Azur y Brisa marina, de Stéphane Mallarmé



Azur

Del Azur sempiterno la ironía serena,
cual la bella indolencia de las flores, abruma
al poeta impotente que maldice su genio
a través de un estéril desierto de Dolores.

En huida, y con ojos cerrados, lo percibo,
con mirar tan intenso como el remordimiento,
en mi alma vacía. ¿Huir? ¿Y qué angustiada noche
―harapos― arrojar contra un desdén atroz?

¡Nieblas, surgid! Mezclad sin fin cenizas
con los densos jirones celestes de la bruma
que tragará el pantano lívido del otoño,
y construid la cúpula donde impere el silencio.

Y tú, sal del estanque del Leteo y reúne
al llegar ese limo y esos rosales pálidos,
amado Hastío, pues vamos a cegar para siempre
los azules boquetes que abren aves malvadas.

¡Más aún! Que, sin descanso, las tristes chimeneas
humeen y que una errante cárcel de sucio hollín
extinga en el horror de sus negras estelas
el sol que, amarillento, muere en el horizonte.

―Murió el cielo. ―Oh materia, ahora corro hacia ti.
Que olvide qué es Pecado, lo que sea el Ideal,
este mártir que llega a compartir la paja
en que el feliz rebaño de los hombre se tiende.

Pues deseo, mi cerebro al fin está vacío
como un tarro de afeites yaciendo al pie del muro,
y no sabe ataviar a la idea sollozante,
lúgubre bostezar hacia la oscura muerte.

¡Es en vano! Azur triunfa y escucho cómo canta
en las campanas. Alma mía, se ha hecho voz
para asustarnos más con su artera victoria
y surge del metal, vivo en azules ángelus.

Y rueda entre la bruma, antiguo, y atraviesa
tu nativa agonía como certera espada.
¿Dónde huir de esta lid tan rebelde y perversa?
Me obsesiono. ¡El Azur! ¡El Azur! ¡El Azur! ¡El Azur!

Del Parnaso contemporáneo, en Poesías. Madrid, Alianza Editorial
Traducción de Antonio Martínez Sarrión

 
 
 
 
Brisa marina

La carne es triste ¡ay! y todo lo he leído.
¡Huir! ¡Huir muy lejos! Ebrios oigo a los pájaros
de errar entre la espuma ignorada y los cielos.
Nada, ni viejos parques que los ojos reflejan,
retendrá al corazón que en los mares se abisma
¡oh noches! ni la sola claridad de mi lámpara
sobre la virgen página que su albura defiende,
ni la joven esposa que amamanta a su hijo.
¡Yo partiré! Vapor, que balanceas tu mástil,
leva por fin el ancla hacia una tierra exótica.
Un Hastío arrasado por crueles esperanzas
aún cree en el supremo adiós de los pañuelos
y puede que los mástiles, ansiando tempestades,
sean de los que el viento, en un naufragio, parte,
Perdidos ya, sin mástiles, ni islas paradisíacas…
¡Mas oye, oh corazón, el canto marinero!

Del Parnaso contemporáneo, en Poesías. Madrid, Alianza Editorial
Traducción de Antonio Martínez Sarrión