El rey, por Mauricio Bacarisse


El conde Jean-Marie-Mathias-Philippe-Auguste de Villiers de L’Isle-Adam fue tan genial que quiso corregir la errata del mundo, enmendar la plana al Hacedor. Su tesón por defender lo inverosímil hace temblar más aún que el que tuvo Baudelaire, porque encierra más argucias y recursos, y su rebelde terquedad es de un satanismo de máquina más complicada. ¿Juego o amenaza? Nadie lo sabe. Sólo el Supremo.

     Cuando yo traduje La Eva futura, en días pálidos y primaverales, me incumbía cotidianamente arrancar un hilo al gran tapiz de una ilusión que no nos abandona a los hombres y sin la que difícilmente vivimos. Mientras estaba yo ocupado en deshilachar aquel bello tejido, un gusano de seda se afanaba en la arquitectura de un capullo humilde y grato. Seguí en mi labor aniquiladora, tan deleitosa como altiva, y, cuando hube terminado de deshacer la urdimbre de la vida, me encontré entre los dedos con unas hebras rutilantes y consoladoras, como los hilos del capullo que construía mi larva.

     Y, sin embargo, él se había puesto a discutir mano a mano con la divinidad, con tanto arte que no cabía imputación de blasfemias. Y ante aquel prodigio de habilidad, ante aquel ardid de arte, dije: «¿Qué puede ser Villiers, tan audaz y tan libre de castigo?». Y pensando en su candidatura al trono de Grecia, país donde hubo una verdadera fraternidad con los dioses, exclamé: «Basileus». (Darío venido de Francia).