El guardaagujas de las dos edades, por Mauricio Bacarisse


Stéphane Mallarmé parece, más que otra cosa, un condenado a una profesión de estabilidad y fijeza. Y, sin embargo, Gourmont ha escrito con mucho acierto estas líneas definidoras:

Hay en el Louvre una Andrómeda de marfil hecha por Cellini. Es una mujer despavorida; toda su carne está conmovida por el espanto de verse sujeta. ¿Adónde huir? Así es la poesía de Mallarmé. Quería huir (Fuir là-bas) y se quedó de pie, marcando el límite, haciendo la señal en una encrucijada, para que no se embistiesen los convoyes de dos conceptos y de dos dignidades de la literatura. Su casita fue siempre la casita de un guardaagujas casi divino, en la que, envuelto en su plaid o mantón, hacía primores cabalísticos, para que no se confundieran dos direcciones, dos rutas, dos anhelos completamente distintos. Su misión era procurar que no se involucraran las trayectorias dispares.

    Creyó en la importancia y en la realidad de dos épocas estéticas que fueran tan majestuosas en su diferenciación como dos épocas geológicas. A Verlaine le escribe cosas como éstas: «La época contemporánea es sólo un interregno para el poeta que no quiera someterse a ella; es un periodo anonadado y de efervescencia preparatoria. Nada se puede hacer que no sea trabajar, puestos los ojos en el mañana o el jamás, y, de cuando en cuando, enviar tarjeta de visita a los vivientes ―estancias o sonetos― para no ser lapidado por ellos».

En consecuencia, a nadie extrañe lo que decía a Coolus el hombre que hacia señales para que no se consumara la ruina, el cataclismo artístico de su centuria: «A veces siento deseos de echarme al paso del tren».

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