (algo de lo que también participa la reflexión acerca de cualquier asunto), pero lo acabable es lo que podría darse por cerrado y que, sin embargo, no se cierra, lo que podría concluir en su corporeidad y que se construye con un cuerpo inconcluso.

     Todo esto viene a cuento de dos ocurrencias presentes que quieren sumarse al resto de ocurrencias anteriores. Aunque las ocurrencias tengan muy mala fama, son la base de toda escritura verdadera: aquello que reflexionamos en relación con lo que nos ocurre, aquello que creemos en hermandad con lo que nos sucede. Las ocurrencias son el discurso de la carne hecho carne de discurso. Por eso quería reivindicar para la palabra una acepción grave, rigurosa y certera. Por eso querría reinventar su dignidad, que no es menor que la dignidad que poseen las ideas, esas ocurrencias vestidas con ropa de domingo.

     La primera de mis nuevas cavilaciones con respecto al aforismo y su eficacia tiene que ver con algo que he observado en la lectura de las grandes colecciones que he podido frecuentar. Algo que he observado en relación a mi propio gusto con respecto a las grandes colecciones que he podido frecuentar. Se trata de un apunte sobre su valor, sobre su alcance, sobre su eco.

     El aforismo necesita dar la impresión de ser un pensamiento único sobre el único asunto del pensamiento que él abarca. Quiero decir que su fuerza y su justeza dependen en buena medida de una momentánea ficción: el hecho de que sintamos como único el aforismo, la formulación de su exactitud inesperada, y como único también el núcleo sobre el que medita. Como si la máxima y el mundo sobre el que trata de verter conocimiento se encontrasen de súbito el uno al otro. Como si se iluminasen por vez primera con sus luces respectivas. Algo que sabemos completamente falso, pero que sentimos como verdadero por completo.

     De ahí que los aforismos necesiten de la variedad, no sólo en su composición ―que procura abarcar tantos asuntos diferentes como sea posible―, sino también, de forma muy notable, en su estructuración, en su ordenación en un volumen. No pretendo insinuar que todas las compilaciones de aforismos estén obligadas a ordenarse de modo disperso, sin atender a ningún patrón temático, sino que afirmo que todos aquellos repertorios que no respondan a ese criterio heterogéneo y caprichoso pierden buena parte de su poder conceptual, de su sustancia explosiva de índole literaria. Porque el aforismo que se nos aparece en compañía de muchos otros similares, de muchos otros emparentados con él, deja de percibirse como descubrimiento, como revelación momentánea (aunque dicha revelación sea fugaz, aunque la sepamos un artificio: un fugaz fuego de artificio), para convertirse en una fórmula, en una receta entre recetas, en un refrán, y convertirse en refrán ya sabemos que es lo peor que le puede suceder a un aforismo. Las agrupaciones numerosas de aforismos temáticos de un mismo autor ―no así los emparejamientos con mínimas variaciones que se corrigen mutuamente, que se matizan, que se amplían en su propio reflejo― pierden el carácter de destellos únicos sobre el único mundo que su luz alumbra, y pasan a ser enunciaciones cualesquiera sobre cualquier mundo intercambiable con otro.

     No hay nada más distinto a un libro de aforismos que un florilegio de pensamientos, que una miscelánea de supuestas reflexiones graves sobre distintos asuntos. Desde el criterio del coleccionista de casos irrecuperables, del teratólogo, no dejan de poseer cierta gracia esos volúmenes con capítulos sobre el amor, sobre el mundo, sobre el demonio, sobre la carne; pero son un pecado capital desde el punto de vista del lector.

 

     Mi siguiente ocurrencia tiene que ver, una vez más, con la forma en que muchas veces me entrego a la composición de los aforismos, y cómo creo que dicha forma repercute en mi mirada sobre el género, y en mi manera de entender su esencia última. Escribo aforismos, muy a menudo, mientras viajo: en las esperas de los aeropuertos, en los viajes en avión, en tren, en las horas muertas de los hoteles (ese tiempo de nadie y para nada, lejos de nuestras cosas, de nuestra casa, de nuestros seres amados, esas horas de travesía de un desierto de la conciencia entre dos ocupaciones). Escribo en los autobuses, en los taxis. Me detengo mientras paseo, saco un cuaderno y anoto una idea para un aforismo futuro, o un aforismo presente que aspira a ser en sí mismo una idea.

     He llegado a pensar que el aforismo es el género en marcha por definición, el género que genera la propia marcha, el movimiento, el paseo del espíritu. El género inquieto por naturaleza, el que no debe detenerse jamás. En mí, en mi manera de abordarlo y vivirlo, resulta lo cinético puro: aquello que se produce durante el desplazamiento físico y que provoca el desplazamiento mental. Aquello que no sabe estarse quieto, que precisa saltar de un asunto a otro, que quiere curiosear en todos y cada una de las obsesiones de la imaginación. Lo que salta, lo que está a la que salta: mónadas con carga sentimental y conceptual, electrones del cuerpo y la conciencia. Una suerte de diminutos elementos verbales que bailan en nuestro interior, siempre incesantes, como bailan los elementos que componen el interior del átomo.

     He comprobado que me gusta leer aforismos de la misma forma que me suelen llegar mientras los escribo: en ráfagas inconexas, sin más aparente relación que el acto de querer arrojar un poco de claridad sobre el ámbito que escogen. Es más, necesito que se produzcan de ese modo la lectura y la escritura de aforismos, porque de lo contrario se anquilosan en mí, se paran a pensarse más de la cuenta, mucho más de lo debido, y a un pensamiento lo matan las detenciones, las esperas, las demoras. A un pensamiento lo que de verdad le gusta es triscar, enredar, retozar entre la hierba de lo pensable, con todo que llevarse a la boca. El pensamiento siempre tiene hambre, siempre tiene sed, y su alimento mejor es darle sopas con honda, con la honda de arrojarlo lejos, de lanzarlo a los cuatro puntos cardinales, para que se pierda, para que vagabundee, para que no regrese si no vuelve cargado de mundos distintos, de distintas miradas sobre el mundo nuestro de siempre, que jamás se repite dos veces.

     Y hasta aquí hemos llegado: a ningún lugar. El ningún lugar que es el puerto de arribada de la escritura: un rincón en el aire. Un rincón que vive del aire, del aire de su vuelo, porque no sabe ni puede ni quiere estarse quieto ni por un segundo. Por eso no me despido, sino que me saludo, hasta dentro de muy poco. No hay un punto final en mí que no signifique unos puntos suspensivos. No hay un punto y aparte en mí que no me lleve a otra parte, que no me devuelva al punto de partida. Aquí, como de costumbre, no termina nada.


Nota: esta conferencia está recogida en Marzal, C. (2010). «Lo breve interminable (el aforismo y la escritura poética)». En María Ángeles Naval (ed.), Poesía española posmoderna (pp. 143-156). Madrid: Visor.

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