Aforismos o fragmentos, de Lorenzo Oliván


I

Con mis pensamientos, ¿soy el pez o el pescador? Yo les lanzo mis anzuelos y cuando ya me hago ilusiones porque siento que los rondan, va uno y de un tirón me saca coleteando a una nueva realidad.

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En mi alma habitan multitud de personas y cada una de ellas, a su vez, goza con la posibilidad de ser otras muchas, y así hasta la locura.

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Tengo nostalgia de todo lo que no soy y remordimientos por todo lo que no he hecho. Soy todas esas cosas que me niegan.

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La máscara sólo se pega a nuestra propia piel cuando ésta se encuentra ya en avanzado estado de descomposición y pide a gritos la máscara.

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«Sistema de pensamiento» es una paradoja irresoluble. El verdadero pensamiento deja todo tipo de cabos sueltos. Debate consigo mismo y se rebate.

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Escribo para conocerme mejor, pero cuanto más escribo más extraña me resulta la persona que habla en mí.

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El poema, como un tren ciego y seguro de sí, ha de avanzar con el ritmo de todo lo fatal. El poeta es sólo el maquinista que lo echa a andar, pero que apenas lo conduce. Del poema, a su vez, se sale como de los trenes antiguos, entre espesa nube blanca.

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Podo todas mis ideas para que broten luego en los demás con otras ramas nuevas.

(De El mundo hecho pedazos)

 

II

¿Qué nos dice mejor? ¿En qué palabras estará uno más? ¿Cuánto más cerca de los labios ellas quedarán propiciando el pronunciarlas? ¿Qué parte del lenguaje es casi de algún modo carne tuya?

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Mira el árbol aquí descortezándose para subir un poco más a él.

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Se encastilla el silencio y a ti te deja siempre indefenso a las puertas.

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Miras en círculos. ¿Cada vez más cerrados o más abiertos? ¿Influirá su propia forma en que tú te concentres? ¿Cómo consiguen asediar realidad? ¿Cómo la rinden?

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Es como si, dormidos, nuestra cabeza pensase, a la vez, con todo nuestro cuerpo y, despiertos, pensase sólo desde el cuello hacia arriba.

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A veces uno siente al crear que el estar se ha arrojado en el ser y es ya un eje sin radios.

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En la escritura, y en el arte en general, las horas de tanteo y búsqueda se echan al olvido ante la instantaneidad del hallazgo, que concentra en sí no sé qué forma de un más vasto tiempo.

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¿Y si estamos rodeados, no de fantasmas, sino de pensamientos fantasmas? ¿Y si escribir en silencio consiste sólo en agudizar el oído y cazarlos al vuelo, sin saber del todo lo que nos dicen ni por qué?

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Especular, como la propia palabra sugiere, es convertirlo todo, el mucho ancho y ajeno, en un espejo. Mirarlo y ver en él tu propio yo, extraño e íntimo.

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Si toda la realidad cabe en un punto negro de mis ojos, ¿no será que ese punto da dentro de mí mismo a alguna realidad ilimitada?

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He visto cómo el viento daba sobre los pájaros y ellos lo hacían suyo, le abrían su interior.

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Es difícil encontrar las palabras adecuadas, pero mucho más aún las inadecuadas ciertas.

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Persigue en tus aforismos el arte de las desapariciones. ¿Qué, que podrías decir, no dices e insinúas? ¿Qué sombra o rastro fugaz cruza el blanco de la página?

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Pensamientos reconcentrados. Pensamientos en los huesos. Con el solo y justo tendón que les hace moverse.

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A veces me quedo absorto contemplando cómo cae el aceite, e intentando aprender cómo consigue hacer un don de su caída.

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La lengua es un músculo sin alma, que no se cansa de hablar. Quizás sea la parte de nuestro cuerpo que en realidad menos nos pertenece.

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Miré el interior del pico de aquel pájaro: el rojo infierno del canto.

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El cine nos ha enseñado a ser quien dispara la flecha, ser la flecha en el aire, ser su diente en la diana. Y eso es la poesía: ser todo, ir hacia todo y hacer diana en un centro.

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De los símbolos, aprecias sobre todo su raíz: lo que no dejan ver y les da altura.

(De Hilo de nadie)