Auguste Villiers de l’Isle-Adam, por Paul Verlaine


No se debe escribir sino para el mundo entero…

   Además, ¿qué puede importarnos la justicia? Aquel que al nacer no albergue en su pecho su propia gloria, jamás conocerá el significado de esta expresión.

Estas palabras, extraídas del prefacio de La rebeldía (1870), presentan a Villiers totalmente, al hombre y a la obra.
 
     Orgullo inmenso, justificado.
 
     Todo el París literario y artístico, nocturno con preferencia, pero nocturno dignamente, siempre más bien rezagado y distraído en bellas discusiones que aficionado a las alegrías que alumbran las íntimas luces de gas, le conoce, y ,si no le ama, admira a este hombre genial; y quizá no le ame porque sea menester que, sobre todo, le admire.
 
     El pelo largo y canoso, el rostro ancho a propósito ―diríase― para el agrandamiento de sus ojos magníficamente vagos; el bigote, de rey; el ademán frecuente y a mil leguas de la falta de belleza, a veces extraño; su conversación es turbadora y una hilaridad, súbitamente sacudida, alterna con las entonaciones más hermosas del mundo; voz de barítono lenta y calmosa, tornadiza, en notas de contralto conmovedora. ¡Y cuánta fantasía inefablemente inquietante! A veces, pasa el terror entre sus paradojas, y ese terror parece compartido por quien narra; mas luego, tanto él como los que le escuchan se desternillan riendo; tal es su gracia original y su fuerza cómica. Todas las opiniones necesarias, y nada de cuanto puede fatigar al pensamiento, desfilan en la corriente mágica de su conversación. Y, cuando Villiers se va, nos deja un negro vacío, en el que bulle el recuerdo simultáneo de unos fuegos artificiales, de un incendio, de unos relámpagos y ¡del sol!
 
     Muy difícil es dar cuenta y aun darse cuenta uno mismo de la obra, rarísima y menos fácil de encontrar que el obrero. Penoso resulta hallarla, ya que, por desdén al bullicio y también por razones de alta indolencia, el poeta hidalgo ha descuidado, atento sólo a la gloria, la chirle publicidad.
 
     Siendo niño empezó a escribir versos soberbios. Pero ¡vaya usted a buscarlos! ¡Cualquiera encuentra Morgane, Elën ―dramas como hacen pocos los grandes dramaturgos―, y Claire Lenoir, novela única en el siglo! ¡Y todo lo demás, y las últimas producciones Axël y La Eva futura, obras maestras, puras obras maestras durante años interrumpidas y nuevamente levantadas, como las catedrales y las revoluciones, altas como ellas!
 
     Afortunadamente; Villiers nos promete una gran edición de sus obras completas ―seis tomos― para dentro de poco.[1]
 
     Aunque Villiers sea ya muy glorioso y aunque su nombre, destinado a la mayor resonancia, camina hacia una posteridad sin fin, no obstante, le incluimos entre los poetas malditos, porque no es bastante glorioso en esta época, la cual debería estar a sus pies.
 
     Observad, pues, que para nosotros, como para muchos espíritus selectos, la academia francesa ―que ha dado a Leconte de Lisle el sillón del célebre Hugo, el cual, hablando francamente, fue un ejemplar de gran poeta― tiene en su seno lo bueno y lo mejor. Y ya que los inmortales del otro lado del Puente de las Artes han consagrado la tradición de un gran poeta reemplazado por otro gran poeta, después de un poeta considerable como Népomucène Lemercier, que reemplazaba no sabemos a quién, creemos que a la muerte del poeta clásico y bárbaro, que deseamos acaezca lo más tarde posible, llene su vacante el señor conde De Villiers de l’Isle-Adam. Le recomiendan y abonan su enorme título nobiliario y, sobre todo, el inmenso talento, el fabuloso genio de ese encantador camarada, de ese cumplido hombre de mundo, sin los inconvenientes que pudiera tener un Villiers de l’Isle-Adam a secas.
 
     Citemos ahora, y lo mejor posible namely, la «escena muda» de La rebeldía.

El reloj, encima de la puerta, da la una de la madrugada, música sombría; después, entre grandes pausas, suenan las dos, las dos y media; luego, las tres, las tres y media, y, finalmente, las cuatro. Félix permanece desmayado. Despunta el alba en los cristales; las bujías se extinguen; una arandela se hace pedazos ella sola, la lumbre palidece.

   La puerta del fondo se abre violentamente, y Madame Elisabeth, temblorosa, entra, espantosamente pálida; oprime un pañuelo contra su boca. Sin ver a su marido, se dirige lentamente hacia el butacón, cabe a la chimenea. Arroja su sombrero, y, oprimiéndose la frente con las manos, se sienta de golpe, con los ojos fijos, y empieza a soñar en voz baja. Tiene frío; castañetean sus dientes y tirita todo su cuerpo.

Y la escena X del acto III del Nuevo Mundo, en la cual, después de una exposición muy ingeniosa y elocuente de los perjuicios financieros de los terratenientes ingleses en América, todo el mundo habla al mismo tiempo, como se indica en nuestro texto:

(Todos hablan al mismo tiempo).

EFFIE, NOELLA, MAUD.― (Entonando un salmo). «Super flumina Babylonis…».

EL OFICIAL.― (Detrás de Tom Burnett, de pie sobre un escabel y con una chillona volubilidad, dominando el salmo). Tarde llegáis, Sir Tom. Es hoy el día del regreso. Positivamente, os habéis retrasado. Os habéis perdido algunos asuntos con los exploradores alemanes. Os cuesta ciento sesenta y tres táleres, que pronuncian ellos dólares.

(Cantan las aves entre el follaje).

EFFIE, MAUD, NOELLA.― (Más fuerte). «Sedimus et flebimus…».

EL OFICIAL.― (Chillando al oído de Tom Burnett). ¡… Y con los negociantes de Filadelfia! ¡Hay pingües derechos que percibir! En cuanto a las operaciones industriales, he aquí el estado…

EL CHEROQUI.― (Sentado en un barril). ¡Qué bueno es beber vino! ¡Jarabe de arce en flor!

EL CUÁQUERO EADIE.― (Leyendo en voz alta). Las aves se despiertan de dormir su siesta y reanudan sus himnos. Todo en la naturaleza…

(Ladra el dogo).

EL TENIENTE HARRIS.― (Designando a Tom Burnett). ¡Silencio! ¡Dejadle que hable!

UN PIEL ROJA.― (Confidencialmente, a un grupo de negros). Cuando veas abejas es que vienen blancos; cuando veas al bisonte, viene el indio detrás.

EL SEÑOR O’KEENE.― (A un grupo). Dicen que han ocurrido en Boston cosas horribles. Figuraos…

TOM BURNETT.― (Fuera de sí, al oficial). ¡Retrasado! ¡Ay, es mi ruina! ¡Ya es hora de que todo se acabe! ¡Tasadme hasta el aire que respiro! ¿Por qué no me prendéis en la selva, ahora mismo? ¿Por qué vivirá uno para ver estas cosas? ¡De mucho le sirve a nadie ser una persona decente! Positivamente mejor se está con los mohicanos. (Furioso, a las mujeres). ¡Ay, ese salmo!

(Unos monos se columpian en los bejucos).

UN COMANCHE.― (Mirándolos, aparte). ¿Por qué podría el Hombre de Arriba al piel roja en medio y los blancos alrededor?

MAUD.― (De sopetón, con los ojos levantados hacia el cielo y mostrando a Tom Burnett). ¡Cuánta elocuencia le presta el Espíritu Santo!

(El presente conjunto debe realizarse con una celeridad de medio minuto para cada escena. Debe ser uno de esos momentos de confusión en que la muchedumbre toma la palabra.

     Explosión súbita de un vocerío en el que sólo se distinguen las palabras «dólares», «salmos», «retrasado», «Babylonis», «siesta», mezcladas a los ladridos, a las greguerías infantiles y a los chirridos de los loros. Los monos, asustados, huyen de rama en rama, las aves atraviesan la escena y vuelan de un lado a otro).

Muy amargamente han sido criticadas con befa estas dos escenas que citamos a propósito para que cuadre bien nuestro título con nuestro asunto.
 
     Y sin razón lo han sido, ya que era necesario comprender que el teatro, que es algo de convención relativa, debe hacer al poeta moderno las concesiones que no ha podido por menos de otorgar a los antiguos.
 
     Expliquémonos.
 
     No se trata de una cosa de Shakespeare, con sus postes indicadores, ni del teatro español, con sus «jornadas», que a veces suponen muchísimos años.
 
     No; nos retrotrae más bien al padre Corneille, tan escrupuloso; al no menos correcto que delicado Racine, y a Molière, correcto como el uno y ternísimo como el otro. La unidad del lugar, rota a veces por el último, no cede el campo sino a la unidad de tiempo, igualmente violada.
 
     Ahora bien, lo que Villiers ha querido hacer, en esas dos escenas que acabamos de ofreceros, es aprovechar, en la primera, todo cuanto las tablas permitían a los tres clásicos franceses, cuando su drama tropezaba con situaciones poco favorables a ajustarse a las veinticuatro horas de la recomendación atribuida al difunto Aristóteles; y, en la segunda, explotar la tolerancia de la que aquéllos no han querido hacer uso, en lo concerniente a un estado de cosas más rápido que la sucesión oral, en cierto modo; tolerancia que explota la música todos los días con sus dúos, tríos y tutti, y la pintura con sus perspectivas.
 
     ¡Pero no! Prohibido le está al genio contemporáneo hacer cuanto hacía el genio antiguo. La gente se ha reído mucho de la «escena muda» y de la «escena en que todos hablan», y por mucho tiempo seguirá en su hilaridad. Sin embargo, acabamos de probaros irrefutablemente, y nadie duda de que convendréis que Villiers no sólo tenía derecho, sino cien veces razón muy sobrada para escribirlas, y hubiera sido mil veces culpa en él no escribirlas. Durus rex, sed rex.
 
     Recordemos que la obra de Villiers va a publicarse y mucho esperamos que el éxito ―¡sabéis!―, el éxito, levante la maldición que pesa sobre el admirable poeta del que sentimos dejar de ocuparnos, si no fuera esperando la ocasión de enviarle la más cordial de las palabras de aliento: «¡Ánimo!».
 
     No hablaremos de los Cuentos crueles, porque este libro ya se ha abierto camino. Se encuentran en él versos asaz raros de la madurez del poeta, poemas pequeñitos y de saborcillo amargo, dirigidos o hechos acerca de alguna mujer antaño querida, hoy probable o seguramente despreciada ―cosa que dicen que no es difícil que suceda―. Presentaremos estos cortos extractos:

Despertar

¡Ah, tú que me intimidas tanto,

tengo el secreto de tu abismo!

………………………………

¡Olvidada en tu invierno seas!

 
 

Adiós

Bajo tus velos sufro un vértigo

que lleva mi frente a tus brazos

……………………………………

y tu cabellera de luto

ya no da sombra a mis ensueños.

 
 

Encuentro

Agitabas tu antorcha oscura.

No sospechabas estar muerta.

¡Mi corazón forjó una puerta

y tiene una huesa segura!

………………………………

¡No resucitarás nunca!

Pero ―¡ay!― no podemos prescindir de poner bajo vuestros ojos una composición completa. Como en Isis, en Morgane, en el Nuevo Mundo y en Claire Lenoir, como en todas sus obras, Villiers evoca en ella un espectro de mujer misteriosa, reina del orgullo, sombría y arrogante como la noche, ya un poco crepuscular y con reflejos de sangre y de oro en su belleza y en su alma.

A orillas del mar

Al salir de aquel baile dejamos nuestras huellas

en playas que a un destierro conducen al azar.

Una flor en su mano se acaba de ajar.

Era una hermosa noche de ensueños y de estrellas.

 

Rompíanse en la sombra oleajes enlutados

hacia el ópalo atlántico y la áurea lejanía.

El ultramar sus luces místicas expandía.

Las algas perfumaban los ámbitos helados.

 

En la escarpa, los ecos sonaban mientras tanto;

con la espuma rizaba la onda volutas locas

y, densa, acometía el bronce de las rocas.

Brillaban en la duna cruces de un camposanto.

 

Su silencio acallaba del mar la baraúnda.

No tenían las cruces por el mar ultrajadas

ni coronas de duelo, ni flores; arrastradas

fueron por la tormenta que retumbando inunda.

 

En declive, las tumbas desde el mar, cuesta arriba,

bajo la niebla oían que la sombra a lo arcano

del infinito sueño interrogaba en vano.

Él callaba el secreto de la ley decisiva.

 

Friolenta, cubrió con un oscuro chal

su seno, egregio exilio de muchos agasajos;

y admiré a la mujer de los párpados bajos,

esfinge cruel y aciaga, pesadilla fatal.

 

Mata a los niños sólo con su mirada atroz

y sobrevive a todo aquello que destruye.

La amamos porque a ello la Noche contribuye.

Los que la tratan de ella hablan a media voz.

 

La reviste el peligro de un nimbo familiar,

y aun en su tierno abrazo que quiere desmentir

sus crímenes, parece, al evocarlos, oír

culatas de fusiles que van a ejecutar.

 

Tras el oprobio ilustre que, empero, la sujeta,

bajo el duelo en que goza su alma sin ardor,

todavía descansa un virginal candor

como un lirio en el ébano de bruñida bujeta.

 

Atenta, prestó oído al tumulto del mar,

bajó su hermosa frente que los años besaron

y en dolorosos términos sus labios declararon

su lóbrego destino que duele recordar:

 

«Hace ya mucho tiempo, cuando yo sostenía

»trato con los vivientes y escuché sus ternuras,

»igual que el mar bravío junto a esas sepulturas

»con ira lamentáronse de mi pétrea apatía.

 

»He visto más de un largo adiós agonizar

»en mis manos que acogen sin odio ni emoción

»de las almas en pena la humilde confesión.

»No devuelven sus besos los sepulcros al mar.

 

»Yo soy toda silencio. La emoción no me alcanza;

»no tiene amor mi vida ni mis días sentido.

»Me han negado los cielos el sagrado latido;

»para mí han falseado el peso en la balanza.

 

»Y cuando yo fallezca, sé muy bien que mi suerte

»no será la de otros que en fiestas o tormentos

»van buscando unas flores en turbiones violentos.

»Como no los comprendo descansaré en la muerte».

 

Me incliné ante las cruces pálidas, luminosas.

La extensión anunciaba el alba y aplacar

quise aquel tenebroso e incurable pesar

que hirió el remordimiento con ráfagas furiosas.

 

Como ante el mar desierto y henchido le dijera:

«Bailando exenta estabais de esa melancolía,

»y en cristalina plática vuestra alma adormecía

»a la sierpe enroscada de vuestra áurea pulsera.

 

»Riendo y aspirando unos ramos de rosas

»bajo los rizos negros sujetos con diamantes,

»cuando el vals nos llevó juntos unos instantes

»vuestros ojos brillaron sin llamas angustiosas.

 

»Con gusto vi el placer que bajo el arrebol

»encendía vuestra alma ya propicia al olvido

»y, al fin, prestaba luz al dolor distraído

»como un glaciar herido por un rayo de sol».

 

En mí clavó su fúnebre mirada que me asombra

como la palidez de sus rasgos fatales

y dijo: «¿Soy como esos países boreales

»que han seis meses de luz y seis meses de sombra?

 

»Sabrás que las soberbias mutuamente cambiadas

»enturbian de los ojos la lectura precisa.

»Ámame, tú que sabes que bajo mi sonrisa

»soy semejante a esas tumbas abandonadas».

Y con estos versos que hay que calificar de sublimes nos despediremos definitivamente ―¡maldito sea el poco espacio!― del amigo que los hizo.
 


[1] La Eva futura y El amor supremo han sido ya publicados, y Axël y Tribulat Bonhomet (nuevo título de Claire Lenoir) han sido impresos nuevamente hace poco. ¡Libros divinos! ¡Libros egregios!