Minimás, de Carmen Camacho


Poética

A mis aforismos (vulgo minimás) les da cosa llamarse así. Se posan en las lindes de los géneros, y en lo menor les caben calambres exquisitos, voces de la calle, el remate (o el regate) del pensamiento, plomillos, una interrogación con su cáncamo y su espiche, el verso suelto, las chispas que saltan de los sueños. Lo infinitesimalmente grande. Pero el aguijón sí, su aguijón es de metal poético. Así, a menudo fintan el discurso meramente racional y atrochan por esa manera otra de pensar que es la poesía. O se sirven de la libertad asociativa propia de los niños o los locos. O se echan ahí las palabras a chocar. Con suerte generan, al agitar el lenguaje, una realidad en sí. Las minimás piden mirada y palabra punzantes. Y veneran el saber del pueblo, ese que, cuando acierta, en lo breve y sonoro encuentra su horma. Fugaces algunas me asaltan en la ducha y se van por el desagüe. Con otras, en cambio, quedarme en ellas hasta dejarlas escritas me reporta un placer de acupuntora o jíbaro. Cada minimás dice lo suyo, pero juntas, dispuestas por la intuición, cuentan, además, otra cosa. Un libro de minimás es un alfiletero, el corazón atravesado de una Dolorosa.

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Minimás

Poesía lo serás tú.

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¿En qué inviertes tus latidos?

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El pez volador quiere vivir en la grieta que hay entre el cielo y el mar.

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La poesía encuentra su horma en las manos de quien la avienta.

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Los omoplatos son encías de ala.

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Los estampados curiosos de los vestidos avisan de la lluvia.

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La tipografía del mordisco.

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«Freír la cebolla hasta que pierda el orgullo». (Mi abuela dictándome una receta de cocina).

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Comencé a entender que todo iba mal el día que dejó de llamarme «chiquitina» para rebajarme a la condición de «princesa».

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Confucio es cejijunto.

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La rosa es una fleur fatale.

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Arquímedes, cariño, derrámate.

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Desconfío de la puerta a la que le brillan los candados.

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Los corazones cerrados tienen dentro arena.

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… Y la tristeza como unas medias rotas.

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Yo estoy hecha de derribos.

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Susurro al loro palabras obscenas para no dormirme tan sola.

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Me dormí llorando.
   Soñé con peces.

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Algunas mañanas, al pájaro de las alas amputadas le duele el vuelo.

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Quebrarme entera hasta escupir cristales.

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Todo Sistema aprieta: decide cómo usar tu destornillador.

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Declaro oficial la lengua de la calle.

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Poema de costurera, leído en un cartelito callejero: «Zurcidos invisibles perfectos».

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Sal, sed, sí, sol: sur.

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Conjuro

Que cada semilla contenga un bosque.

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