El viento en los ojos, de Manuel Neila


Los escritos que componen este volumen no son restos de un discurso perdido, tampoco se trata de anotaciones destinadas a la composición de una obra futura; son, eso sí conviene decirlo, textos expresamente ideados, urdidos y presentados como entidades literarias autónomas. En este sentido, y en otros que no hacen al caso, prolongan la labor iniciada hace poco más de tres lustros con El silencio roto (1998) y seguida posteriormente con Pensamientos de intemperie (2012).

    La escritura aforística, en particular, y la escritura fragmentaria, en general, no requieren elogio ni precisan justificación. De ellas se ha dicho que son una «manera de mirar», y los lectores del romántico Friedrich Schlegel conocen de sobra los motivos. También se ha asegurado que responden a un «estilo de decadencia», y quienes no ignoran al naturalista Paul Bourget saben que sobran razones para ello. Incluso hay quien las refuta por ser juegos de ingenio y lenguaje lapidario.

    No descarto que, en este enjambre de pensamientos de intemperie, se refleje la fractura, crisis o quiebra social de nuestros días: esa fractura que separa a cada individuo del resto de una sociedad en la que han desaparecido la mayor parte de los valores comunes; sí puedo afirmar que ninguno de los fragmentos compilados aquí (entredichos, dudas y quebrantos) rehúye la infracción de los discursos ordinarios que, de una manera u otra, pretenden ocultarla o enmascararla.

    La mayor parte de los mismos son posibles respuestas a una serie de preguntas que, de una manera u otra, no consigo dejar de hacerme: ¿qué somos capaces de ver y de decir? ¿Qué tipo de relaciones mantenemos con la vida y con el lenguaje? ¿Qué enfrentamientos con el poder? O, para decirlo de manera más precisa, reglas cognitivas, éticas y estéticas que constituyen estilos de vida y que producen la existencia como obra de arte. Los demás son fruto del capricho o de la casualidad.

    He rehusado castigarme con limitaciones de género, como diría Alejandro Rossi, e integro en el libro dos medios de expresión: el aforismo y el poema. Mediante el aforismo, intento indagar el sentido de las palabras y las cosas, ajeno a la racionalidad política; mediante los poemas, esbozo la instancia valorativa que permitiría preferir unas u otras. Tanto el aforismo como el poema abren el presente al pasado y al futuro, procurando un particular modo de existencia o estilo de vida.

    El título del libro me lo ha sugerido Antonio Machado, uno de los pocos autores españoles cuya escritura heurística aún sigue hablándonos sin dogmatismo y con provecho. En el fragmento de Juan de Mairena que glosa un espléndido pasaje de Macbeth, concluye diciendo: «Es el viento en los ojos de Homero, la mar multisonora en sus oídos, lo que nosotros llamamos actualidad». E interpretar los susurros de la actualidad ha sido el fin último de estos pensamientos desmandados.

Prólogo al libro inédito El viento en los ojos

 

El camino original discurre entre el cielo de la maravilla y el abismo de la mediocridad, uno cara al otro.

Los filósofos se distinguen por el apego a la verdad; los aforistas, ¡velahí!, por desvelar la mentira de lo que nos cuentan.

De las cosas que pasan, las que más le preocupan son las que se quedan.

El pensamiento es bisexual, mal que les pese a los de siempre. Tal vez sea cosa de que cada uno lo consulte con su corazoncito.

El buen moralista no moraliza, para eso están los creyentes, los sectarios y los predicadores; el buen moralista desvela, describe y se avergüenza.

En las sociedades democráticas, la actividad de los ciudadanos queda reducida a lo que Paul Valéry llamó «antipolítica lenta».

Se acabó la época de los grandes relatos; ha llegado el tiempo de los contratos basura. Y, ¡hale!, a seguir votando.

Con la democracia parlamentaria, ahora lo sabemos, no conviene hacerse demasiadas ilusiones; basta pensar que sólo aparece cuando los poderosos están seguros de controlar a la masa indistinta y boba.

Hay escritores que suelen abusar de las cabriolas, mientras que otros suelen escribir a galope tendido.

Los novelistas sueñan con llegar a ser Dios, mientras que los aforistas recogen los pecios del divino naufragio.

En los trenes antiguos, había vagones de primera, vagones de segunda… y vagones de ilusiones perdidas.

El que no asciende, cae. Obsérvese que el valor de este enunciado en la física poética es antitético al que adquiere en la física moral.

Resulta cada día más complicado hacer del caos un mundo, mientras hay tantos empeñados en hacer del mundo un auténtico caos.

A medida que aumenta el conocimiento, disminuye la inocencia necesaria para seguir viviendo.

También la eternidad tiene su agujero negro: la actualidad.

«Una imagen vale más que mil palabras», siempre y cuando hayas renunciado a pensar por ti mismo.

Meter el cuezo donde nadie te llama es la mejor manera de saber por qué diablos no has de meter el cuezo donde nadie te llama.

Los encendidos reproches de una pareja en presencia de un tercero acaban por convertirse en reproches al cubo.

Media su fortaleza por la cantidad de fracasos que era capaza de soportar.

La presunción de inocencia sería innecesaria a todas luces sin su contrapartida: la presunción de indecencia.

El pensamiento afirma, sin saberlo; mas la poesía aprueba, sin quererlo.

La belleza que salta a la vista no siempre se corresponde con la que se asoma a los ojos del alma.

Tras Una temporada en el infierno, el nombre del poeta es legión.

Solamente a fuerza de arte, es decir, de inteligencia y trabajo, se consigue la naturalidad alada y cantora.

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