El aforismo metafórico: palabras en vilo, de Manuel Neila


La escritura aforística experimentó un cambio radical a partir del romanticismo: cambio relacionado, como es sabido, con la crisis de la conciencia burguesa que dejó abierta el pensamiento crítico ilustrado. Los moralistas clásicos empleaban una escritura única, instrumental y ornamental a un tiempo, con una función persuasiva. La forma se suponía al servicio del contenido y los ornamentos se consideraban accidentes exteriores a su función. Los aforistas modernos, desde Lichtenberg y Joubert en adelante, emplean una escritura plural, cuyas manifestaciones dependen de la relación entre la forma y el contenido, por una parte, y de las funciones predominantes del lenguaje, por otra. La forma y el contenido se interrelacionan, y la ornamentación adquiere un significado propio. Roland Barthes, que escribió páginas inolvidables sobre la escritura y sus formas, opuso la escritura clásica, preilustrada, a los diferentes tipos de escrituras modernas: la trabajada, la populista, la neutra y la hablada (1973: 64).

     Ese cambio en la problemática de la forma implica una transformación en los contenidos abordados y en las intenciones últimas del hablante. Los moralistas clásicos buscaron la verdad intelectual y la pureza moral en el marco de una mitología esencialista del hombre. Los aforistas modernos se preocupan por las verdades prácticas y la coherencia moral en el marco de una situación histórica concreta. La relación entre la brevedad de la forma y la agudeza del contenido adquiere así un sentido nuevo. No se trata de privilegiar en el aforismo la gracia y la brillantez de la forma, en detrimento de la aceptabilidad del contenido en términos de verdad, como piensa Umberto Eco que ocurre en la actualidad, y como ha censurado recientemente (2002: 76). Desde el momento en que el contenido y la forma se hacen interdependientes, los aforistas modernos se distinguen por el énfasis que ponen en la creación o en la expresión, en la profundidad o en la brillantez, en la veracidad o en el ingenio. En este sentido, puede hablarse, como decíamos anteriormente, de una moral de la escritura.

     La cualidad más destacada de la escritura aforística moderna es, sin duda, su carácter poético. De hecho, la subjetivación y la fragmentación del pensamiento son rasgos esencialmente poéticos. A todo ello cabe añadir el empleo frecuente de un lenguaje con cualidades propias del discurso poético: un lenguaje sustancial y figurativo que no se separa de su objeto. Los aforistas que recurren a este tipo de lenguaje, desde Joubert a Bergamín, pasando por Novalis o Renard, muestran un deseo irreprimible de reconciliar esos dos lenguajes arcaicos que son probablemente el verso y el aforismo, de trabar poesía y pensamiento en una sola forma expresiva. Como pensadores desdeñosos de las apariencias, estos aforistas se resuelven a ser razón que capta el ser de las cosas. Como poetas enamorados de las cosas que pasan, buscan la multiplicidad desnuda, y quedan prendados de lo que Antonio Machado llamó la esencial heterogeneidad del ser. Como pensadores y poetas modernos, emplean un lenguaje figurativo y se apoyan en procedimientos expresivos como la metáfora, la ironía y la paradoja.

     El aforismo metafórico, como pude llamarse a esta modalidad expresiva, es una de las posibles realizaciones del aforismo moderno, posiblemente la más característica, hasta el punto de influir poderosamente en las otras dos modalidades: la moralista y la metafísica (2006: 19-46). Este tipo de aforismo se caracteriza por la preponderancia de la metáfora y la imagen. Su finalidad consiste en reproducir impresiones momentáneas de una manera ingeniosa. Y sus antecedentes se sitúan en el romanticismo alemán (Lichtenberg, Jean Paul) y en el romanticismo francés (Joubert, Vigny). Los principales representantes plenamente modernistas son los escritores franceses Jules Renard y Pierre Reverdy, a los que habría que añadir algunos autores influidos por el movimiento surrealista, como Scutenaire, René Char, Henri Michaux o Malcolm de Chazal, entre otros. Esta modalidad ha contado con numerosos cultivadores en todos los lugares.

     Isla de sentido, el aforismo metafórico se apoya en el principio de la analogía, a partir del cual se percibe el mundo como una unidad donde todo se interrelaciona. Y la analogía se manifiesta mediante el empleo de una gama amplia de tropos. Es frecuente el uso de la comparación, ese puente verbal que reconcilia, sin suprimirlas, las diferencias y las oposiciones: «El pensamiento se forma en el alma como las nubes se forman en el aire» (Joubert). También se emplea con frecuencia la metáfora, mediante la cual la alteridad se finge unidad y la diferencia se proyecta ilusoriamente como identidad: «Nuestra inteligencia es una vela en medio del viento» (Renard). Unas veces se muestra a través de la personificación, ese procedimiento que convierte el mundo en algo familiar y habitable: «Éramos yo y el mar. Y el mar estaba solo y solo yo. Uno de los dos faltaba» (Porchia). Otras veces se manifiesta a través de las correspondencias, que convierten la naturaleza en un libro mágico: «Quisiera que los pensamientos se siguieran en un libro como los astros en el cielo, con orden, con armonía, pero a sus anchas, con intervalos, sin tocarse ni confundirse» (Joubert).

     Mientras que la razón se empeña en someter el desorden natural a la regularidad del pensamiento, la analogía hace inteligible la multiplicidad de las cosas. Gracias al juego de las semejanzas, aceptamos de buena gana las diferencias. Pero la idea de la correspondencia universal se halla corroída por el imperativo de la ironía. Y esta se manifiesta habitualmente como figura de pensamiento, afirmando una idea mediante la expresión de la contraria: «La ironía no seca nada; sólo quema las malas hierbas» (Renard). Además, se manifiesta mediante el empleo de una serie amplia de recursos de estilo, entre los que podemos hallar el empleo de coloquialismos, que vuelven irrisoria la seriedad: «Hay que alumbrar con la luz de la verdad sin chamuscar una sola barba» (Lichtenberg); la utilización de exclamaciones, que fingen ser fragmentos de conversación: «¡No os dejéis imponer la libertad de expresión antes que la libertad de pensamiento!» (S. J. Lec); los juegos de palabras, gracias a los cuales comprobamos que lo lúdico es lo agónico: «Todos los animales hablan, excepto el loro que habla» (Renard); y las variaciones humorísticas sobre frases hechas: «¿Para qué saber a qué carta quedarse, si de todos modos no te vas a quedar?» (Bergamín).

     La paradoja ha llegado a ser, además de un recurso semántico, un procedimiento fundamental del pensamiento moderno. Rousseau la opuso a los prejuicios («Prefiero ser un hombre de paradojas que de prejuicios»). Pitigrilli la comparó con la poesía («Entre los valores intelectuales, debe ser colocada al nivel de la poesía»). Umberto Eco, en fin, la coloca por delante de los aforismos. Para el autor de El nombre de la rosa, «el aforismo sería una máxima que pretende transmitir una verdad, aunque recurra a la agudeza, mientras que la paradoja sería una máxima prima facie falsa que, sólo tras una segunda reflexión, parece expresar algo que el autor considera verdadero» (2002: 76). Y, siguiendo las enseñanzas que Pitigrilli dejó en su Diccionario antibalístico, concluye tal vez precipitadamente que el arte del aforismo es sencillo, pues muchas veces se limita a expresar con brillantez lugares comunes, mientras que el arte de la paradoja es difícil porque obliga a ver las cosas más allá de la opinión establecida.

     Ahora bien, ¿resulta apropiado confrontar el aforismo y la paradoja? La distinción que establece Eco entre las paradojas (vehículos de verdades ultrajantes), los aforismos (vehículos de verdades aceptables) y los aforismos cancroides (juegos de ingenio indiferentes a la verdad) se basa en una diferencia de grado, no de categoría: una diferencia de grado en relación a la verdad del contenido, no a la naturaleza de la expresión. En este sentido, en fin, tal vez resulte más adecuado hablar de aforismos paradójicos, aforismos veraces y aforismos ingeniosos, sin necesidad de segregar la paradoja de la categoría de los aforismos, pues, al fin, no pasa de ser un procedimiento retórico similar a la ironía, y nos veríamos forzados a hacer lo mismo con los lemas, las definiciones y las sentencias. Una lectura atenta de cualquier conjunto de aforismos confirma que, si bien no todas las paradojas pueden considerarse aforismos, muchos aforismos recurren, sin dejar de serlo, al procedimiento de la paradoja.

 

Bibliografía citada

  • Barthes, Roland (1973): El grado cero de la escritura. Seguido de Nuevos ensayos críticos, Buenos Aires: Siglo XXI, págs. 64 y ss.
  • Eco, Umberto (2002): «Wilde. Paradoja y aforismo» (2000), en Sobre literatura, traducción de Helena Lozano Miralles, Barcelona: RquE, pág. 74.
  • Helmich, Werner (2006): «L’aforisma como genere letterario», en Mario Andre Rigoni (ed.), La brevità felice. Contributi alla teoria e alla storia dell’aforisma, Venecia: Marsilio Editori, págs. 19-49.

  • Nota sobre este artículo: fragmento del prólogo a La levedad y la gracia. Aforistas hispánicos del siglo XX, Editorial Renacimiento (en prensa).